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All About EVE: julio 2005

All About EVE

martes, julio 26, 2005

Entrevista a propósito de "Réquiem por una muñeca rota", publicada en Etcétera, 2000


Foto: Martha Ghigliazza
"La censura no evita quela literatura llegue a la gente" Réquiem por una muñeca rota, no sólo amor sáfico
Jaimeduardo García/Eve Gil
Eve Gil (Hermosillo, Sonora, 1968) es una novel escritora que se define como feminista. Su novela Réquiem por una muñeca rota. Cuento para asustar al lobo (Conaculta, 2000) es la historia de dos adolescentes donde el aparente amor lésbico queda sublimado al verdadero fin de la trama: la traición, el paso de la ingenuidad a la madurez, la solidez de las convicciones y la crítica al mundo adulto. La autora de Hombres necios cede sus palabras en la redacción de etcétera, de la cual es miembro, y habla de Réquiem, aclarando que no es autobiográfica: "Mi infancia la veo como un sueño que nunca ocurrió".

¿Réquiem para una muñeca rota es una novela autobiográfica?
No. De hecho, fue la primera novela que yo deseé escribir. Es mi tercera novela. La desarrollé hasta hace poco. Es una historia fuerte, donde aparecen cosas dolorosas; cuando eres niño no sabes cómo decirlo. Hice una primera versión hace tiempo, pero la escribí en una computadora prestada, asaltaron el lugar donde estaba y se llevaron mi novela en el disco duro. Esta es una segunda versión, más madura, más trabajada. Sin autocensura.
Pero, ¿hablar en una novela acerca de la adolescencia cuando se es una mujer no es exorcizar fantasmas?
Es netamente una ficción literaria basada en hechos reales, aunque, sí, debo aceptar que es semibiográfica. Los escritores tenemos dudas de lo que nos pasa en la vida, y las resolvemos escribiendo. Me dio muchas respuestas más que nada, fue explicarme por qué mi padre actuó de cierta manera. Lo entendí cuando escribí la novela, lo cual no lo justifica. Es mi primera novela con tintes autobiográficos. La escribí para responder dudas, no para desahogarme.
¿Es una novela feminista o de amores lésbicos?
Primero, no la considero novela, sino un cuento largo. La estructura, el ritmo de la narración, los personajes no se desarrollan sino que encierran grandes misterios. La anécdota más que los personajes es lo que cuenta. Segundo, sí aborda el tema del lesbianismo, es parte de la novela pero no es central; son dos adolescentes que experimentan con el amor, pero no son lesbianas.
Los personajes no saben qué es ser amados por sus padres, no existen para ellos, a una la usa la mamá para retener al padre; a la otra, su mamá la considera una mercancía.
En tu libro se deja entrever cierto odio a los padres por parte de los personajes, ¿también es tu caso?
En la adolescencia odiamos a nuestros padres, lo que quieres es pasar por encima de la autoridad; existe una brecha generacional que impide una relación armoniosa. En ese periodo parecemos seres de otro planeta. No es odio sino dos dimensiones opuestas. Hay cierto odio fraternal. Si a esa edad se muere tu papá te duele, lo que pasa es que los padres son una representación de la autoridad. Los personajes atacan a sus padres por el lado moral, es una venganza su actitud. En lo personal no odio a mis padres.
Casi al final de la novela uno de los personajes dice: "¿Qué fácil es comprar el olvido?". ¿Sí es sencillo?
No. El personaje se refiere a su amiga, una niña criada para ser exhibida (este personaje es modelo de calendarios, aparece semidesnuda). Su belleza es lo que importa, es una persona banal; las cosas importantes no existen para ella, se antepone lo mezquino, el egoísmo. Es la gratificación a la vanidad.
En una parte de Réquiem... el personaje de Mora critica al mundo cultural de Sonora, ¿es una opinión disfrazada de Eve Gil?
Las cosas han cambiado en Sonora, por fortuna. No está tan restringido el acceso de escritores o artistas jóvenes o de mujeres como antes. Hace tres años era un mundo dominado por patriarcas, no dejaban destacar a los nuevos artistas, escritores jóvenes sobre todo.
En 1993 el Instituto de Cultura de la entidad convoca al concurso La Gran Novela Sonorense. El fin era descubrir al "gran novelista" del estado. La convocatoria fue cerrada, por invitación, el titular del instituto consideró a quién invitar porque según él eran los mejores. Yo tenía 23 años y mandé por correo una novela con pseudónimo (Hombres necios, 1996) la enviaron a La Paz, Baja California, con un jurado doctorado en La Sorbona. Gané, pese a que no me invitaron. Me dieron el premio y con esto, también me gané enemistades. Fue una ironía, cómo en un estado conservador gana el premio una novela feminista. Además la homofobia está muy arraigada. Un ejemplo, Abigael Bohórquez -poeta, es como el Jaime Sabines de Sonora- fue marginado por su condición. Era un ambiente hostil para la mujer. Salí de Sonora como un animal expulsado de su manada. Nadie quería entender lo que yo hacía. Las mujeres que escribían poesía (algunas muy buenas) estaban muy clavadas en el rollo de amas de casa, amor entre rosas, problemas espirituales, que consideraban temas apropiados para la mujer. Decidí romper con eso.
¿Es una novela irreverente, subversiva?
Empezó siendo un proyecto para combatir la hipocresía y el conservadurismo en la literatura sonorense de hace pocos años, se me quedó como un sello. Tengo una visión maquiavélica de la vida.
¿La literatura sirve de algo?
Claro. Alimenta el espíritu. Puede cambiar la forma; puede desaparecer el libro pero no la literatura, ésta es eterna. El peor enemigo de ésta es la censura. Yo la he padecido. Mi novela El suplicio de Adán (1998) fue censurada en Hermosillo -ya se levantó el veto- porque aborda el conflicto carnal de un sacerdote y tiene una visión de México que no gustó. Calles y Obregón son héroes en Sonora y yo los desmitifico. La censura no evita que la literatura llegue a la gente que la necesita

lunes, julio 25, 2005

El segundo oficio más antiguo


Por: Eve Gil
Muchas cosas se dicen sobre la escritura de la mujer para simplificar algo que puede ser tan similar a la escritura patriarcal y sin embargo tan sutilmente diferente.
Luisa Valenzuela
Peligrosas palabras
Si alguien tiene un destino, se trata de un hombre, si alguien consigue un destino, se trata de una mujer.
Elfriede Jelinek
Las amantes
El verdadero origen de mi columna “La trenza de Sor Juana”, del suplemento dominical Arena de Excélsior, no tuvo lugar el 31 de diciembre de 2001, sino mucho, mucho antes. La fecha exacta no la sé, pero recuerdo nítidamente aquel verano de 1990, de 45 grados a la sombra, en que advertí, no sin sorpresa, que el programa de estudios de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Sonora no incluía a ninguna mujer, excepto a Sor Juana (el colmo hubiera sido que no) y acudí ante el académico responsable de diseñar dicho programa para comentarle lo que creí una omisión accidental. El profesor en cuestión rió ante lo que juzgó, además de un arrebato feminista, una exhibición de ignorancia, ¿es que acaso no sabía yo que eran poquísimas las escritoras en el mundo, y, de entre esas excepciones, la mayoría malísimas? No tenía caso, pues, perder el tiempo estudiándolas.Por aquel entonces, mi ignorancia en este rubro era grande, probablemente superior a la de ese profesor que, en ese instante, exhibió apenas un destello de la misoginia que lo caracterizaría el resto del curso. Realmente pensaba que las únicas escritoras en el mundo eran Rosario Castellanos (cuyo libro, Mujer que sabe latín, que por entonces hallé revoloteando en la mesa de saldo de una de las tres librerías de Hermosillo, manchado de café, lleva conmigo veintidós años y otras tantas relecturas), las Hermanas Brontë, Elena Garro, Isabel Allende, Laura Esquivel, Sara Sefchovich y Agatha Christie. Nunca localicé a las autoras que analiza Rosario en Mujer que sabe latín: (Isak Dinesen, Virginia Woolf, Mary McCarthy, Simone De Beauvoir, Lillian Hellman, Ulalume González de León, Violette Leduc, Simone Weil o Yvie Compton-Burnett); en ninguna de las dos bibliotecas de Hermosillo habían escuchado hablar de ellas siquiera. Un par de años más tarde, una amiga feminista (de esos exóticos especimenes que en Hermosillo no se dan precisamente en maceta) me introdujo en la lectura de Virginia Woolf, Simone De Beauvoir y Erica Jong que ejercieron sobre mí un deslumbramiento difícil de describir. Puedo suponer que fue como engancharse a una droga o a una secta secreta, porque mi lectura de estas maravillosas escritoras azuzó mi necesidad de enviar más señales de humo y convocar a otras tantas. Una de las pocas maestras que quebrantaban la atmósfera bohemia (en el mal sentido de la palabra) y excluyente de la escuela de Letras, Josefina de Ávila Cervantes, puso en mis manos a Igor Caruso (que no es mujer pero fue como leer a una, por lo bien que nos conoce), a Susan Sontag y a Sylvia Plath. Posteriormente, un doctor en Letras Españolas que fue invitado a impartir un curso de Literatura Latinoamericana, Rubén Sandoval, hizo engordar a la planta carnívora al fotocopiarme libros enteros de Luisa Valenzuela, Alejandra Pizarnik, Carmen Boullosa, Inés Arredondo, Ana María Matute y Francesca Gargallo (que, nunca imaginé, se convertiría, a la vuelta de unos cuantos años, en mi más entrañable amiga), contribuyendo a armarme para lo que parecía una empresa quijotesca: demostrar que había decenas, acaso cientos y miles de magníficas escritoras. Empecé entonces a desafiar ostensiblemente al “programa” de estudios de la escuela de Letras, especializándome en escritoras.Sin embargo, contrario a lo que pudieran suponer los escasos pero fieles lectores de mi columna, no creo en una “literatura femenina” porque ello implicaría la existencia, peor aún, la preeminencia de otra “masculina”, aunque, como bien señala Laura Freixas en su libro Literatura y mujeres, decir que “la literatura es una sola y se divide en buena y mala”, desprende ya cierto tufillo a cliché. No obstante, las autoras continúan viéndose en la necesidad de repetirlo como un mantra ante la insistencia de quienes formulan, a decir de Rosa Montero, la primer pregunta de rigor en toda entrevista a una escritora: ¿Existe una literatura de mujeres?Virginia Woolf responde: “Hasta en un hombre, la parte femenina del cerebro deje ejercer influencia; y tampoco la mujer debe rehuir contacto con el hombre que hay en ella. Esa tal vez fue la intención de Coleridge cuando dijo que una gran inteligencia es andrógina (...) Quizá una mente del todo masculina no puede crear, así como tampoco una mente del todo femenina (...)” Existen, es cierto, un punto de vista masculino y otro femenino. Autores que han escrito espléndidamente desde el femenino han sido Tolstoi, Flaubert, Wilde, García Ponce, Millás, el exquisito Álvaro Pombo, de quien dice Laura Restrepo, “escribió la mejor novela femenina, Entre las mujeres”. El escritor mexicano, Alberto Ruy Sánchez, describe con sibarítica belleza las sensaciones de una mujer embarazada: “(...)Todos los sabores de los alimentos parecían multiplicar su intensidad para ella. Hasta el agua le sabía mucho mejor. Su piel era más sensible en más puntos insospechados del cuerpo como si el tacto hubiera decidido reinar entre los sentidos y el paso secreto de la hormiga que incendia los labios del sexo le caminara de pronto hasta las rodillas (...)”. De entre los más jóvenes, Antonio Tenorio (México, 1966) ha sorprendido a la crítica con una hermosa novela, El permanente estado de las cosas, narrada no por una, sino por tres mujeres pertenecientes a distintas generaciones de una misma familia, lo que implica no sólo recurrir a una perspectiva femenina sino recuperar las voces de las mujeres que nunca hablaron. “Las mujeres —dice Tenorio—son las depositarias de la tradición y quienes la transmiten de una generación a otra. Son quienes nos enseñan las palabras, y nuestra forma de estar en el mundo es a través del lenguaje. Y lo hacen en el acto de enseñarnos a hablar, pero también en el de enseñarnos a recordar: las madres, las abuelas, las tías. Luego, la novela es, en la figura de sus mujeres, a este pilar de la cultura que es la transmisión de lo que somos y hemos sido a través de las mujeres.”Mujeres como Marguerite Yourcenar, Josefina Vicens, Cristina Peri Rossi, Francesca Gargallo, Cristina Rivera Garza, Mayra Santos-Febres, Ana García Bergua, Donna Tartt y Zadie Smith, han escrito, con fortuna, desde el punto de vista masculino. Cito de nuevo a Rosa Montero: “Lo más probable es que yo tenga mucho más que ver con un autor español, varón, de mi misma edad y nacido en una gran ciudad, que con una escritora negra, sudafricana y de ochenta años que haya vivido el apartheid (...)” Ya no existen terrenos ni tópicos exclusivamente masculinos o femeninos. Vemos hombres escribiendo sobre amor y cocina; mujeres que escriben sobre guerra y política. Estoy muy de acuerdo con Fabienne Bradu cuando señala que “Tan condenable sería el crítico que pretendiera establecer una relación artificial y forzada entre la escritura femenina y la emancipación social de la mujer, como la escritora que pretendiera expresar un “nosotras, mujeres” que sólo existe en los panfletos ideológicos.”Soy feminista. Tuve que convertirme en una para sobrevivir en un medio tan hostil como el antes descrito. Como tal leo a teóricas feministas, aunque no sea mi intención aplicar dichas teorías a la elaboración de mis semblanzas de escritoras que llamo “trenzas”, por ser mi aportación mucho más apegada al campo de lo periodístico que de lo académico. Agradezco sin embargo se le preste una especial atención a la literatura escrita por mujeres: tantos siglos de marginación y subestima no se resuelven en un mes, ni en un año... ni siquiera en un siglo. Posiblemente nuestras bisnietas puedan leer y ser leídas por lectores y lectoras que no tengan tan presente que detrás hay “una mujer que escribe”, y por tanto ya no sea menester decir cosas como estas, y aún entonces continuará el rescate de todas esas artistas notables (literatas, músicas, artistas plásticas, etc) que se han tragado la incomprensión, el olvido y la misoginia, labor actualmente asumida por notables rastreadoras, investigadoras y restauradoras de textos escritos por mujeres durante los período del medioevo y el barroco europeo y el siglo XIX latinoamericano, como las españolas Evangelina Rodríguez Cuadros y María Haro Cortés, o las mexicanas Ana Rosa Domenella, Gloria Prado, Luz Elena Zamudio y en general las integrantes del Taller de Teoría y Crítica Literaria Diana Morán. Parafraseo a Elizabeth A. Johnson, monja feminista, uno de mis más notables hallazgos: “(...)la opción de establecer una conexión con los antepasados, como ha señalado sabiamente Adrienne Rich, tiene el carácter de un acto de responsabilidad moral.”Me propuse, pues, abordar exclusivamente escritoras porque es un hecho que la literatura escrita por mujeres no ha sido lo suficientemente valorada, más aún, se desconoce fuera de círculos muy especializados; porque que si bien Susan Sontag, Margaret Atwood, Doris Lessing, Fleur Jaeggy o Luisa Valenzuela gozan de los mismos méritos de genio y talento que José Saramago, Gunther Grass, Imre Kertész y J.M Cotzee, por nombrar a los Nóbel más recientes, es muy probable que tal Premio no se les conceda nunca: Sólo nueve mujeres han sido distinguidas entre 1901 y 2003, descontando los cinco años de la Segunda Guerra Mundial en que el premio no fue otorgado: Selma Lagerlloff, Nelly Sachs, Grazia Deledda, Sigrid Undset, Pearl S. Buck, Gabriela Mistral, Toni Morrison, Nadine Gordimer, Wislawa Symborska y muy recientemente a Elfriede Jelinek, cuyo nombramiento suscitó una enorme polémica: ¿Por qué no Thomas Bernhardt? ¿Por qué no Peter Handke?, se preguntaron críticos y estudiosos de la literatura alemana que ni siquiera habían leído a Jelinek.Cuando Miguel Barberena, director de Arena, me preguntó que título me gustaría para mi columna, La trenza de Sor Juana brotó espontáneamente de mis labios, no sólo por lo que Sor Juana significa para mí, sino porque justo en ese momento recordé lo parafraseado por Octavio Paz en Las trampas de la fe acerca de la trenza que ella cercenó para, simbólicamente, librarse de un peso que le impedía pensar. Como la propia Sor Juana explica a Sor Filotea, que pasaría a ser metáfora de la oblación del intelecto femenino a manos de los patriarcas (Sor Filotea, lo sabemos, era en realidad un varón), consideraba que por estar “vestida de cabellos cabeza estaba tan desnuda de noticias.” Pero esa trenza que Sor Juana sacrificó en nombre del intelecto, al considerarse la feminidad impedimento para acceder al conocimiento, es hoy nuestra reliquia, recordatorio de ese sacrificio mucho más amplio que cortarse el pelo, por lo que el título sugiere asimismo continuidad: las que preceden a la Monja Jerónima, si bien he hecho excepciones con tres autoras muy anteriores a Sor Juana que no podía dejar fuera: Hipatia de Alejandría, la renacentista, pionera del feminismo, Christina de Pizan y Santa Teresa de Ávila.No importa si son poetas, narradoras, ensayistas dramaturgas, filósofas, periodistas, académicas, historiadoras, teólogas, o un poco de todo, que las hay. La única restricción que me impongo tiene que ver con la calidad literaria. Ocasionalmente relajo mi implacable juicio y cedo ante autoras que aporten una obra interesante, peculiar, original; o cuya historia de vida represente de algún modo la rebeldía de escritoras que defienden su vocación en circunstancias adversas como pertenecer a sociedades fundamentalistas, ser madres abandonadas o sojuzgadas, estar inmersas en alguna lucha social, padecer algún tipo de persecución política o religiosa, haber escrito un libro que, como en el caso de la china Wei Hui, haya sido quemado en una plaza pública; o contar con alguna característica sobresaliente y, ¿por qué no?, divertida: el rango de edad de las autoras vivas que he comentado va desde los 15 de la siciliana Melissa Panarello, hasta los 106 años de la alemana, nacionalizada mexicana, Mariana Frenk-Westheim, recientemente fallecida: escritoras noveles ambas.Es necesario entender, por otro lado, que la literatura escrita por mujeres no es algo que empezó en los años ochenta del siglo XX, donde los libros escritos por y para mujeres se vendían junto con los cosméticos y otros artículos suntuarios, sino que lleva siglos y siglos gestándose en la intimidad de los hogares, ante los peroles y la labor de costura; desde Eukheduana, la primera escritora conocida en el planeta, que hacia el 22000 a.C escribió sobre una tabla sumeria los suficientes himnos a la terrible diosa de la escritura, Inanna como para que su padre, Sargón de Akkad consagrara una biblioteca entera a los escritos de su hija, pasando por la presunta inventora del género novelístico en 1010, la japonesa Murasaki Shikibu; la griega Safo, las escritoras del romanticismo, las del barroco, las que desafiaron al modernismo y al llamado “boom” latinoamericano, imponiéndose a pesar de la brutal marginación disfrazada de paternalismo. Mostrar, por otra parte, que magníficas escritoras las hay lo mismo en México, España e Inglaterra, que en Egipto, Austria, Perú, la India, Israel, Suecia, Dinamarca, Nueva Zelanda, Vietnam, Escocia, El Salvador, Grecia, Québec, Checoslovaquia... hasta en Kenia y en Belice, y en los regímenes fundamentalistas. En los países latinoamericanos y regiones conservadoras de España, Asia, Oriente Medio y Europa Oriental, las escritoras pueden relatar vivencias semejantes a las de principios del siglo XIX, que se veían obligadas a pedir permiso a un intelectual varón. Robert Southey respondió a una carta de Charlotte Brontë de la siguiente manera: “Una mujer no puede ni debe hacer de la literatura la razón de su vida. Cuanto más se consagre a sus propios deberes, menos tiempo tendrá para ella, sea como objetivo o esparcimiento. A esos deberes no ha sido llamada, y cuando lo sea tendrá menos ansia de celebridad. No buscará la emoción en la imaginación, pues ya traerán demasiada las vicisitudes de esta vida y las angustias de las que no ha de esperar quedar exenta, sea cual fuere su estado.”, a lo que Charlotte arguyó graciosamente: “Si la perfección cristiana es necesaria para salvarse, yo nunca me salvaré; mi corazón es un semillero de pensamientos pecaminosos (...)” Dice Silvina Bullrich en su ensayo de 1956, “La mujer en la novela femenina”: “¿Qué mujer no ha oído estupefacta de boca de hombres amablemente mediocres ese reiterado pedido de “la gran obra”, esa exigencia de talento?” Sin embargo, no puedo pasar por alto el más atesorable consejo de un escritor a una escritora, atribuido por la novelista estadounidense Frances Sherwood al filósofo y sociólogo Richard Price, amigo y mentor de Mary Wollstoncraft: “Cuando escribo mis sermones no siempre escribo acerca de lo que soy en aquel preciso momento, ni de lo que sé que es verdad en aquel momento, ni de lo que sé en general que es verdadero o falso. Oh, no. Sólo raras veces. Escribo un deseo y una esperanza, y un deseo de ser, de llegar a ser, de comprender.”

Carta de un lector español a propósito de "Cenotafio de Beatriz"


Y ahora tu novela, sorprendente en tantas cosas. En mi opinión, tan modesta como arbitraria, con los mimbres literarios de la posmedernidad has recreado un mundo de inseguridades, un mundo cojo como Beatriz, donde no tiene cabida el idealismo renacentista; todo el discurso amoroso de Dante está urdido de deseos, deseo por el cuerpo amado, deseo de someter el objeto de su amor y sobre todo deseo de ser el seductor, intercambiar los papeles. Seducir es secuestrar, embargar la voluntad ajena, al fin de cuentas entre seductor y seducido se crea una dependencia que no es natural, el que ama sufre, el que ama el sufrimiento está a un paso de la santidad en esa concepción de la mística por la cual el hombre se eleva sobre las limitaciones de su naturaleza y alcanza un mundo superior. La palabra mística tiene la misma raíz griega que miopía. Miopes en su amor Dante y Beatriz son dos místicos dislocados, perdidos en un tiempo donde su actitud ante el amor es inaceptable. Una pareja que incapaz de abolir la exigencia de la seducción está obligada a redimir su cuerpo en los placeres del sexo. Tu Dante, seducido por una Beatriz imperfecta, (y que genial creación esta mujer imperfecta para el mundo pero perfecta para aquel que la ama) ignora que el crimen de la seducción se resuelve con la locura o la muerte. Sometidos uno alotro, —libido dominandi—, no habitando otro espacio que el cuerpo del amado, ignorando ese espacio urbano que has sabido construir como un infierno, las circunstancias imponen su voluntad de poder.
Tu amor, fatiga del amor, el amor es la única pasión que no cansa y así ambos personajes se entregan a ese juego de satisfacciones e insatisfacciones que es el erotismo. «El erotismo es cruel», decía Bataille, la experiencia más próxima al misticismo, Dante yBeatriz, entregados al desenfreno de sí mismos, de sus cuerpos, encerrados al abrigo de toda salvación, se gozan al tiempo que se destruyen. En «Cenotafio deBeatriz» no existe el cielo. ¿Acaso podría ser celestial la pasión de los celos? En los celos permanece vivo el otro. No sé qué es más apropiado decir, que tu Dante encuentra a su Beatriz en el infierno o que tu Beatriz es el infierno de Dante. Asco, amor, viaje a un mundo subterráneo, coordenadas de una novela construida con sabiduría en la que seremozan y recuperan técnicas tan usadas en la novela amorosa del pasado como son el diario íntimo o la epístola. Novela salpicada de cultura, citas dehipertextualidad con la figura de Dante en la literatura y el arte. En definitiva, Eve, una buena novela. Gracias por tu arte.
Un beso
Eduardo de Benito

Juan del Alma


En la foto: Juan José Arreola y Juan Rulfo
Por: Eve Gil
¿Por qué dejó Rulfo de escribir? O... ¿realmente dejó de escribir? Suele decirse que el jalisciense sólo produjo dos obras maestras. ¿Cuántos autores con más de cincuenta libros publicados pueden jactarse de haber generado una sola obra maestra? ¿Fue el alcoholismo? ¿El miedo? ¿Las musas extenuadas?... ¿Los murmullos?... ¿La muerte del tío Celerino?Un extraño en la tierra, biografía no autorizada de Juan Rulfo, de Juan Ascencio, es una genuina caja de Pandora: quien la abra no volverá a ver a Rulfo con los mismos ojos. Bastará toparse con la fotografía sin crédito de la portada y descubrir la insólita sonrisa socarrona que, a decir de Ascencio, reservaba Rulfo a sus amistades, para empezar a intuir la naturaleza oculta de Juan Nepomuceno. “Juan del Alma”, como lo llamaba su suegra. Correrá, sobretodo, a releerlo, y saldrá de las páginas de Pedro Páramo y El llano en llamas con la sensación de haberlos leído por vez primera. Para llegar a esto, sin embargo, deberá el lector enfrentar al Rulfo de carne y hueso; al burócrata, al “aviador”, al mitómano, al soberbio, al machista, al maniaco depresivo, al “devoto de la hipérbole”, en el que confluían, no obstante, las virtudes de sobra conocidas tales como la lealtad a prueba de balas para con sus amistades, su encanto para seducir a sus enemigos, como a Fernando Benítez, que terminó obsequiándole un departamento... como Juan José Arreola, que al final de sus días fue su más entrañable amigo; la entrega total para con sus hijos y, sobretodo, su empeño por llenar el hueco de una educación oficial interrumpida por el conflicto cristero —y la beatería de una abuela que no le permitió acceder a la educación socialista— con el autodidactismo. Ante el desvelamiento de algunos momentos embarazosos de la intimidad del escritor jalisciense, que me parece la parte cuestionable del libro, no puedo evitar estar de acuerdo con Federico Campbell: “lo que importa es la obra; porque el escritor es un visionario, hace contacto con lo que Jung llama el inconsciente colectivo, y los rusos, el alma.”Considero pertinente, por tanto, analizarlo desde dos perspectivas: una literaria y otra ética. Imposible no aplaudir la exhaustiva labor de investigación —Ascencio no se limitó, de ninguna manera, a verter las vivencias inmediatas que le facilitó su íntima amistad con el biografiado—; la meticulosidad con que el autor contrasta evidencias, hilvana los recuerdos de diversas voces y hurga en nostalgias remotas. Desde el punto de vista literario, Un extraño en la tierra es una biografía digna de Juan Rulfo. Esto, y el hecho de que aporta nuevos elementos para mejor comprender la obra rulfiana, hacen de este un libro digno de leerse.Rulfo se inspiró en familiares y personas muy próximas para poblar su novela y sus cuentos e, insólitamente, parece haberlos dotado de una longevidad fuera de serie ya que Ascencio recogió testimonios de varios de ellos, algunos en verdad conmovedores como el de Mariano Michel, que fue trabajador del padre de Rulfo y conoció a este de niño. Al reproducir textualmente las palabras, la voz de Michel, Ascencio nos revela la fuente de la que Rulfo extrajo su peculiar lenguaje; el lenguaje de Comala: “La pistola se pudrió con todo y balas. Cada bala tiene su destino”. Casi como si Ascencio reconstruyera la historia de Rulfo a través de las voces de sus propios personajes, o quitemos el “casi”, porque Rulfo es virtualmente narrado por los mismos a quienes él narró. El propio Rulfo, sin embargo, aporta también esa peculiar voz suya para narrarse. Para la gente de mi pueblo no existe la literatura. No saben que la realidad es algo muy pequeño, muy limitado. (p. 254) Rulfo, al que se le atribuyen cientos de influencias (negó rotundamente estar influido por Faulkner, con el que más insistentemente se le emparentaba) en tono cuestionador, casi acusatorio — ¿Hay algo más absurdo que echarle en cara sus lecturas a un escritor?— no hizo sino verter su propia voz en aquel cuaderno escolar, sin proponerse imitar a nadie.Camilo José Cela y Octavio Paz, nada menos, figuran entre los enemigos de Rulfo. El primero en razón de la más vulgar y podrida envidia (enfermedad que, sabemos, corroía el alma del Nóbel español). El segundo, porque no concebía que el jalisciense no opinara como él. En Rulfo encontró Paz uno de sus más acérrimos contradictores estéticos e ideológicos, al grado de llegar casi a los puños. Los escritores que quieren becas de la Guggenheim vienen conmigo a que les firme cartas de recomendación. No sirven de nada. Esas se las dan a los que indica Octavio Paz. Por eso dicen que en México la literatura descansa en Paz. El caso de Ricardo Garibay, compañero de generación de Rulfo en el Centro Mexicano de Escritores entre 1953 y 1954, es realmente conmovedor. El iracundo narrador se expresa bastante mal de Rulfo. Sin embargo relata con extraordinaria belleza el momento en que presenció el milagro: “Era espléndido. Xirau gritaba: “¡Mírame la piel! ¡Estoy erizado! ¡Tengo calosfríos!” Me sentí invadido de algo como euforia, como alegría. El capítulo era hermosísimo. Y lo dije. Y no sentía envidia” (p. 189). Se refería, por supuesto, al nacimiento de Pedro Páramo.Vayamos ahora a la parte oscura del asunto. De entrada tropezará el lector con tal maremagno de datos contradictorios, que deberá esforzarse por seguir adelante hasta adentrarse en el verdadero principio del libro. Me pregunto: ¿Tiene alguna relevancia dejar perfectamente asentada la fecha de nacimiento del biografiado, cuando esta suele variar por apenas un año? ¿Es crucial para nosotros, lectores, asegurarnos de que nació en 1917 y no en 1918? Como bien asienta el biógrafo, Rulfo entretejió un mito en torno a su origen, acaso sin proponérselo: le avergonzaba reconocer que había nacido en Sayula, región jalisciense a la que inexplicablemente se le endilga la fama de ser territorio de homosexuales. No creo, sin embargo, que sea por homofobia que Rulfo a cambalacheó su natal Sayula por Zapotlán, sino por su vivencia directa y traumática de los brutales castigos aplicados a los hombres de “sospechosas tendencias”. Ascencio emplea dos capítulos, alrededor de 40 páginas, en evidenciar las inocuas mentirijillas del escritor. Si bien no deja de tener cierto interés documental constatar las indiscriminadas variaciones de los papeles oficiales de Rulfo —fechas alteradas, omisión e inclusión del “Rulfo”, ortografía mutante del apellido materno, “Vízcaino”— ¿Por qué no suponer que al reinventar sus datos, el autor de Pedro Páramo simplemente se apropiaba de su vida, convirtiéndola en un cuaderno más sobre el cual escribir historias? ¿Por qué suponer necesariamente que Rulfo pretendió dejar de ser un Juan N. del montón? Hay una frase que se repite a lo largo de todo el libro, y que parece haber sido la premisa de Rulfo: “Mentira es lo contrario de falsedad” —y añade: —“Mentira es una novela, un relato y un paisaje que se descubren nítidos, tangibles, a través de las palabras” (p. 257). Y aunque no lo diga, se sobreentiende que falsedad es lo contrario de mentira: es lo que no puede aspirar a ser verdadero.Aunque Ascencio ha manifestado que nunca fue su intención hacer la biografía de San Juan Rulfo, considero que se excedió al exponer intimidades que seguramente lastimarán a la viuda del escritor, Clara Aparicio, la destinataria de las preciosas cartas de Aire de las colinas. Independientemente de los sentimientos en juego, el relato de los amores de Rulfo —que sin llegar a ser infidelidades en todo el rigor del término, revelan realidades mucho más dolorosas para la mujer que lo amó —no ayuda al entendimiento de su obra por tratarse de vivencias muy posteriores a esta, y que por consiguiente pudieron haber permanecido calladas. Ascencio sucumbió por desgracia a la tentación de ser indiscreto, y a Rulfo es narrado en su ingenuidad amorosa, más que en sus debilidades carnales: La fama es como esas nublazones que no lo dejan a uno subir una montaña. No se ve nada en ninguna dirección; ni arriba ni abajo.

Libros de mi buró


El ojo de la iguana
Por: Eve Gil
La lectura de El ojo de la iguana (CONARTE, CONACULTA, 2004), novela del escritor originario de Monterrey, Nuevo León, Héctor Alvarado Díaz (en la foto conmigo), me obliga a recapitular respecto a una idea que empezaba a hacerme de la literatura que actualmente se gesta en el norte de México. No hace mucho comentaba que mientras autoras de aquellos lares como la tamaulipeca Cristina Rivera Garza, la neolenesa Patricia Laurent Kullick –sobre la que obligadamente regresaré más tarde debido a su nexo amistoso y estilístico tan profundo con Héctor —, la dramaturga bajacaliforniana Bárbara Colio, entre otras, han optado aportado una especial universalidad a la literatura mexicana, entre sus colegas y paisanos varones se observa una reiteración del tema fronterizo, quizá por la favorable reacción del mercado ante novelas sobre espaldas mojadas y todo eso que a los sureños les resulta tan exótico y cool como los narcocorridos. No por nada, hasta los españoles como Arturo Pérez Reverte han incursionado con singular alegría en estos tópicos.Es por ello que si se me exigiera clasificar la literatura de Héctor, yo la ubicaría, sin lugar a dudas, junto a las autores antes citadas y agregaría a otros cuatro autores: David Toscana, Federico Campbell, Daniel Sada y Hugo Valdés. Y todavía lo siento más cercano a las autoras arriba mencionadas. Aunque El ojo de la iguana transcurre en Monterrey, bien podría estar sucediendo en cualquier parte donde existan hombres y mujeres torturados por la soledad y el desamor. No nos ubica geográfica sino anímicamente en una región del alma de un personaje que nos remite a los harapos emocionales de Electra y a la patética coronación de Ofelia. Pero allende la evocación que produjo en mí, estamos ante un personaje femenino admirablemente construido, con todos los tornillos en su sitio aunque se nos diga lo contrario. Hago hincapié en este aspecto porque la mayoría de los autores mexicanos, particularmente los de generaciones anteriores, adolecen de personajes femeninos memorables y creíbles. En este sentido, Héctor está muy próximo a autores de su generación como Antonio Tenorio y Eloy Urroz, que han escrito muy convincentemente desde el punto de vista femenino. Lo cierto es que se requiere de una sensibilidad muy fina, amen del bagaje cultural, para narrar desde la perspectiva del sexo opuesto y resultar convincente.Pero Héctor no sólo le ha dado vida a un personaje femenino, sino, como hemos dicho, a un personaje sumamente complejo que por momentos remite a la narradora de El camino de Santiago, la magnífica novela de Patricia Laurent. Rosana, personaje tan poético como patético, es asimismo la mezcla de lo bello y lo esperpéntico, esa mezcla tan euripidiana que se formula una pregunta en la que bien podría resumirse la esencia de la locura: “¿De qué me sirve que la mitad de la humanidad repose bajo tierra si la muerte sólo nos toca cuando nos sentimos más vivos?” Ella busca desesperadamente una tumba, la tumba de su padre, que muy bien podría ser la suya propia. ¿Qué sensación embargará a quien de pronto descubre que la tumba del ser amado ha sido movida de lugar? Esta sensación que Héctor Alvarado me hace experimentar y que es dolorosa, dolorosísima, persigue a Rosana desde mucho antes de la muerte de su padre pero enfocada hacia su propio ser: no entiende que hace ahí, en el seno de una familia donde palpita la anomalía que resulta ser ella misma y que de algún modo predispone a todos sus miembros para mirarla con horror. Rosana, pues, no es una loca, sino la locura. Y la locura que no resiste confrontar su imagen en el espejo deformante de la realidad, sale de su caparazón rugoso para referirse a sí misma en tercera persona: “Perder una tumba con un papá adentro. Es tan grande ese absurdo, tan estúpido e increíble que sólo pudo haberle pasado a Rosana.”A diferencia de otros autores, Héctor no aborda la locura como recurso efectista. La locura, encarnada en Rosana (y no es casualidad que la locura sea mujer), le sirve para explicar una sociedad absurda que nunca se detiene a preguntarse qué tan válidas son las reglas que obedece al pie de la letra. La locura, que en El ojo de la iguana no es enfermedad sino insurrección del espíritu, es la respuesta que Rosana se da a sí misma a manera de reafirmación de sus diferencias con el resto del mundo. La locura no nos aleja de lo humano: nos acerca a lo divino. Rosana es, por tanto, un ser iluminado con una capacidad tal para el amor que no tolera la postración de su madre. No tolera lo que para los demás es hábito, cuadro en la pared, victimización, cobardía, complicidad. ¿Qué delito ha cometido Rosana para condenarla a errar en un camposanto, viuda y huérfana de un esposo y de unos hijos que, absurdamente, están ahí, vivos, ansiando sus caricias?El ojo de la iguana exuda una sensibilidad muy particular e inquietante, digna de aplauso pero sobretodo de análisis. El escritor no únicamente nos hace escuchar su parte femenina, sino también su maravillosa parte irracional que es la pasión creadora y que le permite regalarnos uno de los más hermosos y desgarradores personajes femeninos de las nuevas letras mexicanas.

Charlas de café


Martita Según: el privilegio de Raquel Pankowsky
Entrevista inédita
Por: Eve Gil
Todos “quieren” con Marthita Según, pero yo preferí a Raquel Pankowsky. Su historia de Primera Dama de la Comedia me sedujo más que el personaje que tan espléndidamente caricaturiza: “Lo mío es más amplio que darle en la madre a una mujer, que es mujer como yo —explica Raquel, que por un azar del destino, o una “canita al aire” de su papá en Zamora, bromea, guarda un extraordinario parecido con la controvertida Primera Dama de México, Martha Sahagún.Pero bajo el disfraz de Primera Dama, mezcla de Lady Macbeth, María Antonieta e Imelda Marcos, se esconde una historia trágica que confirma que los mejores comediantes son los que más lloran. Una profunda depresión fue el detonante de su decisión de caracterizar a Martha Sahagún. Pensó que burlarse un poquito de la Primera Dama sería la manera más divertida de suicidarse. “Mis papás se murieron siendo yo muy joven, nunca me casé. Mi papá murió y me quedé muchos años pagando su muerte, médicos, hospitales, entierros... firmé letras a pasto. Entonces, nunca me casé, ¿Quién se iba a fijar en mí si estaba en la angustia todo el tiempo? Hubiera querido tener hijos, me hubiera gustado muchísimo, pero cuando me acordé ya tenía 39 años... y entonces me quitaron la matriz. O sea, llegué a cumplir mis 50 años sin haber realizado ninguno de los mandatos sociales. Y mi carrera era inestable, de repente tenía trabajo, de repente no.“Cuando me propuse hacer Martha —todo mundo me decía ¡Cómo te pareces a Martha!—me dije: si me matan me echan una manita. Por primera vez metí mi miedo en el closet y salí. Sigo viva, más que nunca, y llena de felicidad, aunque esto ya se acaba pronto. Es necesario que acabe, por los tiempos políticos que corren. A lo mejor me regreso a mi carrera normal de actriz, a hacer papelitos en las telenovelas, pero lo que yo ya viví, es la experiencia más grande de toda mi vida.
EVE GIL.-¿Tu semejanza con Martha Sahagún es simplemente superficial, o te identificas con ella en algún otro aspecto?
RAQUEL PANKOWSKY.-Hay partes que admiro de Martha, de otra manera, para qué imito a una mujer que no tiene nada ejemplar. Y además que de pronto me haya interesado la política (yo era el rating del Canal del Congreso) pues creo que era el destino. Y desde aquí agradezco a la señora Sahagún que pudo haberme parado y no lo hizo. Por otro lado, también hay paralelismo entre su vida y la mía, a pesar de ser totalmente diferentes, porque Martha es muy religiosa y de ultraderecha, creo que incluso legionaria de Cristo, y yo soy judía, totalmente antirreligiosa. Las religiones no pasan por mi razonamiento. Como nací con zapatitos rosas, y estas son unas religiones muy patriarcales.
E.G.-¿Cómo se efectuó tu primer acercamiento con Martha?
R.P.- Me llamó Guillermo Mora Tavares de la revista Época para proponerme una entrevista con ella, y le dije que no me interesaba, porque Martha tenía todo por ganar, lo mismo que su revista, mientras que yo, tenía todo por perder porque lo único que tengo es mi prestigio y mi credibilidad. A Guillermo no lo conocía, ni somos amigos, ni lo he vuelto a ver, ni lo volveré a ver. No aceptó mi negativa y dijo que me llamaría a mediodía, pero me habló en la noche: “Te tengo espléndidas noticias: la señora está encantada de recibirte”. ¡Ahí sí, ya qué hacía! El insistió: tienes que preparar diez preguntas para 45 minutos, entonces le dije: no soy periodista, y tampoco puedo llegar como una foquita que aplaude, ni como una señora agresiva que llega a cuestionarla... ¡me estás metiendo en una bronca! Además, lo que yo hago no es un dardo contra Martha para acabar con ella. ¡No!, es una crítica política en general, y si me hubiera parecido a Elba Esther, a lo mejor hago a Elba Esther... si me parezco a Madrazo, igual.“Llegué a la oficina de Martha con Mora Tavares y su chofer, y todas las puertas se nos abrieron para entrar por la puerta uno a Los Pinos. Los colaboradores de Martha subían y bajaban, alguien me dijo: “Te juro que pensé que eras la señora” Total, estuvimos ahí echando relajo, se portaron maravillosamente conmigo, y de repente “Ahí viene la señora”. Yo, para eso, me la pasé toda la semana con el estómago inflamadísimo de colitis. Me desperté como a las cuatro de la mañana con un dolor de estómago brutal, con terror. Me dije: me quiere tener cerca porque me va a parar. O me va a querer marcar línea. O me va a coartar. Y si me va a marcar línea, yo aquí le paro porque entonces ya no tiene sentido. Me quedé pegada a la pared. Martha entró. Se hizo un silencio espantoso. Y de repente Martha dijo: “¡Ay, Martha bis!”, y yo no sé cómo le contesté: “No señora, yo soy su versión pirata”, y ahí todo mundo se atacó de la risa. Se me acercó y me abrazó. Cuando terminó el abrazo yo tenía los ojos anegados de lágrimas porque con el nervio, el no dormir, la colitis, el ir vestida de Martha... ¡todo! Y entonces me dijo “No llores porque me vas a hacer llorar” y le dije “es que somos igual de chillonas.” Terminamos la entrevista, nos despedimos, yo le dije: “Señora, yo quiero seguir en la trinchera de la crítica, usted va a seguir en la trinchera del poder, quiero saber si va a haber algún problema”, y me dijo: “De ninguna manera, Raquel. Tú eres mi versión pirata autorizada. Síguele. Y Aquí le sigo.
E.G.-Raquel, eso hace que me pregunte si no hemos subestimado la inteligencia de Martha...
R.P.-No lo sé. La Martha que yo hago en el bar, es la Martha que todos creemos que es. Yo no lo sé porque la conocí cuarenta y cinco minutos, nada más. Es muy inteligente. Yo no sé que tanto me gustaría que me imitaran, y eso que no soy una primera dama. Ahí habla de una mujer inteligente. Siempre sentí que estaba metida en una trampa y lo sigo pensando, que a mí la revista Época me tendió una trampa... que resultó bueno, y que resultó bien qué bueno. Pero que lo sentí como una trampa, lo sentí como una trampa.
E.G.-Como experta en política que eres Raquel, considero natural que desearas participar en ella, ¿te lanzarías como candidata a algún cargo de elección popular?
R.P.-Me avergüenzan profundamente los políticos de nuestro país, la gran mayoría. Qué vergüenza vivir en un país como este, que pudiendo ser tan maravilloso, y que es tan rico y tan pleno, con tanto talento y gente tan trabajadora, vivamos lo que estamos viviendo. Qué vergüenza la corrupción política, qué vergüenza la lucha de poder tan fea, tan cínica, tan vulgar. Cuando me dicen: “te estás burlando del gobierno”, ¡no! ¡El gobierno se ha burlado de nosotros! ¡Y no este!, ¡Todos! La corrupción es muy fea, y es peor en las esferas del poder. Y es donde la corrupción tendría que limpiarse, porque la corrupción, como las escaleras, se limpia de arriba para abajo. El que yo no le de dinero a los policías, no implica que voy a acabar con la corrupción, porque ese policía le tiene que dar al de arriba, y el de arriba al de más arriba. Mira, yo no sé manejar, no tengo coche, entonces ando en metro, en taxi y donde se deje, y ahí lucho. Lucho desde antes de hacer Marthita. Siempre le digo a la gente que nos debemos unir, pero me contestan: “No, pos uno qué hace, ya ve cómo son”. Pero es que si pensamos así, y eso se lo enseñamos a nuestros hijos, estamos derrotados ya de entrada. Ya no podemos hacer nada, entonces, como no podemos hacer nada... mejor ya ni hacemos nada, luego entonces tenemos un FOBAPROA, una IPAB, los problemas del Seguro Social, y así, va permeando mientras los demás se atascan de robarse la lana... que no se dice robar, porque en las altas esferas se desvía, no se roba.

Fragmentos de "Réquiem por una muñeca rota"


Mi rendimiento escolar descendió notablemente desde que empecé a escribir mi primer novela: Una lección de amor. Mamá sabía que mi compenetración con la Olivetti no podía obedecer a nada bueno ni provechoso; que no eran mis deberes escolares los que me mantenían con la cabeza sumergida en las teclas, pero tampoco decía nada, no se atrevía. Papá se mostraba en extremo indulgente al consultar mi boleta en números rojos. Simplemente reía, me daba una palmada en la cabeza y colocaba cincuenta pesos en mi palma, para consolarme, según él. Entonces mamá se guardaba sus reproches. Se había vuelto sumisa y algo torpe. Viéndolo bien, había engordado un poco, pero me gustaba más así, lucía más como una madre. En realidad algo raro le sucedía: presentaba una apetencia reciente por postres y almíbares (ella, tan cuidadosa de la línea, nutriéndose a base de huevos duros y café negro, mientras papá consumía su dieta especial para combatir la gota) y papá, que en otra época hubiera reaccionado enérgicamente ante tan mediocres notas, se reía.Volviendo a mi novela: era la historia de un amor imposible entre el profesor de Matemáticas y su alumna —por esforzarme en ser una suerte de Einstein con faldas descuidaba considerablemente las demás materias— y digo imposible no sólo por la diferencia de edades, sino por el acoso impío de esa vampiresa manipuladora e insaciable: miss Laura, la prefecta. La novelita era una especie de collage que plagiaba, adaptando un poco a mi realidad, pasajes de obras tales como El mundo está lleno de hombres casados (que mamá ocultaba celosamente bajo su almohada, lo mismo que A calzón amarrado, que leí a hurtadillas), Memorias de una pulga (Vanessa la había extraído de la colección personal de Marianela para regalármela), Jane Eyre, de Charlotte Brontë, personaje con el que aún me identifico más que con ningún otro, a pesar de no ser huérfana, El amante de lady Chatterley, de D.H Lawrence, Love story, de Erich Segal, Aventuras galantes de un político, de José Pérez Chowell, Nacida inocente I y II, de Paul May, La princesa del Palacio de Hierro, de Gustavo Sáinz y La tumba, de José Agustín. Aquel híbrido, sazonado con detalles de mi truculenta imaginación, dio por resultado Una lección de amor, donde desarrollaba ampliamente y al detalle la tan comentada vida sexual de miss Laura y mis sueños rosas con el maestro de Mate.Ricardodrácula, apodado así por mí, ya que por su demacrada tez, negrísimo pelo y profundas ojeras de contador mal remunerado de la Coca cola, reproducía a la perfección mi ideal principesco, había sido incansablemente por la Vampiresa desde su arribo al plantel. Miss Laura, mujer pequeña pero con sobrepeso de caderas, que gustaba de las medias brillantes o de redecilla y tacones de dominatriz, solía contonearse ansiosamente por los corredores, atacada por sutiles escalofríos, los brazos cruzados contra el pecho (truco barato para que destacaran las tetas) y el martillazo insistente de sus tacos contra el piso de loseta. Ahí va la trotona, murmuraba Tatiana por encima de mi cabeza, cuando, durante alguna clase nos llegaba el rumor del taconeo; casi puedo oler sus feromonas, agregaba, y yo alzaba la tapa de mi pupitre para cubrirme la risa. Por cierto: ese modelo de pupitre es ideal. Te permite esconderte para mordisquear frituras, barnizarte las uñas, leer Lágrimas, risas y amor (Cassandra se ha perdido con Bruno en una isla desierta y se enreda con él sin saber que es casado; el canalla marqués de Mergy se enamora de la misteriosa Miriam sin imaginar que bajo el guante negro esconde el estigma de la lepra) o admirar alguna fotografía de Matt Dillon, como hacía Paty Muller con Richard Clayderman, y todo en plena clase de Química o Física, por mencionar las más aburridas.Nos divertía espiar a la prefecta mientras giraba como leona enjaulada, con afiebrados ojos tras los espejuelos y una boca grande y abruptamente delineada. Chupavergas, siseaba Tatiana, posterior a su inevitable regaño. Nos traía entre ojos a Tatiana y a mí, nos reprendía casi por cualquier cosa, nos ponía a juntar los desperdicios del patio porque, según ella, cuchicheábamos durante la entonación del God save the queen. En realidad le cambiábamos la letra, en vez de save the queen, decíamos save the but.Era secreto a voces que el maestro de Civismo que habíamos tenido en primero, un galán de arrabal, fornido y con gafas oscuras, copia barata de Sylvester Satllone —de ahí el mote de Rocky— había puesto, como diría Marianela, pies en polvorosa ante el insistente reclamo de la vagina perruna de la prefecta. "Julio Héctor tenía esposa y tres niños que mantener —citaba en un capítulo de mi novela, utilizando nombres verdaderos, como hago ahora—pero eso a Laura no le impidió acorralarlo, arrinconarlo por cada resquicio de la escuela; ni siquiera lo dejaba salir a tomar el fresco o inclinarse sobre los bebederos o simplemente escuchar el trino de los pajaritos; ella sólo quería más, más y más...hasta que Julio Héctor, luengo, cansado y notablemente adelgazado, decidió nunca más volver y enseñar en un colegio militar."Pero la Vampiresa se recuperó pronto del cívico desdén, a través de aquel guapo y demacrado pasante de contaduría del Poli que entró a relevar a mister Dumbo, nuestro maestro original de Matemáticas, que fuera suspendido cuando una de mis compañeras, Donají Mabarak, que se sentaba en la hilera más próxima al estrada, se quejó con miss Pérez Sandi, la directora general, de que el matemático degenerado la había toqueteado, si bien la eternamente mal pensada y misógina Tatiana conjeturaba que esa provocativa de Donají se había hartado de hacerle puñetas para que la estuviera pasando de bimestre. Decía, pues, que el arribo de Ricardodrácula al plantel alegró la hormona de Laura la Puta—como mejor se le conocía en los letreros obscenos de los baños, de la autoría de Esther Palomo—que ya casi se resignaba a suplantar a Rocky con Juliancito, el de la cooperativa, un chico bien portado que se limitaba a coquetear tímidamente con todas, acariciarnos las manos y restregarse un poco. "A la llegada de Ricardo— escribí—Laura se propuso hacerlo suyo y exprimirlo hasta el tuétano, como había hecho con Julio Héctor y todos los hombres que tenían la desgracia de caer en sus garras".Tatiana aseguraba haber visto, más de una vez, cómo Ricardodrácula abandonaba la oficina de miss Laura, anudándose la corbata con gesto cansino. Lo curioso era que Tatiana estuviera siempre al acecho cuando la Vampira atraía al ingenuo pasante hasta su morada. La prefectura era muy visible, lo mismo que el resto de las aulas, gracias a sus ventanas panorámicas, aunque ocasionalmente miss Laura corriera una cortina color verde bandera, por lo general, en presencia de varón. Durante la estancia de Julio Héctor (juro que así se llamaba) esa cortina verde se volvió emblemática.En mi novela, desconocedora al fin de la naturaleza masculina como lo es cualquier quinceañera, no importando sus precoces lecturas clandestinas, describía a mi héroe como un inocente hombre, vulnerable en consecuencia, que desfilaba hacia la oficina de su jefa como ovejita al trasquiladero. En realidad, Ricardodrácula se concretaba en pellizcar mis mejillas y llamarme Doctora Corazón desde que se percató de que transportaba aspirinas y curitas en mi mochila y resolvía los cólicos y los dolores de muelas de mis compañeras. Él sólo tenía ojos para dos mujeres: mis Lorena, la rubiecita amelcochada que atendía la ventanilla de pagos de colegiaturas...Y Vanessa. Pero al decir esto peco de obvia, ¿qué maldito hombre, por muy santurrón o matemático que fuera, pasaría por alto a la hermosa y pétrea criatura cuyos senos, pequeños pero friolentos, oscilaban con gracia impropia para una niña cuando jugaba rayuela en medio del patio. Ricardodrácula babeaba virtualmente al verla, y debe haber propiciado algún encuentro con ella, al menos para rozarla y convencerse de que era verdadera y no una alucinación nabokoviana.Tatiana, que fue algo así como mi primer agente literario, tuvo la idea de negociar con Una lección de amor, venderla a manera de folletín por entregas entre las demás chicas. La idea me encantó: la Vargas Dulché se había hecho rica con el mismo sistema. Se lo planteé a Lú mientras comíamos paletas heladas en Coyoacán, un domingo cualquiera, y le entusiasmó la idea, hasta se ofreció a mimeografiar los capítulos; unas cincuenta copias que luego repartiría no sólo entre mis condiscípulas, sino también entre las muchachas del equipo, a cinco cada juego. Lú participaba con gran seriedad de la empresa, no sé si porque quería hacerme sentir importante, o porque en lo profundo de su atlético cuerpo de amazona conservaba un corazón infantil. Debió haberlo leído al mimeografiarlo... Aunque pudo haberlo hecho a ciegas, imaginando que se trataría de una historia sobre niñas de la pradera, nunca un relato más próximo a Historia de O que a Heidi.(Estoy viendo una foto mía a los cinco años: era idéntica a Heidi, la de las caricaturas japonesas, pero con gesto huraño...¿Qué habrá visto en mí Fede para hacerme tanto daño?)Una lección de amor fue el best seller del 82 en el Colegio Británico: ¡qué temprano fui a conocer las mieles del triunfo!, los cuadernillos engrapados volaron desde el primer reparto. Naturalmente, no podíamos ejercer comercio en los corredores o en el patio, así que entre un receso y otro se armaba el tintineo de monedas, el rumor de billetes y la rebatinga de ejemplares. Apenas salía el profesor en turno, se arremolinaban las chicas en torno a mi pupitre, los ojos brillantes de morbo, y ante tan feroz demanda hubo que aumentar el tiraje. Ni Og Mandino soñó lograr tanto en tan poco tiempo. A Tatiana le tocaban regalías por ser la de la idea y llevar la contabilidad.Los profesores empezaron a recelar de aquel enjambre chillón a mi alrededor; yo, que no era precisamente popular y tenía fama de aburrida; todas esas cabecitas arracimadas sobre fajos de cuartillas; todo ese solapado silencio, la atmósfera de secreto, las risillas maliciosas, ese insistente rechinar de las tapaderas de los pupitres: todo eso, por fuerza, anunciaba algún complot. La que mayor atención mostró a las señales fue miss Helen, la de Español, cómplice de las fechorías de miss Laura, que la mantenía perfectamente informada de mis lloriqueos y mi anormal afición a la lectura. Empezó a tantear, a espiar, a averiguar, y no tardó en arrebatar a la eternamente alelada Paty Muller el cuerpo del delito: Una lección de amor, novela por entregas escrita por Karen Collins. El empleo de seudónimo fue una precaución inútil: ¿Quién era la campeona de composición y ortografía?, ¿quién había sido sorprendida en repetidas ocasiones escribiendo poemas en horario de clase?, ¿quién salía de la biblioteca, turbada de libros, casi a diario?,¿quién era la consentida de miss Marín, la bibliotecaria?, miss Laura debió colorearse gradualmente, como el mercurio de un termómetro, conforme avanzaba en la lectura de sus paseíllos y correrías, así como de las acrobacias del otro lado de la cortina verde. Las escenas eran tan vívidas, tan descriptivas, que la académica debió temer que existieran resquicios estratégicos a través de los cuales se le pudiera espiar. ¡Que le corten la cabeza!, debió sentenciar, acalorada y febril. De alguna manera supe cual era el asunto cuando miss Helen me llevó ante su presencia. Me la encontré lívida, dando vueltas mientras blandía el capítulo XI de mi novelita, más morada que nunca la morada sombra de sus ojos y el desigual trazo del delineador de labios, estremecido.


 

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