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All About EVE: De la minifalda a la burka

All About EVE

martes, septiembre 13, 2005

De la minifalda a la burka


Artículo de Eve Gil publicado en el número 101 de septiembre 2005 de la revista Complot
Ilustración: Eve con gabán, por Ramón I. Martínez
Es cierto que la mujer, concretamente la madre, es quien hace al macho. Pero el macho hace los estereotipos, por lo que no sabemos quien fue primero, si el huevo o la gallina; si Twiggy o Karl Langerfeld. La moda, ese aspecto que algunos juzgan como “cosa de mujeres”, pero es en realidad emporio de hombres, ha sido el arma astutamente enarbolada por ellos para mantener un subrepticio dominio sobre las mujeres. Desde las cucarachas machucadas (Poppea delineaba sus cejas con tan repugnante afeite) hasta la depilación total, todo ha sido impuesto por la sociedad patriarcal: si los señores despiertan deseosos de mirar las piernas a todas las mujeres, imponen la minifalda (aunque haya sido creada por una mujer) y la depilación, porque los pelos “son cosa de hombres” (ahora son cosa de bestias); si por el contrario consideran que el cuerpo femenino es amenazante e impuro, lo cubren de pies a cabeza con un trapo amorfo (la burka sí fue creada por un hombre, un sultán del siglo XVIII). Si quieren una mujer cachonda con la cual ahorrarse la parafernalia del cortejo, crean una Marilyn Monroe. Si por el contrario prefieren una hembra-niña a la que puedan domesticar con chocolates caros (con la condición de que acto seguido los vomite), le levantan un altar a Paris Hilton. Las niñas sueñan con parecerse a Britney Spears, no a Susan Sontag. Así pues, las mujeres vivimos engañadas creyendo que ya la hicimos, ja-ja-já. Que el hecho de poder asistir a una escuela, partirnos la boca en el mercado de trabajo y haber descubierto el clítoris y el cunnilingus ya es bastante. Algunas, incluso, son lo bastante ingenuas para cuestionarse la utilidad del feminismo en tiempos como los actuales: para otras, el hecho de poder treparse en su amante y no tener que tenderse de piernas abiertas, es sinónimo de liberación femenina. Nada más lejos de la realidad: al mismo tiempo que podemos salir de nuestras casas y desempeñar oficios que hasta hace poco eran exclusivos del sexo masculino, el hecho es que ese Bigbrother que es el inmenso ojo de la sociedad (patriarcal) nos desaprueba con generalizado movimiento de cabeza si no lucimos como la cantante de moda, es decir, si no estamos lo suficientemente flacas y chichonas (combinación que solamente unos genes tan maravillosos como los de Paulina Porizkova harían posible), o si no llevamos el tinte que disimule nuestros rasgos latinos, o si calzamos zapatos planos o tenis: la metrosexualidad es, por lo pronto, coto exclusivo de los varones. ¡Ay! de aquella que no se rasure el bigote o se ponga corbata (a mi las corbatas bonitas me hacen agua la boca). En el terreno de la moda los hombres han conseguido liberarse de la imposición de la virilidad bestial, donde apenas les era permitido bañarse; ya cuentan con sus propias líneas de cosméticos y pueden darle rienda suelta a la vanidad. Pero a las mujeres se nos exige permanecer esclavizadas a los tacones, las pinzas, las uñas largas, los salones de belleza cada vez más emparentados con las cámaras de tortura medievales. La publicidad nos ha metido en la cabeza que para tener derecho a un erotismo sano, terreno que se supone reconquistamos hace más de cuatro décadas, tiene una que ser una especie de geisha inmaculada y perfecta que no tenga el mal gusto de sudar (fuera del gim), de generar pelos, de comer y de defecar (eso, los pedos y los eructos siguen siendo “cosa de hombres”), es decir: los capataces de la moda exigen que nos parezcamos cada día más a las muñecas inflables... y mantengamos abierta la boca aunque seamos profesionistas e inteligentes. Y nosotras caemos redonditas (y felices) en trampas que no son las de la fe.

1 Comments:

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    By Anonymous Anónimo, at 11:54 a. m.  

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