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All About EVE

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martes, octubre 24, 2006

"Hay que modificar el lenguaje para que el ensaño se convierta en otra verdad": mi última entrevista con Rafael Ramírez Heredia

Rafael Ramírez Heredia (1942-2006) era mi maestro. He tenido muchos, pero ninguno dejó una huella tan profunda en mí. Nunca me había topado con alguien tan profundamente interesado en el trabajo de los jóvenes escritores (“jóvenes” en relación a su inexperiencia, no a su edad, hay que aclarar); tan apasionado para comentar los textos. No faltó quien se sintiera ofendido con su crítica tan directa, tan descarnada, pero fue justamente él quien me enseñó a tolerar y a aprender de los comentarios no demasiado favorables a mi trabajo. Su muerte que nadie esperaba (ignoraba por completo que sufriera cáncer, no lo hubiera ni imaginado, parecía tan lleno de vida y de pasión por vivir) me ha dolido más de lo que el lector pueda imaginar, y por ahora mi única manera de rendirle tributo es reproducir, sin mayores comentarios y casi a la letra, la última entrevista que le hice con motivo de su más reciente (que resultó ser la última) novela La esquina de los ojos rojos, el pasado mes de abril, en su casa de Coyoacán. Esta charla es especialmente conmovedora porque Rafael se dirige a mí como el maestro que siempre fue:

EVE GIL ¿Por qué, después de La Mara, decide escribir una novela sobre las mafias de Tepito?
RAFAEL RAMIREZ HEREDIA: Se trata de un proyecto a largo plazo que he establecido para escribir tres novelas, a lo mejor cuatro o cinco, en las que toque aspectos de este México oscuro, profundo, duro, que no es el México folclórico de los coches grandotes de los narcos, que si bien refleja una realidad no es el que me interesa: a mí me interesa el otro, el oscuro, el que no está a la vista, el que no se festina con los Tucanes de Tijuana o los Tigres del Norte. La Mara Salvatrucha adquiere notoriedad pero después de que escribo La Mara, es decir, no decido escribir a raíz de su auge en la nota roja y estos barrios de la Ciudad de México ofrecen la opción de lo que creo estamos viviendo, pero viviendo como una exaltación del miedo a la violencia. Aquí la violencia está soterrada, es una violencia interna que refleja sin duda alguna lo que es México… entonces viene siendo el segundo libro de esta trilogía y por supuesto que la tercera vendrá dentro de poco, que no tengo muy definido sobre qué escribirlo porque se me han atravesado otros proyectos, de hecho, entre La Mara y este hay otros dos (un libro de cuentos y la novela El mestizo de Salgari) y posiblemente haya uno más y el siguiente ya sería el tercero de la trilogía. Los personajes, creo yo, están bien armados y ha estado empezando a gustar mucho. Hay comentaristas que han señalado que les parece mejor que La Mara, yo no creo que sea mejor, sólo que son diferentes.

E.G.- ¿El hecho de mirar esta realidad cotidiana con ojos de hombre del norte, es la causa de que nos parezcan más próximos a la ficción?
RRH.- Pudiera ser, no lo he puesto en una tela de comentario. Soy un hombre desde el norte pero un hombre muy extrañamente del norte porque soy tampiqueño, es decir, un sureño del norte, porque en realidad el norte es Tijuana, es Sonora, eso sí es el norte. Los de Tampico no somos del norte, aunque lo seamos desde un punto de vista geográfico, pero además yo he vivido en muchas partes del mundo, en el D.F y en Madrid, de tal manera que mi norteñez no es muy clara pero sí me siento norteño y tamaulipeco y yo miro quizá las cosas con la visión de un hombre que ha nacido absolutamente en el norte. No creo que la visión de la geografía incida en la mirada, yo creo que incide en la mirada más abierta, más universal. No pretendo que mi literatura se sitúe en ninguna parte del país. No miro la geografía como el sitio propicio para caminar: yo miro el tema y el sitio donde se origine, y con esos ojos es como debo ver la literatura.

E.G.- Siempre he admirado su excelente oído, la forma en que recrea literariamente los lenguajes subterráneos…
R.R.H.- Te voy a dar secretos que no debo de dar, pero lo hago con mucho gusto. Tengo como maestro principal a Rulfo, y él me enseñó una cosa (no directamente, la infinidad de ocasiones que tuve oportunidad de hablar con él no hablamos de literatura, él era hermético en ese sentido) pero a través de sus libros me enseñó algo fundamental, que no me explico por qué otros escritores se niegan a hacerlo: mentir. Si nosotros brincáramos tiempo y espacio y tuviéramos una grabadora y se la pusiéramos a las personas en que se inspiró Rulfo, nunca hablarían así. Es decir, la verbalidad de los personajes de Rulfo es inventada, para que al final el resultado es que los lectores creemos que un oriundo de esos lugares en efecto habla así, y entonces como yo supongo que el primer beneficiado o atacado por un libro es el lector, lo que tengo que hacer es inventar un lenguaje que “parezca que” pero al mismo tiempo no lo sea. Cualquier habitante de los barrios que aparece en la novela, si la leyera, diría “yo no hablo así” y una persona como tú diría “así hablan”, pero la verdad es que no hablan así: yo invento el lenguaje. Hay que modificar el lenguaje para que el engaño se convierta en la otra verdad. La investigación del lenguaje es modificada por la mirada del escritor para convertir lo que aparentemente es un caos en una línea conductiva narrativa.

E.G.- A pesar de que su novela se desenvuelve en un ambiente de hombres, nos topamos con que la heroína es la señora Leila
R.R.H.- En efecto, estos barrios duros de la ciudad de México son barrios machos; es mayor el número de hombres que funcionan en estratos de poder que las mujeres, las mujeres son elementos no decorativos, y están muy lejos de serlo; son elementos de batalla de primera línea: las vendedoras, los vendedores, los comerciantes, las comerciantes, son mujeres que van al frente de la batalla y los organizadores son los hombres y alguna que otra mujer, sin duda alguna que también hay mujeres, ahí están las lideresas de los comerciantes. En este caso la figura central del texto es una mujer, una mujer con las consideraciones necesarias para no ser condescendiente ni aplaudidor pero tampoco atacante con ella, como tampoco soy condescendiente ni atacante con ninguno de los personajes de la novela, yo no los juzgo. A estas novelas Gonzalo Velorio las definió como novelas que no pretenden demostrar, sino mostrar.

E.G.- ¿En qué momento esta mujer, que es vengadora de la muerte de su hija, tomó cuerpo en su imaginación?
R.R.H.- Un escritor profesional no tiene muy clara la historia… aunque sí la tenga. Me apoyo mucho en esa idea de que el periodista escribe sobre lo que sabe y el escritor sobre lo que cree que no sabe, pero sabe. Lo que sucede es que tiene que ir escribiendo la historia para volver a recordar lo que sabe pero no sabe. Quienes saben de esto pueden detectar que así como está la novela, como le llega al lector, no es así en realidad: la novela pasó infinidad de procesos, lo que llaman edición, es decir, editar la novela para que se lea conforme el escritor quiere. En realidad no tenía muy claro lo que iba a suceder. El primer capítulo que escribo es el de la violación de la muchacha. Lo escribí primero porque fue el que más me impactó de mis investigaciones. Estoy yendo a estos barrios y de pronto mis informadores, la gente que me lleva y me cuida, me dice: “Aquí está esta acta policíaca”, y se daba santo y seña de la muerte de la muchacha. Pedí que me llegaran al edificio desde donde la habían lanzado por una ventana. Pregunté cómo era la muchacha, donde vivía… no hay mayor ramificación de la historia, pero si la quiero contar debe tener más ramificaciones. Al escribir este texto me doy cuenta de que la muerte de esta muchachita tiene que ser agarrada y aprehendida y manejada para que funcione dentro de un cuerpo novelístico, porque si no, es un cuento. Le comienzo a inventar una vida a partir de la muerte y esa vida implica la posibilidad de que se vaya uniendo con otras cosas, y en ese momento sale la mamá, y el buzo que se ha metido en las cloacas de la ciudad, y comienzo a unir las cosas. Los personajes tienen que ir cambiando de acuerdo a la trama, no al autor, el autor no tiene que decidir nada, solo debe plegarse a los caprichos de la historia. La novela tiene que ser, ante todo, una urdimbre bien amarrada para que resulte lo que yo quiero que sea, y quizá en el momento de empezar a escribir no sabía el desarrollo de la mujer, pero sabía que tenía que avanzar de determinadas maneras y las condiciones de la novela misma me dieron las condiciones para colocarla donde está.

domingo, octubre 22, 2006

ATENCIO ASIDUOS DE "LA TRENZA DE SOR JUANA"

Querid@s lector@es:
A partir de este domingo "La trenza de Sor Juana" deberá ser consultada en el sitio www.la-trenza-de-sor-juana.blogspot.com La anterior dirección, www.evetrenzas.blogspot.com será dada de baja debido a una serie de problemas técnicos que impiden la visualización de la página. Por su atención, muchas gracias...
EV

sábado, octubre 14, 2006

En busca de la inocencia perdida, la nueva de John Irving

Esta reseña se publicó en el suplemento Laberinto del diario Milenio, el sábado 13 de octubre de 2006.
¿Qué significa ser normal? Responder a esto tiende a ser cada vez más difícil, y normal es, a menudo, un término vinculado a convencional, y si bien hay autores que han hecho de la norma, de lo cotidiano, verdaderas obras maestras (pienso en Proust, pienso en Flaubert), los hay que se inclinan por retratar la parte anómala del espectro social, y para eso John Irving se pinta solo. A este autor norteamericano (Exeter, New Hampshire, 1942) lo caracterizan los asuntos sórdidos, los personajes limítrofes y las situaciones ridículas derivadas del inútil cuidado de las apariencias. En su nueva novela, Hasta que te encuentre, considerada por algunos críticos su obra maestra (me aventuraría a designarla un Oliver Twist del siglo XXI), retrata en forma estupenda una postmodernidad inmersa en la aniquilación de los estereotipos. Sus personajes, por ningún motivo, pueden ser considerados normales, y sin embargo son prototípicos de una época que tiende a inculcar la preservación de la individualidad más que de la identidad, al grado de hacernos desconfiar el forzado cumplimiento de las tradiciones. Y si bien de algún modo cada personaje de la novela quebranta estereotipos de masculinidad, feminidad, maternidad, heterosexualidad, etcétera, incurre –porque forzosamente ha de hacerlo- en ciertos lugares comunes, tratados no obstante con la emblemática ironía irvingiana próxima a la mordacidad, que contribuye a reforzar la noción de anormalidad en los mismos personajes.
El simple hecho de ser una estrella de Hollywood, condición ya de por sí extraordinaria –y con la que Irving, ganador del Oscar en el 2000 por el guión de la película Las normas de la Casa de la Sidra, basado en su novela Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, parece bastante familiarizado-, es acaso lo menos raro en Jack Burns, el inolvidable protagonista, quien de súbito, a los treinta y tantos, cae en cuenta de que el suceso más trascendental de su infancia no ocurrió como ha creído todo este tiempo. La novela abre justamente con el relato de este recuerdo distorsionado, en parte, por la inocencia de un Jack de cuatro años, desde cuya perspectiva se narra el primero de los cinco libros; distorsión, por otra parte, inducida, como se verá en el cuarto libro, por la madre de Jack, una afamada tatuadora de nombre Alice. El afán de tatuarse como vía de expresión, así como el dolor que conlleva a quien se presta como lienzo más que el arte de tatuaje en sí, constituye, a nivel simbólico, la parte medular de la novela. Siendo hijo de una artista del tatuaje y de un hombre al que apodan “Hombre partitura” dada su obsesión por cubrirse el cuerpo de notas musicales, Jack se ha negado toda su vida a dejarse tatuar, lo cual no obstaculiza su dominio empírico del asunto (sabe, por ejemplo, que los tatuados se vuelven mucho más sensibles al frío). Y sin embargo, como le hace ver una psiquiatra, está tatuado emocionalmente pues hay muchas formas de estar marcado de por vida, de vestirse de dolor como, descubrirá hacia el final de la historia, se ha vestido su padre.
El primer recuerdo de Jack, según revela a su psiquiatra, es haberse cogido a la mano de su madre para juntos recorrer medio mundo en busca de un padre al que cree prófugo: William Burns. Las circunstancias se conjuran para hacerle creer que lo suyo es una pesquisa y no una fuga: todo apunta hacia que el progenitor de Jack es un mujeriego sin escrúpulos que deja a su paso cientos de corazones rotos y hasta hijos ilegítimos. Mujeres de todas las edades acarician el rostro del pequeño y profetizan, al borde del llanto, que será tan fatalmente hermoso como su padre. De la mano de la también inolvidable Alice, Jack vivirá alucinantes experiencias, sórdidas muchas de ellas, que al ser narradas desde el punto de vista de un niño inocente adquieren deliciosos tintes de fábula. Y si bien Jack sale bien librado de una incursión por el barrio de prostitutas en Amsterdan, donde la prostitución es legal y las señoras a las que él cree “consejeras” y “niñeras” se exhiben en vitrinas (lo cual no las salva de recibir golpizas, cuando no de ser asesinadas), no saldrá indemne de la escuela para niñas en Canadá donde Alice lo matriculará, tras lo que parece una búsqueda frustrada (Alice se ha cansado de seguirle la huella a su amante). Ahí Jack se convertirá en el juguete sexual de un grupo de niñas de secundaria que, sin necesariamente violarlo, despertarán precozmente su libido, si bien las extravagantes fantasías del pequeño son protagonizadas por la señorita Wurtz, su profesora de tercer grado, una mujer lloricona y se aspecto frígido. Entre sus “abusadoras” se encuentra Emma, adolescente maliciosa, violada a su vez por un novio de su madre, predestinada a convertirse en el ángel guardián de Jack, sobre todo cuando a los diez años es prácticamente violado por su niñera, su profesora de lucha libre. También a ser una famosa escritora de notable vena satírica, de humor corrosivo y muy noir, una especie de versión femenina del propio Irving. Esta novela exhibe hasta qué punto la violación de un niño varón a manos de una mujer madura es considerada más como seducción o iniciación, a diferencia del drama que entrañaría si los sexos de víctima y victimario se trastocaran (aunque el delirante humor de Irving hace ver a Jack como una anti-Lolita), al grado de que Jack adulto evoca con cierta nostalgia aquellos abusos. Sin embargo, habrán de repercutir en la sexualidad adulta de Jack que, heterosexual y todo, goza intensamente travisitiéndose; de hecho logra notoriedad en Hollywood caracterizando personajes de sexualidad ambigua. Esto sin contar la gran atracción de Jack por mujeres maduras, matronas o embarazadas (la única vez que se enamora de una mujer “adecuada”, esta lo rechaza, por “raro”), así como su incapacidad absoluta para establecer una relación duradera: “(…) acumulando sucesos que tanto pueden medirse como no, nos roban la infancia, no siempre con un solo suceso trascendental, sino a menudo mediante una serie de hurtos menores que, sumados, equivalen a la pérdida misma (…)” (p. 550).
Consciente de su “anormalidad”, a la cual sin embargo explota para su carrera cinematográfica, Jack enfrentará, a raíz de la muerte de su madre, un nuevo golpe que dará un vuelco decisivo a su existencia: Alice le ha mentido todo el tiempo. Ahora solo queda regresar a los escombros de la infancia… Noruega, Holanda, Australia… descubrir la verdad por sí mismo y, con suerte, encontrar a su padre, al verdadero William Burns. Por supuesto las cosas no se le presentan fáciles al astro hollywoodense ya que su rostro, famoso en el mundo entero, le dificultará mantener el anonimato, sin contar que terminará sintiéndose irremediablemente atraído por las otrora jóvenes y adolescentes que lo conocieron a los cuatro años: “Mucho de lo que uno cree que recuerda es mentira, imágenes de postal. La nieve virgen e intacta; las velas de Navidad en las ventanas de las casas, donde el daño que sufren los niños no se ve ni se oye (…)” (p. 667).
Jack Burns es “raro” incluso para ser estrella de la meca del cine, si bien se aplica a hacer el tipo de cosas que se esperarían de alguien como él, como fornicar con súper modelos en el asiento trasero de las limusinas y aturdirse de champaña. Así y todo, Jack es un perfecto fracasado que ha ganado un Oscar y tiene una millonaria cuenta bancaria con la que sencillamente no sabe qué hacer; un metrosexual que provoca tragedias por inocencia; traumatizado pero demasiado bueno, casi mártir; un apasionado de los niños que sin embargo se rehúsa a ser padre; un “varón anómalo” que nunca aprendió a controlar sus emociones ni el llanto histérico: un personaje digno de Oscar Wilde y, no obstante, de conmovedora vigencia en una época en que la masculinidad se nos revela como una de tantas máscaras sociales. Jack Burns tiene ante sí el mayor reto de su vida: aprender a desconfiar de su memoria y perdonar. Sin duda una de las más geniales creaciones de un autor cuyo principal móvil es la eficacia de sus personajes, únicos e irrepetibles, y un papel que se pelearán los actores mejor pagados del mundo.
Hasta que te encuentre hubiera sido un genuino melodrama en manos de otro autor menos malicioso y menos escéptico que John Irving, quien, un poco a la manera del excéntrico director holandés, “el monstruo del remake” que explota hasta la ignominia la veta travestida de Jack, arrasa con los convencionalismos y los estigmas dikensianos de una historia sobre hijos perdidos y niños abusados (porque Jack no es el único), para trastocarlos en un delirante carnaval de más de 1000 páginas que no dejan espacio para el aliento pero sí para la carcajada. Sin duda, la obra maestra de John Irving.

martes, septiembre 26, 2006

Oriana Fallaci, in memoriam

No siempre es posible expresarse bien de los muertos, sin embargo he considerado pertinente, a manera de homenaje para la recientemente fallecida Oriana Fallaci, periodista italiana, reproducir este artículo de mi autoría que apareció en la revista Siempre! en 2002
Oriana Fallaci, escritora y periodista italiana de setenta años, ha relatado cómo se siente un rozón de bala en medio de la selva de Vietnam; también su experiencia durante la revuelta estudiantil del 68 en México, cuando salió caminando de la morgue a donde la arrojaron creyéndola muerta. Sin duda tiene mil anécdotas apasionantes qué contar, razón por la cual adquirí su nuevo libro, La rabia y el orgullo (Editorial Diana, 2003), el primero que publica en diez años. La indignación, la rabia, al ver desmoronarse las Twin Towers ante sus ojos (ella vive en el corazón de Nueva York) y a toda esa gente arrojarse en llamas de los últimos pisos, la empuja a escribir un desahogo que terminará siendo artículo periodístico y, más tarde, el libro que nos ocupa.
Y, oh sorpresa, me topo con lo que la propia Oriana denomina "un sermón", y no es ni más ni menos que eso. No crea el lector que exagero cuando digo que la lectura de este "librito", en las circunstancias por las que atravesamos actualmente, es un grito de guerra. Aunque ella lo niegue, su discurso contra el enemigo árabe denota racismo. Se es racista desde el instante en que se argumenta la superioridad de una raza sobre otra, como fue el caso de Hitler. Para empezar, me sorprende que la astuta, genial Oriana, resulte lo bastante ingenua para tragarse el cuento (esgrimido por el gobierno de los E.U) de que los pasajeros del avión que apuntaba hacia la Casablanca, se estrelló en los bosques de Pensilvania porque los heroicos pasajeros se rebelaron... en pocas palabras, estas inocentes personas dieron su vida por George Bush, del mismo modo que esos musulmanes, a los que Oriana llama con los peores epítetos, la dan por Alá. Se pregunta entonces, cómo es posible que los árabes no les prohíban visitar a sus parientes en América, o inscribirse en escuelas norteamericanas de pilotaje, o inscribirse en las universidades para estudiar química o biología ("las dos ciencias necesarias para desencadenar una guerra bacteriológica") Ergo: todo originario de "esa horrible Arabia Saudí" (sic), mi abuelita por ejemplo, es un terrorista potencial. Hace hincapié en el analfabetismo de un sesenta por ciento de la población musulmana y páginas más adelante los llama "(...)bárbaros que usan el cerebro sólo para memorizar el Corán, (...) obtusos que cinco veces al día están arrodillados y con el trasero expuesto" (?). Oriana ignora que los musulmanes más radicales, esos que castran a sus mujeres y las obligan a deambular con el burkah, son asimismo los más ignorantes: nunca han leído el libro sagrado, no podrían. Lo desconocen tanto como ella, que llega al extremo de asegurar que los musulmanes siguen el Korán al pie de la letra. Su desconocimiento en materia teológica lleva a horrorizarse de que este libro mencione el Ojo-por-Ojo y Diente-por-Diente que se encuentra asimismo en la Biblia cristiana, la que, asegura, fue plagiada, lo mismo que el Torah, por los redactores del Korán. Más adelante llamará "cretinas" a las mujeres musulmanas por tolerar todo eso, cuando ella ha visto con sus propios ojos como estas infelices son fusiladas y lapidadas por cosas tan ridículas como reírse o cantarle nanas a sus bebés.
Oriana cae en el ridículo absoluto al escatimar todo mérito a la cultura árabe, alegando que Galileo y Dante son superiores a Averroes y Kayyam, lo que es por completo improcedente; como lo es decir que los rascacielos neoyorquinos superan en belleza a las pirámides (¡que lo dice!). Huelga decir que nos presenta como héroes santos a Rudolf Giuliani, el adúltero más famoso de América, "a cuya escuela muchos de nuestros alcaldes europeos deberían ir, presentarse con la cabeza baja aún cubierta de ceniza", y al genocida Bush. Aunque este libro fue escrito y publicado cuando aún no estallaba la guerra de EU contra Irak, el que Oriana alabe el que el Congreso haya votado por unanimidad aceptar la guerra contra Afganistán, "para castigar a los culpables", hace sospechar que es de las pocas que contempla con agrado la paliza que sus admirados gringos le aplican a los irakíes. Se lamenta de los niños que murieron en el WTC, pero no de los que estaban destinados a perecer en Afganistán. Se conduele de los Budas de Bamiyán, destruidos por los Wakiles Motawiles, "esos hijos de puta", antes que de los bebés que perecen bajo el fuego gringo. Seguro piensa que el llanto de la niña irakí cuyos pies fueron destrozados por un misil Tomohawk, y cuya foto dio vuelta al mundo, es menos legítimo que el de la niñita gringa de cuatro años que la llevó hacia su máquina de escribir. En fin, me quedo con la Oriana novelista y entrevistadora, rechazo rotundamente a la que alaba a la horrible Isabel de Castilla por expulsar a los árabes de su reino (expulsó también a los judíos).

jueves, septiembre 21, 2006

Las becas no han producido un solo gran escritor: Emmanuel Carballo

Lunes 18 de septiembre de 2006
Algunos alardean de llevar viviendo 20 años del erario sin hacer nada, acusa Las becas no han producido un solo gran escritor: Carballo La actual división política podría beneficiar a la literatura porque provocará tomas de conciencia, afirma "No se puede ser escritor si se es de derecha; hay que conocer los pecados"
Por: Mónica Mateos-Vega
Fuente: La Jornada

También las paredes de varias habitaciones: libros que se ven muy usados, muy leídos. De filosofía, crítica literaria, historia, literatura. No son primeras ediciones, es la biblioteca ''de un muchacho pobre", explica Emmanuel Carballo (Guadalajara, 1929), premio Nacional de Ciencias y Artes 2006 en la categoría de Lingüística y Literatura, galardón que en octubre le entregará el presidente Vicente Fox. Con la vehemencia que impregnó durante décadas sus críticas literarias (''más de mil"), la misma que, como ha confesado en varias ocasiones, le generó un sinnúmero de enemistades, Carballo se define en entrevista con La Jornada como el partero y sepulturero de varias generaciones de escritores. ''Tuve mi época, hice lo que pude y no me arrepiento. Los mejores escritores mexicanos que siguen hoy en ejercicio los descubrí yo. Fui partero. Y el sepulturero de muchos. ''Hay muertos que han tenido su segunda vida, ¡cuántas veces pude haberme equivocado!, pero ahora que lo pienso... creo que ninguna", y estalla en carcajadas. Feliz por el premio que, insiste, debió llegarle hace años para disfrutarlo al máximo, el ensayista dice que siempre buscó en la literatura la excelencia: ''No me gustaban los escritores de en medio, ni de debajo de la tabla, pensando en el futbol, sino los que iban a ser campeones: los que iban a vender y a vender, a iluminar y enriquecer a sus lectores. ''Pero amo los libros, aun los que sé que no son buenos, porque provienen de alguien que puso toda su fe, todo su amor y toda su pasión. Eso hay que respetarlo." Por jurados que sean libres Carballo sostiene que los innumerables estímulos económicos que el gobierno ha dado a los escritores durante los pasados 12 años, mediante premios y becas, ''no han dado resultado, porque no ha surgido el gran escritor o novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, entrevistador o crítico literario. El Estado y la iniciativa privada han sido muy generosos y quien ha fallado ha sido el escritor. ''Aplaudo que se aporte dinero a las letras, a todas las manifestaciones artísticas, pero el gobierno debería tener mejores jurados para que se exija lo suficiente. Hay becarios que pasan de una beca a otra y tienen la desvergüenza de decir: 'tengo 20 de escribir y no he hecho nada', 'me he burlado del erario durante 20 años y nada'. ''En este sentido, un homenaje al gobierno y una rechifla al escritor y al artista en general, porque no han estado a la altura de los premios. ''Hay que darles estímulos a los jóvenes, pero con jurados que no estén conjurados, que sean libres, que no tengan mafias, que se dediquen realmente a cumplir su función. ''Las camarillas que existen para ver qué ganan las vivimos no sólo en política, también en literatura, y eso está mal: provocan la falta de gran literatura, es decir, la falta de un Juan Rulfo, de un Jaime Sabines, de un Juan José Arreola, de un Carlos Fuentes, hasta de un Jorge Ibargüengoitia, que era un humorista de segunda categoría, pero ni siquiera eso tenemos, no los veo." Pasión por los libros y las letras A sus 77 años "cumplidos", Emmanuel Carballo sigue emocionándose al hablar de su gran pasión: los libros, las letras, la escritura. ''Tengo más de 50 años de escribir, empecé a hacerlo en periódicos, en 1949, ¡era un chamaco! Empecé a hacer mis primeras cosas en El Occidental de la cadena de José García Valseca, luego en El Informador . ''Cuando me vine a México fui redactor en México en la Cultura, el suplemento de Novedades que dirigía Fernando Benítez." El autor de Diario público 1966-1968 deploró que buena parte del periodismo actual esté en manos de negociantes, ''venden a los 'famosos' en la sociedad rastacuera mexicana: los líos de las actrices, los abortos. Nos han hecho que cambiemos nuestra mentalidad y no es justo. ''La prensa del siglo XIX hacía periodismo para formar, luego se dijo que se hacía periodismo para informar, ahora se hacen periódicos para vender, y si queda algún hueco se le dedica a la cultura. ¿Para qué sirve que los chicos vayan a la secundaria, a la preparatoria o a la universidad si no tienen que leer? Los libros están caros y los periódicos no ofrecen nada para leer, están llenos de secciones muy interesantes para los que buscan trabajo, de niñas guapas que viven de salir en sociedad. No hay ningún suplemento que le diga a un muchacho de la Univer sidad Nacional Autónoma de México o del Politécnico qué libros se publicaron la semana pasada en México." Hace varios años que Emmanuel Carballo dejó, formalmente, de hacer crítica literaria. Dice que ahora es historiador de la literatura, pues ''hay muchas cosas que ya no entiendo, entonces no tengo el derecho de hacer crítica literaria, estaría dando gato por liebre. ''Ya no entiendo muchas ideas filosóficas, teológicas, literarias, artísticas en general, y si no entiendo eso, no entiendo a los jóvenes, soltaría los orines fuera de la bacinica. Pero debo leerlos. Cuando me preguntan en radio acerca de algún autor, opino, pero ya no me siento capaz. ''Uno de los secretos de la crítica es leer dos veces el libro que vas a reseñar, por más malo que sea. La primera para entender más o menos de qué trata, la segunda para ver los detalles, la estructura, el estilo, la creación del personaje, la atmósfera, a quién se parece dentro del panorama de tu literatura. ''Y luego, al escribir la crítica, no dar el maquinazo, sino hacerlo como si estuvieras escribiendo Romeo y Julieta o La Ilíada. La tontería más grande que escribas hay que hacerla como si fuera una obra maestra, de otra manera es innoble para uno mismo y para el lector." Despertar de conciencias Carballo asegura que la literatura es muy rara, no sigue reglas: ''En un momento, cuando parece que no va a haber nada y la atacan por todos lados, surge algo. ''Ahora, como no hay ideología en el gobierno, no sabemos qué pasará. Sartre decía que no se puede ser escritor y de derecha. ¡Estoy totalmente de acuerdo!, cuando mucho puedes ser devoto y que tu alma se vaya al cielo, nada más. ''No vas a ser escritor si eres de derecha, pues para hacer literatura hay que conocer los pecados del alma, gozarlos, sufrirlos, ser tan libidinoso como los personajes. El escritor plantea grandes problemas, de aquí, de allá, del hoy, del más allá, la vida, la muerte, el amor, el desengaño, la angustia, la traición. Para eso debe plantear seres y conflictos de primera categoría. "La literatura es amor, aunque revista cualquiera de las caras del odio. A quien más odias, quizá es a quien más amas. Algo raro pasa, pero suele suceder. Lamentablemente, ahora para vender libros, deben ser frívolos, pues los que los leen son unos tarados, y hay que hacer una literatura tarada, con los temas de moda: el baile, el canto, la mariguana, el narcotráfico. ''Cuando uno se vuelve viejo es muy fácil regañar a los jóvenes y no entenderlos. Trato de entenderlos y me gustaría estar equivocado, pero no le auguro a la literatura mexicana grandes éxitos en los próximos años si las cosas van como van." -¿Qué deberíamos recuperar para fortalecer la literatura mexicana? -La división política que está viviendo México puede ser productiva para la literatura, aunque para el país sea desastrosa. Porque va a despertar las conciencias dormidas. Unos en favor, otros en contra, pero habrá literatura que maneje ideas, tomas de conciencia. Escritores que se la jueguen, que no estén sentados, dedicados a hacer dinero, a ganar premios y a vestir best sellers. ''Pues el best seller se desinfla, tiene un tiempo de vida muy corta. La gran obra es como pan con levadura: crece, crece, crece, hasta que parece una catedral: Rulfo crece, Arreola crece."

martes, septiembre 19, 2006

"La Genara" de Rosina Conde, exhibe problemáticas que no han sido resueltas

Por: José Vilchis
*** Francesca Gargallo, autora del prólogo de la nueva edición

Genara, nacida en Tijuana, donde ha pasado la mayor parte de su vida, descubrió la infidelidad de su esposo y no está dispuesta a perdonarlo pese a que aquellos que componen su círculo social y familiar (sus padres, sobre todo) la exhortan a perdonar al infiel y actuar correctamente. Recurre a Luisa, su hermana mayor, en busca de consejo. Siempre la ha visto con admiración por haberle exigido el divorcio a Martín, para luego marcharse a la Ciudad de México a cursar una maestría.

En la trama de la novela La Genara, de Rosina Conde, (Conaculta/Cecut, 1998) este personaje central se ve en la encrucijada de elegir entre su dignidad como mujer o quedar bien con la sociedad tijuanense, lo que da origen al intercambio epistolar a través del cual se desmenuzan los subtramas que tocan los temas de la violencia conyugal, el narcotráfico, el sexo, la cultura, la anorexia, que son abordados con seriedad con un tono que sugiere ligereza.

Eve Gil, al presentar la obra en su segunda edición, refiere que Rosina Conde es el único espejo que refleja la muchas veces dolorosa realidad de las mujeres de aquellos lares, donde a veces pareciera que los únicos destinos posibles para una mujer pobre, son los reinados de belleza o la confinación a una maquiladora.

Reveló que Francesca Gargallo, autora del prólogo de la nueva edición, compartió con ella el más reciente y venturoso hallazgo literario, del que expresó literalmente: “Es lo mejor de autoría femenina que he leído en mucho tiempo”.

“No tenía por qué dudar de la lucidez de una escritora tan enamorada del lenguaje como Francesca... No podía menos que estar de acuerdo con ella pues, por lo que a mí respectaba, también era de lo mejor que había leído en mucho tiempo, ya no digamos de autoría femenina, sino de autoría mexicana.

“Definir por qué la lectura de La Genara me cautivó podría tener que ver, lo reconozco, con el hecho de que me reconocí de inmediato en sus personajes y en su problemática, así como en su lenguaje, en sus deseos y en su concepción del mundo, porque soy una mujer de la frontera norte que un buen día descubrió que si no salía pronto de ahí, el tedio petrificaría mi alma, que es exactamente lo que impulsa a la heroína, que da nombre a la novela, a abandonar su Tijuana natal”.

Sin embargo, comentó que Francesca, cuyo caso podría no ser el mismo de Genara, pero sí muy cercano (“las mujeres, a fin de cuentas, somos una especie de exiliadas en la sociedad patriarcal”), se identificaba también con las situaciones aquí expuestas.

“Concluyo que cualquier mujer de nuestro tiempo puede sentirse fuertemente identificada tanto con Genara como con Luisa, su hermana menor, con quien establece una nutrida correspondencia. Genara o La Genara, como diríamos en el norte (y procuramos no decir en el sur donde se considera insultante anteponer el artículo la o el al nombre propio), es una mujer divorciada a sus 35 años que considera que la mejor manera de escapar de sus problemas conyugales, familiares y sociales (porque familia y sociedad se empeñan en asumirse juez y parte de una decisión que sólo a ella le compete), es retirarse a la Ciudad de México a cursar una maestría”.

Nacida en Mexicali, B. C, en febrero de 1954, Rosina ha construido una sólida obra literaria que se presta a cualquier tipo de análisis, literario, histórico o sociológico. Autores como Daniel Sada, Luis Humberto Crosthwaite, David Toscana o Federico Campbell, han recobrado en forma admirable los paisajes, las atmósferas, esa belleza violenta del desierto y los rasgos de esa particular forma de humanidad que caracteriza al hombre fronterizo.

En su novela La Genara Rosina echa mano de un recurso escasamente socorrido en la literatura de fin de siglo: el intercambio epistolar, si bien la autora va mucho más allá al mezclar diversos remitentes y destinatarios (Genara, Luisa, Francisca, Fidel, Eduardo y un anónimo) y alternar los medios: la carta tradicional, el e-mail y el telegrama.

“En realidad la literatura epistolar no es novedosa, es tan antigua como el correo mismo. Lo que sí fue novedoso fue hacer una novela epistolar cuando la sociedad estaba haciendo a un lado la correspondencia personal, ya que, debido al avance tecnológico, resultaba más inmediato y cómodo hablar por teléfono, independientemente de su costo.

“Con la irrupción de la internet, la sociedad, principalmente los jóvenes, recuperó la epístola, y lo novedoso de mi novela es que aprovecha todos los medios de la epístola actual para expresarse. Los personajes de La Genara se comunican por fax, correo electrónico, mensajería, telégrafos y correo tradicional”.

Rosina cuenta que el abandono por parte de la pareja, cuando el hombre argumenta el tiempo que dedica al trabajo, es de lo que se queja la mayoría de las mujeres. Respecto a recuperar a la pareja tradicional, aunque haya engaños de por medio que luego se perdonan entre sí, expresó que todas tienen sus pactos.

“El problema es cuando esos pactos no se respetan, o cuando una parte le exige a la otra fidelidad, sin ser fiel. Creo que ese es un problema de cada pareja y que es a la pareja a quien le toca resolverlo”.

¿Hay una salida a esta problemática?

Por supuesto, responde, sólo es cuestión de que una se lo proponga, ya que esa es una decisión personal a la que nadie nos puede obligar.

“En cuanto a que los hijos necesitan la presencia de un padre, eso no es cierto. Soy madre soltera, y ninguno de mis dos hijos tuvieron necesidad del padre, aun cuando lo conocen y lo ven de vez en cuando (y no porque yo me negara a que lo vieran, sino porque a él no le interesó estar presente). Muchas veces el padre está en teoría, pero igual nunca está presente, porque así como tiene a la mujer en el abandono, con más razón a los hijos.

“Creo que es mejor vivir con la madre (o con el padre), y ver al padre cuando sea conveniente, y no vivir en una familia supuestamente completa, que probablemente sea más disfuncional que la familia con una mujer sola a la cabeza (todo depende de lo que se entienda por soledad)”.




miércoles, septiembre 13, 2006

Homofobia: Testimonio de Sergio Téllez-Pon

Es fundamental que, para terminar con la homofobia rudimentaria, la educación sexual sea impartida desde la educación primaria, incluso para crear una aceptación, más que la simple "tolerancia", a otras manifestaciones sexuales.
por Sergio Téllez-Pon[sergio@anodis.com]
poeta y crítico literario

La verdad es que nunca imaginé que me iba a tocar en vida propia padecer la discriminación y un ataque por mi preferencia sexual. Y aunque he sufrido muchos asaltos a lo largo de mis 25 años viviendo en esta ciudad, desde hace 9 que vivo una vida homosexual (los mismos que llevo participando en asociaciones de lucha contra el sida y por los derechos de minorías sexuales), nunca había sido discriminado ni golpeado de la manera como lo fui la noche del sábado 2 de septiembre pasado. Ese día, dos amigos y yo fuimos a un antro ubicado en Paseo de la Reforma, pero como llegamos temprano aún no había un buen ambiente, así que decidimos salir a tomar algo a cualquier otro bar de la Zona Rosa y regresar más tarde, cuando ya hubiera más gente. Salimos, pues, y caminamos sobre Reforma hasta Río de la Plata, allí cruzamos los plantones sobre la avenida y entramos por la calle de Toledo. Bajamos una cuadra y dimos vuelta en Hamburgo a la izquierda. Cuando habíamos avanzado media cuadra, Víctor Espíndola, uno de mis amigos que nos acompañaba, vio un anuncio en el que, se decía, vendían terrenos en Tepoztlán, él dijo que se compraría uno y yo agregué, bromeando, que allá es carísimo ya que viven muchos extranjeros. Dimos unos cuantos pasos, cuando dos autos se pararon de pronto y de uno de ellos una persona alta, robusta, de piel y ojos claros, nos gritó: "A ver, pinches putos, ya valieron madres". Seis hombres salieron de inmediato, se avalanzaron sobre nosotros e inició la corretiza. A pocos metros uno de ellos me alcanzó, me empujó y con la velocidad que yo traía rodé hasta el pavimento donde me propinó algunas patadas; pronto pude levantarme y volví a correr. Metros antes de llegar a la avenida Sevilla, otro de los sujetos me volvió a alcanzar, me tomó del cabello (debo decir que lo tengo un poco largo) y así, yo en posición de escuadra, volvió a lanzarme patadas al cuerpo. Cuando por fin pude desasirme de él, volví a correr para encontrarme con Víctor. Nuestro otro amigo había podido huir de nuestros agresores y ya nos estaba esperando en la esquina de Tokio con Sevilla junto con un sexoservidor de la zona quien nos preguntaba sobre la agresión. Fue él quien nos dijo que ese tipo de "operativos" se hacen los primeros día de cada mes, "de hecho—agregó—les tocaba venir ayer, pero no vinieron por el Informe". El asunto no quedó allí ya que, después supimos por nuestras indagaciones y la información de otras personas, que un involucrado en la agresión era un alto mando de la SSP de la ciudad de México. Por eso es fundamental que, para terminar con esta homofobia rudimentaria, la educación sexual sea impartida desde la primaria (como se recomendó en Toronto, Canadá, durante la reciente Conferencia Mundial sobre VIH/SIDA), incluso para crear una aceptación, más que la simple "tolerancia", a otras manifestaciones sexuales. Pero cuando esto se quiere implementar en México, los grupos conservadores se lanzan contra el inocente libro de Biología para sexto de primaria y lo tildan de "pornográfico". Por otra parte, es inconcebible que ese mismo fin de semana, el presidente Fox dijera en Baja California Sur que por la excelente recaudación fiscal y los excedentes petroleros se le daría a ese estado 600 millones de pesos por los daños causados por el huracán John, y también ese mismo fin de semana se anunciara un recorte presupuestal al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) de 12 millones de pesos. En la ciudad de México, además debemos pedir la regulación del sexoservicio masculino, así se podrá evitar más eficaz y eficientemente los asaltos e inseguridad toda en la zona, y por si fuera poco, se debe legislar para tipificar los crímenes de odio por homofobia, como se hizo en Estados Unidos desde los casos de Teena Brandon y Matthew Shepard. Curiosamente ese mismo día en que a nosotros nos agredieron, pero en Monterrey, otros chavos gays habían sido golpeados por policías municipales. Sin embargo, en este caso, en entrevista con un diario local el jefe de la policía de la ciudad salió en defensa de los elementos de su corporación diciendo que "los homosexuales estaban enfermos". El siempre valiente escritor Joaquín Hurtado le dirigió una carta pública donde le hacía ver lo erróneo de sus declaraciones. Contra todo eso hay que seguir luchando, así que aún falta mucho por hacer.


 

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