adopt your own virtual pet!
All About EVE: Fragmentos poéticos de "Cenotafio de Beatriz"

All About EVE

lunes, agosto 01, 2005

Fragmentos poéticos de "Cenotafio de Beatriz"


Del diario que empezó Beatriz en una hermosa libreta que le obsequió Dante.

¿Por qué siempre que hacemos el amor él habla de muerte?
¿Te vas a acordar de mí cuando me muera?, me pregunta.
La primera vez le tapé la boca con mi mano y le dirigí una mirada amonestadora. La segunda le propiné un codazo en la costilla. La tercera me eché a llorar sólo de imaginarme sola en aquel bullicio de resortes oxidados que era nuestra cama.
¿Y si muriera antes que tú?, le respondí la cuarta.
No, yo ya sufrí bastante. Ahora te toca a ti, me dijo, rencoroso.
El orgasmo es una pequeña muerte. Un ir y venir al cielo en segundos. Juntos hemos muerto ya incontables ocasiones, desafiando a las leyes divinas que claramente estipulan la carnalidad entre poeta y musa como el peor de los incestos. Quizá por ello se queda inmóvil, mirando al cielo raso y preguntándose no sin angustia:
¿Vas a extrañarme cuando me muera?
Hemos gozado demasiado y eso tiene un precio. El amor realizable es un atentado contra la poesía y nosotros no hacemos más que fundirnos, cabalgarnos, comernos, saciando esta hambre de siglos, burlándonos del disimulo, porque incluso en la calle nos devoramos con ímpetu de perros famélicos. En nuestro fervor hay muerte, una necesidad de batirnos con ella, de consumirnos mutuamente antes que la muerte se quede con lo mejor de nosotros.
Cuando muera, dice en el centésimo orgasmo, me aferraré a ti, te rondaré, no permitiré que folles con otro. Seré tu sombra y tu condena, ni la muerte me apartará de tu cuerpo.
¿Y si muero antes?, lo reto.
Haré lo mismo que Dante Gabriel Rossetti con Elisabeth Siddel. Te enterraré con mis poemas. Mejor aún, te incineraré junto con ellos para que no exista el menor riesgo de que alguien exhume tu cuerpo y lea lo que no le incumbe.
El Paraíso, por desgracia, no es indestructible. Tiene el techo cubierto de fisuras, como el rostro de un anciano. Hay goteras. Y huele a jabón neutro.
Hotel Cuba (1era Parte)
Cinco veces, Dante, las conté, cinco veces dijeron que me iba a morir.
Granizo. En un cuarto más amplio que cualquiera, Dante y Beatriz, plena luna de miel, abrazados bajo cobijas de penumbra y silencio. La intimidad era tan intachable como la de un ataúd, quizá por tratarse de un cuarto dentro de otro. Como en todo hotel decimonónico había una pequeña sala recibidor conectada al dormitorio, aunque el vínculo se deshacía apenas cerrar la puerta. Al registrarse, llegando del hospital, se toparon con que los huéspedes anteriores habían escapado con el televisor y el teléfono dentro de la maleta, y en la recepción, muy quitados de la pena, les dijeron que mañana les repondrían los aparatos. En su etapa inaugural, a finales del siglo antepasado, fue un hotel a todo lujo, de altos techos con rosetones, teléfonos de cuello altivo y papelería membretada con su correspondiente pluma de ganso. Pero fue cuarteándose de tristeza hasta transformarse en un baúl de abuela circunnavegado por feroces mosquitos.
—Su puta madre es la que se va a morir —dijo Dante acariciando a Beatriz con ímpetu de ocho manos, aunque no hacían el amor porque de momento se volvían conscientes de su paternidad suicida.
Inoportunamente recordó Dante la asociación que establecía Harold Bloom entre la Beatriz del Dante florentino, y Raquel, el personaje bíblico. Jacob sólo necesitó conocer a Raquel para adorarla, tal era su hermosura. Sabiéndose indigno de ella, trabaja durante siete años como sirviente de Labán, padre de la amada, con tal de reunir el precio de la novia quien le aguarda tejiendo en el último peldaño de una escalera por donde bajan y suben los ángeles del Señor. El día de la boda, sin embargo, Raquel es suplantada por su hermana mayor, Lea, la que por ley debe anteceder a la menor en el matrimonio. Raquel está predestinada a ser madre del primer rey de Israel y un sirviente no se encuentra a su altura. Pero Raquel desafía al Innombrable y espera estéril otros siete años, hasta que no puede más y acepta escapar con Jacob. Su castigo será la más terrible de todas las muertes de mujer: la de parto. Dicen que murió gritando ¡Benoni!, que significa “hijo de mi dolor” y del cual se deriva el nombre de aquel infortunado bebé, Benjamín. Muere justo frente a las puertas de Belén donde años más tarde habrá de efectuarse la matanza de inocentes ordenada por Herodes. Se dice que las muertas por parto no descansan, menos si mueren durante los cuarenta días de impureza: se convierten en demonios voladores a los que la tradición nombra langsuyar. Jacob pagó caro amar a una mujer por encima del Innombrable. Una mujer que además era ladrona, porque robó los ídolos de su padre al escapar con su amante.
La novela de Thomas Mann termina con el eterno y barbado duelo de Jacob por Raquel. Así está dispuesto a terminar Dante la suya si Beatriz repitiera ese fatal destino.
Veinticuatro horas después de empezar el tratamiento de oscuridad y tabletas, su presión había descendido a 130/80, dando pie a una orgía bajo las sábanas. Al día siguiente marcaba 150/90: de nuevo llanto. De nuevo la maldición cerniéndose sobre Beatriz. Y así consecutivamente, sin llegar a estabilizarse. Schivy manifestaba preocupación al respecto, pero ni Dante ni Beatriz querían contemplar un posible regreso a Malebolge.

(Por cierto: poco después de partir el alma nobilísima de Beatrice, la osamenta de este hotel sería derruida. Valga la advertencia para el lector que se proponga buscarlo en la calle C. de la Ciudad del Dolor, pues lo que encontrará en su lugar serán los tradicionales paraísos artificiales para amantes furtivos: cama redonda, reflectores, teléfono digital, música ambiental (la K Buena) y sobrecitos de champú neutro color menta.)


 

Estadisticas de visitas