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All About EVE: Libros de mi buró

All About EVE

lunes, julio 25, 2005

Libros de mi buró


El ojo de la iguana
Por: Eve Gil
La lectura de El ojo de la iguana (CONARTE, CONACULTA, 2004), novela del escritor originario de Monterrey, Nuevo León, Héctor Alvarado Díaz (en la foto conmigo), me obliga a recapitular respecto a una idea que empezaba a hacerme de la literatura que actualmente se gesta en el norte de México. No hace mucho comentaba que mientras autoras de aquellos lares como la tamaulipeca Cristina Rivera Garza, la neolenesa Patricia Laurent Kullick –sobre la que obligadamente regresaré más tarde debido a su nexo amistoso y estilístico tan profundo con Héctor —, la dramaturga bajacaliforniana Bárbara Colio, entre otras, han optado aportado una especial universalidad a la literatura mexicana, entre sus colegas y paisanos varones se observa una reiteración del tema fronterizo, quizá por la favorable reacción del mercado ante novelas sobre espaldas mojadas y todo eso que a los sureños les resulta tan exótico y cool como los narcocorridos. No por nada, hasta los españoles como Arturo Pérez Reverte han incursionado con singular alegría en estos tópicos.Es por ello que si se me exigiera clasificar la literatura de Héctor, yo la ubicaría, sin lugar a dudas, junto a las autores antes citadas y agregaría a otros cuatro autores: David Toscana, Federico Campbell, Daniel Sada y Hugo Valdés. Y todavía lo siento más cercano a las autoras arriba mencionadas. Aunque El ojo de la iguana transcurre en Monterrey, bien podría estar sucediendo en cualquier parte donde existan hombres y mujeres torturados por la soledad y el desamor. No nos ubica geográfica sino anímicamente en una región del alma de un personaje que nos remite a los harapos emocionales de Electra y a la patética coronación de Ofelia. Pero allende la evocación que produjo en mí, estamos ante un personaje femenino admirablemente construido, con todos los tornillos en su sitio aunque se nos diga lo contrario. Hago hincapié en este aspecto porque la mayoría de los autores mexicanos, particularmente los de generaciones anteriores, adolecen de personajes femeninos memorables y creíbles. En este sentido, Héctor está muy próximo a autores de su generación como Antonio Tenorio y Eloy Urroz, que han escrito muy convincentemente desde el punto de vista femenino. Lo cierto es que se requiere de una sensibilidad muy fina, amen del bagaje cultural, para narrar desde la perspectiva del sexo opuesto y resultar convincente.Pero Héctor no sólo le ha dado vida a un personaje femenino, sino, como hemos dicho, a un personaje sumamente complejo que por momentos remite a la narradora de El camino de Santiago, la magnífica novela de Patricia Laurent. Rosana, personaje tan poético como patético, es asimismo la mezcla de lo bello y lo esperpéntico, esa mezcla tan euripidiana que se formula una pregunta en la que bien podría resumirse la esencia de la locura: “¿De qué me sirve que la mitad de la humanidad repose bajo tierra si la muerte sólo nos toca cuando nos sentimos más vivos?” Ella busca desesperadamente una tumba, la tumba de su padre, que muy bien podría ser la suya propia. ¿Qué sensación embargará a quien de pronto descubre que la tumba del ser amado ha sido movida de lugar? Esta sensación que Héctor Alvarado me hace experimentar y que es dolorosa, dolorosísima, persigue a Rosana desde mucho antes de la muerte de su padre pero enfocada hacia su propio ser: no entiende que hace ahí, en el seno de una familia donde palpita la anomalía que resulta ser ella misma y que de algún modo predispone a todos sus miembros para mirarla con horror. Rosana, pues, no es una loca, sino la locura. Y la locura que no resiste confrontar su imagen en el espejo deformante de la realidad, sale de su caparazón rugoso para referirse a sí misma en tercera persona: “Perder una tumba con un papá adentro. Es tan grande ese absurdo, tan estúpido e increíble que sólo pudo haberle pasado a Rosana.”A diferencia de otros autores, Héctor no aborda la locura como recurso efectista. La locura, encarnada en Rosana (y no es casualidad que la locura sea mujer), le sirve para explicar una sociedad absurda que nunca se detiene a preguntarse qué tan válidas son las reglas que obedece al pie de la letra. La locura, que en El ojo de la iguana no es enfermedad sino insurrección del espíritu, es la respuesta que Rosana se da a sí misma a manera de reafirmación de sus diferencias con el resto del mundo. La locura no nos aleja de lo humano: nos acerca a lo divino. Rosana es, por tanto, un ser iluminado con una capacidad tal para el amor que no tolera la postración de su madre. No tolera lo que para los demás es hábito, cuadro en la pared, victimización, cobardía, complicidad. ¿Qué delito ha cometido Rosana para condenarla a errar en un camposanto, viuda y huérfana de un esposo y de unos hijos que, absurdamente, están ahí, vivos, ansiando sus caricias?El ojo de la iguana exuda una sensibilidad muy particular e inquietante, digna de aplauso pero sobretodo de análisis. El escritor no únicamente nos hace escuchar su parte femenina, sino también su maravillosa parte irracional que es la pasión creadora y que le permite regalarnos uno de los más hermosos y desgarradores personajes femeninos de las nuevas letras mexicanas.


 

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