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All About EVE: Fragmentos de "Réquiem por una muñeca rota"

All About EVE

lunes, julio 25, 2005

Fragmentos de "Réquiem por una muñeca rota"


Mi rendimiento escolar descendió notablemente desde que empecé a escribir mi primer novela: Una lección de amor. Mamá sabía que mi compenetración con la Olivetti no podía obedecer a nada bueno ni provechoso; que no eran mis deberes escolares los que me mantenían con la cabeza sumergida en las teclas, pero tampoco decía nada, no se atrevía. Papá se mostraba en extremo indulgente al consultar mi boleta en números rojos. Simplemente reía, me daba una palmada en la cabeza y colocaba cincuenta pesos en mi palma, para consolarme, según él. Entonces mamá se guardaba sus reproches. Se había vuelto sumisa y algo torpe. Viéndolo bien, había engordado un poco, pero me gustaba más así, lucía más como una madre. En realidad algo raro le sucedía: presentaba una apetencia reciente por postres y almíbares (ella, tan cuidadosa de la línea, nutriéndose a base de huevos duros y café negro, mientras papá consumía su dieta especial para combatir la gota) y papá, que en otra época hubiera reaccionado enérgicamente ante tan mediocres notas, se reía.Volviendo a mi novela: era la historia de un amor imposible entre el profesor de Matemáticas y su alumna —por esforzarme en ser una suerte de Einstein con faldas descuidaba considerablemente las demás materias— y digo imposible no sólo por la diferencia de edades, sino por el acoso impío de esa vampiresa manipuladora e insaciable: miss Laura, la prefecta. La novelita era una especie de collage que plagiaba, adaptando un poco a mi realidad, pasajes de obras tales como El mundo está lleno de hombres casados (que mamá ocultaba celosamente bajo su almohada, lo mismo que A calzón amarrado, que leí a hurtadillas), Memorias de una pulga (Vanessa la había extraído de la colección personal de Marianela para regalármela), Jane Eyre, de Charlotte Brontë, personaje con el que aún me identifico más que con ningún otro, a pesar de no ser huérfana, El amante de lady Chatterley, de D.H Lawrence, Love story, de Erich Segal, Aventuras galantes de un político, de José Pérez Chowell, Nacida inocente I y II, de Paul May, La princesa del Palacio de Hierro, de Gustavo Sáinz y La tumba, de José Agustín. Aquel híbrido, sazonado con detalles de mi truculenta imaginación, dio por resultado Una lección de amor, donde desarrollaba ampliamente y al detalle la tan comentada vida sexual de miss Laura y mis sueños rosas con el maestro de Mate.Ricardodrácula, apodado así por mí, ya que por su demacrada tez, negrísimo pelo y profundas ojeras de contador mal remunerado de la Coca cola, reproducía a la perfección mi ideal principesco, había sido incansablemente por la Vampiresa desde su arribo al plantel. Miss Laura, mujer pequeña pero con sobrepeso de caderas, que gustaba de las medias brillantes o de redecilla y tacones de dominatriz, solía contonearse ansiosamente por los corredores, atacada por sutiles escalofríos, los brazos cruzados contra el pecho (truco barato para que destacaran las tetas) y el martillazo insistente de sus tacos contra el piso de loseta. Ahí va la trotona, murmuraba Tatiana por encima de mi cabeza, cuando, durante alguna clase nos llegaba el rumor del taconeo; casi puedo oler sus feromonas, agregaba, y yo alzaba la tapa de mi pupitre para cubrirme la risa. Por cierto: ese modelo de pupitre es ideal. Te permite esconderte para mordisquear frituras, barnizarte las uñas, leer Lágrimas, risas y amor (Cassandra se ha perdido con Bruno en una isla desierta y se enreda con él sin saber que es casado; el canalla marqués de Mergy se enamora de la misteriosa Miriam sin imaginar que bajo el guante negro esconde el estigma de la lepra) o admirar alguna fotografía de Matt Dillon, como hacía Paty Muller con Richard Clayderman, y todo en plena clase de Química o Física, por mencionar las más aburridas.Nos divertía espiar a la prefecta mientras giraba como leona enjaulada, con afiebrados ojos tras los espejuelos y una boca grande y abruptamente delineada. Chupavergas, siseaba Tatiana, posterior a su inevitable regaño. Nos traía entre ojos a Tatiana y a mí, nos reprendía casi por cualquier cosa, nos ponía a juntar los desperdicios del patio porque, según ella, cuchicheábamos durante la entonación del God save the queen. En realidad le cambiábamos la letra, en vez de save the queen, decíamos save the but.Era secreto a voces que el maestro de Civismo que habíamos tenido en primero, un galán de arrabal, fornido y con gafas oscuras, copia barata de Sylvester Satllone —de ahí el mote de Rocky— había puesto, como diría Marianela, pies en polvorosa ante el insistente reclamo de la vagina perruna de la prefecta. "Julio Héctor tenía esposa y tres niños que mantener —citaba en un capítulo de mi novela, utilizando nombres verdaderos, como hago ahora—pero eso a Laura no le impidió acorralarlo, arrinconarlo por cada resquicio de la escuela; ni siquiera lo dejaba salir a tomar el fresco o inclinarse sobre los bebederos o simplemente escuchar el trino de los pajaritos; ella sólo quería más, más y más...hasta que Julio Héctor, luengo, cansado y notablemente adelgazado, decidió nunca más volver y enseñar en un colegio militar."Pero la Vampiresa se recuperó pronto del cívico desdén, a través de aquel guapo y demacrado pasante de contaduría del Poli que entró a relevar a mister Dumbo, nuestro maestro original de Matemáticas, que fuera suspendido cuando una de mis compañeras, Donají Mabarak, que se sentaba en la hilera más próxima al estrada, se quejó con miss Pérez Sandi, la directora general, de que el matemático degenerado la había toqueteado, si bien la eternamente mal pensada y misógina Tatiana conjeturaba que esa provocativa de Donají se había hartado de hacerle puñetas para que la estuviera pasando de bimestre. Decía, pues, que el arribo de Ricardodrácula al plantel alegró la hormona de Laura la Puta—como mejor se le conocía en los letreros obscenos de los baños, de la autoría de Esther Palomo—que ya casi se resignaba a suplantar a Rocky con Juliancito, el de la cooperativa, un chico bien portado que se limitaba a coquetear tímidamente con todas, acariciarnos las manos y restregarse un poco. "A la llegada de Ricardo— escribí—Laura se propuso hacerlo suyo y exprimirlo hasta el tuétano, como había hecho con Julio Héctor y todos los hombres que tenían la desgracia de caer en sus garras".Tatiana aseguraba haber visto, más de una vez, cómo Ricardodrácula abandonaba la oficina de miss Laura, anudándose la corbata con gesto cansino. Lo curioso era que Tatiana estuviera siempre al acecho cuando la Vampira atraía al ingenuo pasante hasta su morada. La prefectura era muy visible, lo mismo que el resto de las aulas, gracias a sus ventanas panorámicas, aunque ocasionalmente miss Laura corriera una cortina color verde bandera, por lo general, en presencia de varón. Durante la estancia de Julio Héctor (juro que así se llamaba) esa cortina verde se volvió emblemática.En mi novela, desconocedora al fin de la naturaleza masculina como lo es cualquier quinceañera, no importando sus precoces lecturas clandestinas, describía a mi héroe como un inocente hombre, vulnerable en consecuencia, que desfilaba hacia la oficina de su jefa como ovejita al trasquiladero. En realidad, Ricardodrácula se concretaba en pellizcar mis mejillas y llamarme Doctora Corazón desde que se percató de que transportaba aspirinas y curitas en mi mochila y resolvía los cólicos y los dolores de muelas de mis compañeras. Él sólo tenía ojos para dos mujeres: mis Lorena, la rubiecita amelcochada que atendía la ventanilla de pagos de colegiaturas...Y Vanessa. Pero al decir esto peco de obvia, ¿qué maldito hombre, por muy santurrón o matemático que fuera, pasaría por alto a la hermosa y pétrea criatura cuyos senos, pequeños pero friolentos, oscilaban con gracia impropia para una niña cuando jugaba rayuela en medio del patio. Ricardodrácula babeaba virtualmente al verla, y debe haber propiciado algún encuentro con ella, al menos para rozarla y convencerse de que era verdadera y no una alucinación nabokoviana.Tatiana, que fue algo así como mi primer agente literario, tuvo la idea de negociar con Una lección de amor, venderla a manera de folletín por entregas entre las demás chicas. La idea me encantó: la Vargas Dulché se había hecho rica con el mismo sistema. Se lo planteé a Lú mientras comíamos paletas heladas en Coyoacán, un domingo cualquiera, y le entusiasmó la idea, hasta se ofreció a mimeografiar los capítulos; unas cincuenta copias que luego repartiría no sólo entre mis condiscípulas, sino también entre las muchachas del equipo, a cinco cada juego. Lú participaba con gran seriedad de la empresa, no sé si porque quería hacerme sentir importante, o porque en lo profundo de su atlético cuerpo de amazona conservaba un corazón infantil. Debió haberlo leído al mimeografiarlo... Aunque pudo haberlo hecho a ciegas, imaginando que se trataría de una historia sobre niñas de la pradera, nunca un relato más próximo a Historia de O que a Heidi.(Estoy viendo una foto mía a los cinco años: era idéntica a Heidi, la de las caricaturas japonesas, pero con gesto huraño...¿Qué habrá visto en mí Fede para hacerme tanto daño?)Una lección de amor fue el best seller del 82 en el Colegio Británico: ¡qué temprano fui a conocer las mieles del triunfo!, los cuadernillos engrapados volaron desde el primer reparto. Naturalmente, no podíamos ejercer comercio en los corredores o en el patio, así que entre un receso y otro se armaba el tintineo de monedas, el rumor de billetes y la rebatinga de ejemplares. Apenas salía el profesor en turno, se arremolinaban las chicas en torno a mi pupitre, los ojos brillantes de morbo, y ante tan feroz demanda hubo que aumentar el tiraje. Ni Og Mandino soñó lograr tanto en tan poco tiempo. A Tatiana le tocaban regalías por ser la de la idea y llevar la contabilidad.Los profesores empezaron a recelar de aquel enjambre chillón a mi alrededor; yo, que no era precisamente popular y tenía fama de aburrida; todas esas cabecitas arracimadas sobre fajos de cuartillas; todo ese solapado silencio, la atmósfera de secreto, las risillas maliciosas, ese insistente rechinar de las tapaderas de los pupitres: todo eso, por fuerza, anunciaba algún complot. La que mayor atención mostró a las señales fue miss Helen, la de Español, cómplice de las fechorías de miss Laura, que la mantenía perfectamente informada de mis lloriqueos y mi anormal afición a la lectura. Empezó a tantear, a espiar, a averiguar, y no tardó en arrebatar a la eternamente alelada Paty Muller el cuerpo del delito: Una lección de amor, novela por entregas escrita por Karen Collins. El empleo de seudónimo fue una precaución inútil: ¿Quién era la campeona de composición y ortografía?, ¿quién había sido sorprendida en repetidas ocasiones escribiendo poemas en horario de clase?, ¿quién salía de la biblioteca, turbada de libros, casi a diario?,¿quién era la consentida de miss Marín, la bibliotecaria?, miss Laura debió colorearse gradualmente, como el mercurio de un termómetro, conforme avanzaba en la lectura de sus paseíllos y correrías, así como de las acrobacias del otro lado de la cortina verde. Las escenas eran tan vívidas, tan descriptivas, que la académica debió temer que existieran resquicios estratégicos a través de los cuales se le pudiera espiar. ¡Que le corten la cabeza!, debió sentenciar, acalorada y febril. De alguna manera supe cual era el asunto cuando miss Helen me llevó ante su presencia. Me la encontré lívida, dando vueltas mientras blandía el capítulo XI de mi novelita, más morada que nunca la morada sombra de sus ojos y el desigual trazo del delineador de labios, estremecido.


 

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