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All About EVE: agosto 2005

All About EVE

viernes, agosto 26, 2005

Entrevista con Eve Gil, a propósito de Cenotafio de Beatriz


Una novela 'canaliza' 'La Divina Comedia' y presenta a 'un Dante del siglo XXI que no reprime la parte carnal del amor'
La escritora mexicana Eve Gil, que acaba de publicar su última novela, 'Cenotafio de Beatriz', con Rd Editores, canaliza la trama de la obra a través de 'La Divina Comedia' y presenta a un Dante del siglo XXI que 'no reprime la parte carnal del amor, no se ve forzado a sublimarla o la sublima a través del sexo mismo.
En declaraciones a Europa Press, la autora explicó que la novela, que empezó siendo 'un diario propio de hoteles del centro histórico de México', se gestó a raíz de 'una serie de vivencias reales con personajes callejeros, desde 'fayuqueros' --traficantes de mercancía gringa-- hasta prostitutas y delincuentes'. De este modo, 'un día paseando --según dijo-- por un barrio de prostitutas donde se ve de todo, desde travestis hasta niñas de 12 años, empecé a asociar aquello con el quinto círculo del infierno'.A partir de ese momento, Gil releyó a Dante, a pesar de que ya lo conocía 'bien' y rehizo todo lo que llevaba escrito hasta gestar la novela que, según la escritora, 'es, ante todo, un posmoderno homenaje al florentino'. De esta manera, preguntada por la dificultad de engendrar un Dante posmoderno, Gil manifestó que 'siento a Dante asombrosamente actual, no sólo por su radicalidad política y su recurso de castigar, mediante la sátira, a sus contrarios ideológicos, sino también en cuanto a su idealización de la amada'.La autora, que crea para la novela una Beatriz con una minusvalía física, indicó que la dama 'es perfecta para su Dante, pero al mismo tiempo carga el estigma de no ser perfecta para el mundo y, aunque ella actúa como si eso le importara un rábano, la verdad es que lo resiente, y mucho'. En este sentido, puntualizó que 'el personaje me salió cojo, no me propuse que lo fuera y no entiendo muy bien qué mecanismo de mi inconsciente asoció su permanente huída con un defecto físico que le dificultaría esa misma escapada'.No obstante, según Gil, 'esa misma discapacidad alimenta en ella una ansia de libertad muy superior a la que pudiera experimentar una persona entera'. 'Eso --prosiguió-- la lleva a sentir pánico de verse atrapada por el amor que, debido a su accidentada vida familiar --madre sumisa, padre infiel--, puede derivar en más sufrimiento para ella'.En cuanto al objetivo perseguido con los parámetros psicológicos del personaje, la escritora expuso que 'quería que Beatriz plasmara sus dudas, que no fuera un personaje del todo hermético'. De todas maneras, el hecho de que Beatriz guarde un 'terrible' secreto que no se descubrirá hasta el final de la obra, hizo que la autora optara por 'el recurso de las cartas y los diarios, que son casi exclusivos de ella', ya que Dante actúa de narrador en la novela.EL DOMINIO DE LA VIOLENCIAEn el caso particular de los personajes, 'los celos son producto de sus respectivas inseguridades, porque si bien se lanzan a vivir la aventura del amor con un ímpetu renacentista, lo resuelven como todos unos posmodernos que temen perderse en medio de un mundo que resulta completamente inadecuado para realizar un amor perfecto'. Según Gil, ese mundo inadecuado queda definido por 'el dominio de la violencia que no garantiza sobrevivir para continuar gozándose'.Los protagonistas de 'Cenotafio de Beatriz' vivirán, según la escritora, 'inmersos en un infierno urbano plagado de riesgos, crueldad y ausencia absoluta de caridad y conciencia del otro'. De esta manera, Gil apuntó que 'la compulsión sexual es producto del profundo amor que se tienen, pero también es la manera en la que vencen al mundo violento de allá afuera'.En cuanto a las semejanza entre la estructura de la novela con 'La Divina Comedia' de Dante, Gil matizó que la diferencia entre una y otra 'estriba en que este Dante encuentra a su Beatriz no en el cielo sino en el infierno y es en el infierno donde se encuentra la razón de todas las cosas y se purifican los pecados'. Además, señaló que 'así como la Beatriz de Dante Alligheri permanece en el cielo, esta Beatriz podría muy bien elegir permanecer en el infierno'.Así, preguntada por si es la purgación y el roce con el sacrilegio el placer de la religión que practican los protagonistas de la novela, Gil manifestó que 'hay gente que asocia el placer del sufrimiento con el masoquismo, pero yo lo asocio más con la religión, con los éxtasis místicos de Teresa de Jesús --un personaje que me apasiona--'. Asimismo, citó a 'las monjas de Margo Glantz, autora que en sus novelas equipara el goce erótico entre hombre y mujer con el goce místico entre estas mujeres y Jesús, que sólo logran alcanzar el placer a través de la autoflagelación'.'EL MAXIMO SUEÑO DE LOS ESCRITORES MEXICANOS ES PUBLICAR EN ESPAÑA'La autora, que indicó que uno de los nexos de unión que tiene con España es de índole familiar, destacó que 'el máximo sueño de los escritores mexicanos es publicar en España, pero son poquísimos los que lo han logrado sin intermedio de una editorial mexicana'. A este respecto, denunció que 'en México el mundo editorial está sumamente viciado, no es fácil publicar, a menos que se seas amigo íntimo de un editor o esposa de un escritor afamado; así como que siendo mujer escribas tan sólo literatura femenina'.De esta manera, informó de que en México publicó una novela que, titulada 'Réquiem por una muñeca rota', fue espléndidamente recibida por la crítica aunque escandalizó a algunos porque en ella aborda la relación lésbica de dos adolescentes'. Sin embargo, agregó, 'rechazaron publicar 'Cenotafio de Beatriz', no sé a ciencia cierta por qué'.Por otro lado, con respecto a la literatura andaluza, Gil explicó que 'adoro a los escritores andaluces, y muy especialmente a Lorca', aunque en México, según dijo, 'no distinguimos muy bien a un autor andaluz de otro asturiano o madrileño'. Entre sus autores de referencia, la escritora nombró a literatos de la talla de Federico García Lorca, Dulce Chacón, Carmen Laforet, Vila Matas, Cernuda y, muy especialmente, a Juan Goytisolo'.
Terra Actualidad - Europa Press

sábado, agosto 20, 2005

Exequias gloriosas de Beatriz, ese nuevo polvo enamorado. E-mail de Ana Clavel a Eve Gil

Ilustración: Salvador Dalí

Querida y admirada Eve:
Me encantó tu Cenotafio. Es una novela ágil, intensa y novedosa para actualizar el tema del amor en estos tiempos de confusión y rabia. La disfruté mucho y la terminé desde el lunes pero sólo hasta ahora he podido tener cabeza para escribirte. Adoré a Beatriz y su pata coja y sus frondosidades casi tanto como a ese Dante amoroso que se deja conducir por el Paraíso y el Infierno de su amada, su mundo sinuoso y ese Ciudad del Dolor tan alegóricamente parecida a nuestro df de todos los días. Recordé mucho y volví al centro de las palabras ciertas de Paz cuando dice en Piedra de sol:

... amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres..."

Tu Dante y tu Beatriz son más que ellos mismos, son un nosotros que nos reinventa y nos vivifica. Gracias por haber escrito una novela que es fuente para beber amor y vida. Gracias por habérmela dado a beber. Te beso.

ana

jueves, agosto 18, 2005

El silencio quebrantado


Eve Gil
En toda historia tradicional hay un héroe y un villano, dos polos opuestos que representan al bien y al mal, la razón y la sinrazón: Sor Juana-Antonio Núñez, Mozart-Salieri, Teresa de Jesús-Ana de Éboli, Colette-Willy, Julio César-Bruto, Colosio-Salinas, etc, etc. La historia de Sylvia Plath y Ted Hughes resulta especialmente ilustrativa al respecto. Todos sabemos quién era la víctima y quién el verdugo en esta historia que reproducía exactamente el esquema de tantas y tantas que tienen lugar desde Australia hasta Patagonia; de las que tenemos conocimiento directo o indirecto: el marido que engaña a su esposa abnegada, perfecta. Los elementos que hicieron de esta circunstancia en particular un mito universal de la violencia conyugal fueron dos: el prestigio de los componentes de la pareja, siendo él un poeta bastante más reconocido que ella al momento de la tragedia, y la fatal resolución de la esposa de terminar radicalmente con la humillación y la tortura sicológica de la que era objeto. Al Álvarez, magnífico escritor inglés que fue vecino de los Hughes y tuvo además una amistad estrechísima con la pareja, fue el primero en recrear los últimos momentos de Sylvia en su libro El dios salvaje, el duro oficio de vivir (Emecé, Cornucopia, 2003, Barcelona, Traducción de Marcelo Cohen), que no aborda exclusivamente el suicidio de la poeta norteamericana sino que se mete de lleno en los mecanismos sicológicos del suicida y analiza también los casos de Camus, Dostoievsky, Beckett y Kierkegaard. Su experiencia con Sylvia, sin embargo, fue la más personal, la que vivió en forma directa. Nos cuenta en la página 51:

Hacia las seis de la mañana (Sylvia) subió a la habitación de los niños y dejó un plato de pan con mantequilla y dos jarros de leche, por si tenían hambre antes de que llegara la au pair. Después volvió a la cocina, selló la puerta y la ventana lo mejor posible con paños, abrió el horno, metió la cabeza dentro y giró la llave del gas.

Continúa en la página 52:

Cuando (la enfermera) llamó a la puerta de Sylvia no le respondió nadie y el olor a gas era abrumador. Los albañiles forzaron la cerradura y encontraron a Sylvia tendida en la cocina. Todavía estaba tibia. Había dejado una nota que decía “Por favor, llamen al doctor...”, y daba el número de teléfono. Pero ya era tarde.

Esta es la versión oficial de los hechos, y no existe una mínima razón para ponerla en duda puesto que el parte médico certificó cada una de las palabras de Álvarez. Para la periodista y crítica literaria norteamericana, de origen checo, Janet Malcolm, autora de La mujer en silencio (Gedisa, 2003, Barcelona, Traducción de Mariano Antolín Rato), la problemática del caso Plath no radica en las circunstancias que enmarcan su suicidio. No existe la menor duda de que Ted Hughes engañaba a Sylvia con Assia Wevill, de manera ostentosa; que él se encontraba viajando con su amante por Devon al momento de morir Sylvia y que esta cumplió con sus deberes de madre y ama de casa hasta el último minuto. Lo que verdaderamente preocupa a Malcolm y la impulsó a realizar este exhaustivo reportaje, es, por una parte, el incesante linchamiento moral que durante décadas ha padecido Hughes, cuyo genio y prestigio se han visto totalmente eclipsados por el escándalo; por otro, la larga sucesión de oportunistas que han lucrado con la leyenda doméstica de Plath. La mujer en silencio no es, por tanto, una biografía más de Sylvia Plath, sino un loable esfuerzo por situar cada pieza del tablero (parientes, amigos, enemigos, biógrafos) en el lugar que les corresponde y abordar con la mayor objetividad posible la situación de quienes sobrevivieron a Plath, es decir, los malos del cuento, el esposo infiel, la cuñada parapetadora y la madre cuervo de la poeta, la que hizo publicar las cartas que Sylvia le escribió mientras estudiaba en el Smith College y compartió con el yerno jugosas regalías. Malcolm recurre, por tanto, a fuentes antagónicas: las que han levantado un altar a la poeta trágica y las que aseguran que Hughes era una víctima de las manipulaciones de su mujer. No hay veredicto de culpable o inocente, no obstante que hacia el final del libro la periodista incurre en el error que no ha hecho sino postergar: sucumbir al desamparo de un Hughes ya anciano que se ha visto forzado a permanecer recluido la mitad de su vida y al que nunca llega a conocer personalmente: "En 1971, alguien intentó quemar mi casa de Yorkshire (donde yo trataba de vivir por entonces)— le escribe el poeta a Malcolm— apilando todos mis años de correo acumulado, con otros papeles y toda mi ropa —una pila en cada uno de los tres dormitorios, y con una máquina de escribir encima de cada pila— y prendiéndole fuego. La casa estaba tan húmeda (acababa de volver a instalarme en ella), que las hogueras simplemente hicieron agujeros en el suelo y cayeron como brasas dispersas a las habitaciones de abajo (...)"
Malcolm reconoce que reunir las piezas que permitan reconstruir a la verdadera Sylvia Plath resulta imposible en vista de la variedad de versiones ofrecidas por quienes la conocieron y las cuales contrastan dramáticamente. En cuanto a la escritura de Sylvia, Malcolm no vacila en juzgarla de “desagradable”, no en el aspecto estético sino por cuanto refleja. Escritora ella misma, la autora entiende, sin embargo, que “El auténtico yo es agresivo, grosero, sucio, desordenado, sexual; el yo falso que nuestras madres y la sociedad nos mandan asumir, es limpio, pulcro, ordenado, educado y se contenta con cortar un casto capullo con unas tijeras con baño de plata.”(p. 167).
En ello radica la fascinación que despierta la personalidad de Sylvia Plath: Por fuera, digna modelo de un anuncio norteamericano de cocinas, con una rubia cabellera impecablemente acicalada y teñida (su verdadero color era castaño), mejillas como manzanas, sonrisa perfecta y un primoroso delantal atado a la cintura. Por dentro, una poeta torturada por la obligación de desempeñar un personaje que en el fondo detestaba, por su mortificante afán de perfección y una inseguridad tan inmensa como su ego. Sylvia es, por un lado, la personificación misma de la hipocresía americana. Por otro, la oveja autoinmolada en el altar de esa misma hipocresía. La chica dulce de largas tobilleras con una visión del mundo lo bastante desencantada y perversa como para burlarse de sí misma y del rol que la sociedad le imponía: ¡Qué emoción! / En vez de cebolla, me llevado el pulgar./ La yema, desprendida,/ se ha quedado colgando, como de una bisagra (“Corte”, Ariel).
Janet Malcolm, que en su polémico libro El periodista y el asesino, publicado en castellano también por Gedisa, desenmascara la naturaleza egocéntrica del periodista que “explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”, en pleno ejercicio de sus funciones periodísticas, no vacila en delatar el verdadero propósito del biógrafo desde su propia posición de biógrafa en La mujer en silencio, como una manera de subrayar su intención de ser tan objetiva como sea posible. El biógrafo, como el periodista, se presenta con la máscara del buen samaritano deseoso de aportar un regalo al mundo: la Verdad. Pero cada biógrafo tiene una verdad mezquinamente personal que se empeña en sustentar, manipulando el material que se le atraviesa en el camino según convenga a esa verdad subjetiva. Un caso en particular, el de la escritora Anne Stevenson, autora de una de las biografías contrarias a la leyenda de Sylvia titulada Fama amarga, a la que Malcolm destaca por encima de las demás por tratarse de la más polémica, ilustra hasta qué punto ha de lidiar el biógrafo con los parientes del sujeto biografiado y cómo el mostrar una cara de la moneda contraria a la instituida arruina su propia reputación y no del personaje. Tiene sentido: el muerto no puede defenderse, no puede demandar, es un acto cobarde adjudicarle defectos, vicios y actitudes que él o ella no podrán desmentir jamás. Stevenson no quedó bien con nadie, ni con los Hughes (que empezaron manipulando su investigación y su escritura hasta llevarla una crisis nerviosa que la obligó a romper con ellos, cheque por concepto de adelanto incluido); y mucho menos con la crítica que la acusó de tenerle envidia a Plath. A pesar de su notoria inclinación hacia Ted por encima de Sylvia, que ella no tiene empacho en reconocer —casi todas las biógrafas han sucumbido al encanto de caballero inglés de Hughes. Los biógrafos varones, curiosamente, pertenecen al bando de Sylvia— Stevenson no escribió lo que a la manipuladora Olwyn Hughes, hermana de Ted y hasta hace poco poseedora de los derechos de la obra de Sylvia (quién sabe por qué, si Sylvia la detestaba), le hubiera gustado. Pero... ¿qué le hubiera gustado a Olwyn Hughes que escribiera Stevenson contra Sylvia, además de reproducir palmo a palmo testimonios como los de Dido Merwin, por cierto, amiga y defensora a ultranza de Ted, que entre otras cosas escribió su propia versión de los hechos en un libro no traducido en español que se titula algo así como Recipiente de la ira, que Sylvia era "la esposa inaguantable de un mártir que tuvo que padecer mucho" Todos los que conocieron a Sylvia, aun en forma impersonal como su vecino Trevor Thomas, hicieron su "agosto" publicando detalles de la poeta, tan incidentales como el hecho de que "dejaba su basura en el cubo de él (Thomas) en lugar de conseguir un cubo propio, y bloqueaba el portal con el cochecito de su hijo". Thomas no se entera del drama de Sylvia sino hasta aquella mañana en que la sirena de una ambulancia que se aproxima al edificio donde vive lo despierta.
Lo mejor del libro es que permite al lector sacar sus propias conclusiones, y a reserva de lo que el lector decida después de leer El silencio de una mujer, me permito exponer las mías: Sylvia sufría una depresión nerviosa que ya en algún momento la forzó a recluirse en una clínica psiquiátrica. Pese a que Malcolm desempeña una magnífica investigación periodística no parece tomar esta circunstancia demasiado en cuenta, mostrándose en ocasiones agresiva contra la figura de la poeta, de la que ya nos ha hecho percibir el lado oscuro, "lo que pocos hemos experimentado durante un proceso de enfermedad —dice en la página 70 —es un impulso de creatividad que nos da el poder de hacer un trabajo que sobrepasa todo lo que hemos hecho antes, un trabajo que parece hacerse por sí mismo. Fue durante un período de dos meses del otoño de 1962, después de que Hughes se hubiera ido de Devon —con Asia Wevill, agrego yo, la mujer de cabellos rojos que come hombres como aire del poema “Tulipanes”, y que ya convertida en la segunda señora Hughes optaría asimismo por el suicidio—, y Plath, incapaz de comer o dormir, padecía elevadas fiebres reales además de las imaginarias debidas a la rabia por los celos y a una ridícula pena por sí misma (el subrayado es mío) cuando escribió la mayoría de los poemas de Ariel." Malcolm comprende a Hughes —que, sí, pagó demasiado caro por un pecado que encuentra su réplica en muchos otros hombres idolatrados de la literatura y no han recibido el mínimo reproche—pero no así a Sylvia. Le parece que él ha sufrido legítimamente, pero ella simplemente sentía una ridícula pena por sí misma. Evidentemente la pieza que le falta a este libro, que no por ello deja de ser fascinante, es la comprensión del problema psíquico de la poeta que sólo otro poeta como Al Álvarez, depresivo él mismo, como "casi todos los escritores que conozco" (Stevenson dixit) es capaz de entender. Sylvia Plath, entregada a su rol de esposa de un poeta de fama internacional como Ted Hughes y a cuidar de sus hijos y de su reputación, ama de casa íntegra y perfecta, se muerde la frustración de no ejercer su vocación de escritora, de no encontrar tiempo para sentarse a una mesa de trabajo (ni siquiera cuenta con una), aunque ocasionalmente escriba poemas en un cuaderno apoyado en sus rodillas. El día que descubre que Ted tiene una amante y que él la ha abandonado sin miramientos para pasearse con Asia por Devon, a donde por cierto acudía a recibir homenajes, Sylvia descubre que ha perdido lamentablemente su tiempo. Una vez abandonada por Ted, con la mesa de trabajo disponible para ella sola y el departamento desprovisto de la presencia enérgica de su esposo, vuelca su frustración en una serie de extraordinarios poemas. Una vez concluidos se da cuenta de que no puede más, de que ha llegado la hora de dejar salir al monstruo que la habita... esa es, ni más ni menos, la historia que se lee en Ariel, la autobiografía de una esposa y ama de casa furiosa, desencantada y deseosa de revelarse contra la hipocresía del mundo llamada Sylvia Plath.

lunes, agosto 01, 2005

Fragmentos poéticos de "Cenotafio de Beatriz"


Del diario que empezó Beatriz en una hermosa libreta que le obsequió Dante.

¿Por qué siempre que hacemos el amor él habla de muerte?
¿Te vas a acordar de mí cuando me muera?, me pregunta.
La primera vez le tapé la boca con mi mano y le dirigí una mirada amonestadora. La segunda le propiné un codazo en la costilla. La tercera me eché a llorar sólo de imaginarme sola en aquel bullicio de resortes oxidados que era nuestra cama.
¿Y si muriera antes que tú?, le respondí la cuarta.
No, yo ya sufrí bastante. Ahora te toca a ti, me dijo, rencoroso.
El orgasmo es una pequeña muerte. Un ir y venir al cielo en segundos. Juntos hemos muerto ya incontables ocasiones, desafiando a las leyes divinas que claramente estipulan la carnalidad entre poeta y musa como el peor de los incestos. Quizá por ello se queda inmóvil, mirando al cielo raso y preguntándose no sin angustia:
¿Vas a extrañarme cuando me muera?
Hemos gozado demasiado y eso tiene un precio. El amor realizable es un atentado contra la poesía y nosotros no hacemos más que fundirnos, cabalgarnos, comernos, saciando esta hambre de siglos, burlándonos del disimulo, porque incluso en la calle nos devoramos con ímpetu de perros famélicos. En nuestro fervor hay muerte, una necesidad de batirnos con ella, de consumirnos mutuamente antes que la muerte se quede con lo mejor de nosotros.
Cuando muera, dice en el centésimo orgasmo, me aferraré a ti, te rondaré, no permitiré que folles con otro. Seré tu sombra y tu condena, ni la muerte me apartará de tu cuerpo.
¿Y si muero antes?, lo reto.
Haré lo mismo que Dante Gabriel Rossetti con Elisabeth Siddel. Te enterraré con mis poemas. Mejor aún, te incineraré junto con ellos para que no exista el menor riesgo de que alguien exhume tu cuerpo y lea lo que no le incumbe.
El Paraíso, por desgracia, no es indestructible. Tiene el techo cubierto de fisuras, como el rostro de un anciano. Hay goteras. Y huele a jabón neutro.
Hotel Cuba (1era Parte)
Cinco veces, Dante, las conté, cinco veces dijeron que me iba a morir.
Granizo. En un cuarto más amplio que cualquiera, Dante y Beatriz, plena luna de miel, abrazados bajo cobijas de penumbra y silencio. La intimidad era tan intachable como la de un ataúd, quizá por tratarse de un cuarto dentro de otro. Como en todo hotel decimonónico había una pequeña sala recibidor conectada al dormitorio, aunque el vínculo se deshacía apenas cerrar la puerta. Al registrarse, llegando del hospital, se toparon con que los huéspedes anteriores habían escapado con el televisor y el teléfono dentro de la maleta, y en la recepción, muy quitados de la pena, les dijeron que mañana les repondrían los aparatos. En su etapa inaugural, a finales del siglo antepasado, fue un hotel a todo lujo, de altos techos con rosetones, teléfonos de cuello altivo y papelería membretada con su correspondiente pluma de ganso. Pero fue cuarteándose de tristeza hasta transformarse en un baúl de abuela circunnavegado por feroces mosquitos.
—Su puta madre es la que se va a morir —dijo Dante acariciando a Beatriz con ímpetu de ocho manos, aunque no hacían el amor porque de momento se volvían conscientes de su paternidad suicida.
Inoportunamente recordó Dante la asociación que establecía Harold Bloom entre la Beatriz del Dante florentino, y Raquel, el personaje bíblico. Jacob sólo necesitó conocer a Raquel para adorarla, tal era su hermosura. Sabiéndose indigno de ella, trabaja durante siete años como sirviente de Labán, padre de la amada, con tal de reunir el precio de la novia quien le aguarda tejiendo en el último peldaño de una escalera por donde bajan y suben los ángeles del Señor. El día de la boda, sin embargo, Raquel es suplantada por su hermana mayor, Lea, la que por ley debe anteceder a la menor en el matrimonio. Raquel está predestinada a ser madre del primer rey de Israel y un sirviente no se encuentra a su altura. Pero Raquel desafía al Innombrable y espera estéril otros siete años, hasta que no puede más y acepta escapar con Jacob. Su castigo será la más terrible de todas las muertes de mujer: la de parto. Dicen que murió gritando ¡Benoni!, que significa “hijo de mi dolor” y del cual se deriva el nombre de aquel infortunado bebé, Benjamín. Muere justo frente a las puertas de Belén donde años más tarde habrá de efectuarse la matanza de inocentes ordenada por Herodes. Se dice que las muertas por parto no descansan, menos si mueren durante los cuarenta días de impureza: se convierten en demonios voladores a los que la tradición nombra langsuyar. Jacob pagó caro amar a una mujer por encima del Innombrable. Una mujer que además era ladrona, porque robó los ídolos de su padre al escapar con su amante.
La novela de Thomas Mann termina con el eterno y barbado duelo de Jacob por Raquel. Así está dispuesto a terminar Dante la suya si Beatriz repitiera ese fatal destino.
Veinticuatro horas después de empezar el tratamiento de oscuridad y tabletas, su presión había descendido a 130/80, dando pie a una orgía bajo las sábanas. Al día siguiente marcaba 150/90: de nuevo llanto. De nuevo la maldición cerniéndose sobre Beatriz. Y así consecutivamente, sin llegar a estabilizarse. Schivy manifestaba preocupación al respecto, pero ni Dante ni Beatriz querían contemplar un posible regreso a Malebolge.

(Por cierto: poco después de partir el alma nobilísima de Beatrice, la osamenta de este hotel sería derruida. Valga la advertencia para el lector que se proponga buscarlo en la calle C. de la Ciudad del Dolor, pues lo que encontrará en su lugar serán los tradicionales paraísos artificiales para amantes furtivos: cama redonda, reflectores, teléfono digital, música ambiental (la K Buena) y sobrecitos de champú neutro color menta.)


 

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