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All About EVE: La relación entre el escritor y sus personajes

All About EVE

lunes, noviembre 14, 2005

La relación entre el escritor y sus personajes


Esta conferencia se presentó el 4 de noviembre del 2005, en Guadalajara, Jalisco, como parte de un diplomado para escritores que se transmite cada sábado a las 4:00 p.m por la radio estatal.
La innominada criatura del doctor Frankenstein es un personaje prototípico de la relación oculta entre el escritor y sus personajes. En la inmortal novela de Mary Shelley, quien tenía por cierto sólo diecinueve años al momento de escribirla, se plantea el dilema de un joven científico que adquiere el conocimiento para crear vida artificial e, incurriendo en la soberbia propia de los jóvenes de asumirse dios, obtiene a un hombre en un laboratorio. Horrorizado más que decepcionado del resultado final, opta por abandonar a su criatura a su suerte, sin sospechar que esta le perseguirá sin descanso, no importando cuan remota sea su huída, en busca, primero, de una explicación; después de atención y, finalmente, de venganza. El monstruo obtenido por Víctor Frankenstein es, paradójicamente, un ser tan vulnerable como independiente, que si bien se desplaza por el mundo sin apoyo de tipo físico, lo requiere a nivel simbólico para funcionar anímica y emocionalmente, es decir, tener una razón para existir: ganarse la aceptación de su creador o, en última instancia, destruir a quien se ha negado a responsabilizarse de él. “Por primera vez era consciente de los deberes que un creador tiene para con el ser creado —se lamenta Víctor, el padre irresponsable—. Comprendía que, antes que aborrecer sus perversas acciones, debía haber asegurado su felicidad.” Víctor Frankenstein pierde por completo el control sobre su criatura, más aún, le teme en forma que puede antojarse excesiva si se toma en cuenta que el monstruo derrama ardientes lágrimas con las desventuras del joven Werther, es decir, posee profundos sentimientos en los que nadie, ni su propio creador, creyéndolo un desalmado depredador, repara nunca. Y si bien Mary Shelley se refería concretamente a los peligros que entraña la práctica científica ejercida a nombre de la gloria personal y no del bienestar de la humanidad, su novela puede ser perfectamente leída como una alegoría de la intensa relación entre el escritor y su criatura, es decir, su personaje.
Si nos vamos a la historia paralelamente desarrollada a la de la escritura de Frankentsien en 1817, es decir, la desastrosa relación entre Mary y su padre, el también escritor William Godwin, que no le perdonaba a su hija el haberse fugado con un poeta casado (Percy Shelley), así como el obsesivo interés del futuro esposo de Mary por las cuestiones científicas y las pesadillas que atacaban de continuo a la joven y torturada escritora, particularmente durante su estancia en la villa suiza de Lord Byron, quien en medio de un apagón provocado por una tormenta reta a sus distinguidos huéspedes (la propia Mary, Percy; el creador del mito del hombre vampiro, George Polidori, y Clare Clairmont, hermanastra de Mary, embarazada de Byron) a una competición de relatos terroríficos, advertiremos que, como Víctor, Mary era acosada por sus muy personales demonios, no obstante que críticos y psicoanalistas interesados en los fascinantes caracteres de esta novela han resuelto que no era Víctor con quien Mary se identificaba, sino con la criatura abandonada por su creador: el hijo que avergüenza a su padre; el hijo que vive a pesar de su padre. El personaje generador de sí mismo. El mismo conflicto adquirirá un cariz sentimental pero igualmente inquietante en Mathilda, donde una jovencita y un padre al que apenas conoce, son rondados por la sombra del incesto. En esta novela se aprecia con mayor nitidez el rasgo autobiográfico que en Frankenstein, aunque en la voz de Mathilda, protagonista y narradora, se advierte un no tan lejano eco de la del monstruo, romanticismo puro: “En realidad, estoy enamorada de la muerte. Ninguna novia contempló con más gozo su atuendo de boda que yo al imaginar mi cuerpo envuelto en un sudario.”
Yo llamo “Personajes Frankenstein” a aquellos que más le duelen a uno; a aquellos a los que se teme y se pretende domesticar o vencer a través el acto creativo. Las más de las veces este personaje es la suma de los terrores de su creador (como lo fue el monstruo melancólico para Mary Shelley), aunque también puede ser radicalmente arrancado de la realidad material del escritor y transplantado a la ficción donde irá adquiriendo vicios y virtudes sorprendentes hasta para su propio creador. Yo me permito compartir una experiencia en este tenor, y aunque suelo ser sumamente celosa de la intimidad de mi diario, considero pertinente transcribir una página que le dediqué a un personaje de carne y hueso que canalicé a un relato a manera de exorcismo; un personaje, huelga decir, al que temo y con el que suelo coincidir reiteradamente en eventos literarios. ¿Por qué le temo? Porque es la suma de mis debilidades, de mis terrores, de mis desdichas. Dicho personaje, estoy segura, me persigue... y no necesariamente me refiero a una persecución metafórica (el autor se siente perseguido por el personaje que exige tomar forma a través de sus textos, como en la antigüedad los poetas decían ser secuestrados por las musas), sino a una persecución física, moral, material, concreta, como la padecida por Víctor a merced de su criatura, y que podría derivar en un encuentro violento que, por cierto, se ha llevado ya a cabo en la ficción. Dicha anotación está fechada el jueves 09 de junio. La escribí con el susodicho personaje rondándome con insidia, aguardando el momento en que me quedara sola; oportunidad que, por fortuna, nunca se dio:

Ahí está. No lo quiero ver, no lo pienso ver, pero es uno de esos personajes que lejos de ser amigos de su autor, insiste en torturarlo: Mira, aquí estoy, tú me creaste, ahora, deshazte de mí si puedes: ¡Te reto! Imposible, a menos que lo mate con mis propias manos, pues no pertenece exclusivamente al mundo creado por mi escritura, no ahora. Es de carne y hueso y ha llegado como hubiera hecho en mi novela, con risitas nerviosas, una mirada muerta y sonrisa de comercial de dentífrico, más amenazador en su inocencia, en su no saber qué hice con él, en esa esquizofrenia de la que yo, y sólo yo sé dentro en este recinto, soy consciente. Sin embargo, ha dejado de ser él para transformarse en eso. Justo antier daba el punto final a su historia, y aunque quise ver en ello un simbólico tiro a su sien (mi personaje se suicida luego de matar a su presa) no es posible pulsar una tecla en este momento para borrarlo del paisaje. Es por demás insólito y hasta indignante ver que tu personaje ríe, camina, cuenta chistes, bebe café, se pasa la mano por el pelo y te mira como si no te mirara, sin tú estar detrás de la pluma que lo escribe. Es él, ni quien lo dude. Y como el personaje de mi novela, se ha estancado en los dieciocho años cuando se supone que ya tiene treinta.
El personaje (Eso) me rondó toda la noche como un ave de rapiña a un cuerpo putrefacto, rogando atención con su constante ir y venir. Hubo varios momentos en que mi mirada chocó con la suya sin proponérmelo. Bastaba levantar la vista: ahí estaba. Esbozando una sonrisa que, psiquiátricamente, podría definirse como complicidad consigo mismo. Sabe que le temo, pero mi orgullo es mucho más fuerte que mi temor, y eso también lo sabe. En este juego del gato y el ratón, yo, que se supone soy el ratón, me escabullo por todos los huecos que encuentro, pero el gato también se agazapa, se hace invisible, se escabulle. En el round final, me temo, gana el ratón.... pero el gato continuará merodeando al ratón para comérselo de un bocado.
Víctor Frankestein logró destruir a su criatura destruyéndose a si mismo. Su criatura era él. En cierto modo, Eso soy yo, y ha crecido en la medida de la importancia que le doy hasta transformarse en un gatote de mullidos bigotes y terribles garras... sólo yo tengo el poder de minimizarlo hasta regresarlo su estado original...

Y si bien resulta impactante ver a tu personaje actuando frente a ti, sin tú estar del otro lado de la pluma, en ausencia de tu yo-creador ante el cuaderno, mientras permaneces sentado en plan de espectador de una historia que se desarrolla sin tu anuencia; con tus brazos colgando a los costados y la mirada fija en la ignominia de un poder que te desconoce, más impactante aún resulta verlo actuar por sí mismo, jactarse de su autonomía y tomando sus propias decisiones estando tú del otro lado y cuando la lógica indica que el control absoluto sobre él o ella te pertenece; cuando crees haberle creado una personalidad y un destino y una actitud, y tu criatura insiste en trazarse ella misma un camino, un carácter, una vida. En desobedecerte, pues. Este es el verdadero milagro de la escritura: que pierdas el gobierno de tus personajes, que los veas con la perplejidad con la que yo veo al loco que me persigue y al que trasladé al ámbito de la ficción para restarle poder sobre mis estados de ánimo... para convertirlo en Eso. Es hasta que tu personaje adquiere libre albedrío y no te es posible medir su próxima maniobra, que te conviertes en un verdadero dios de tu creación, ¿o acaso nosotros, personajes de Dios, hacemos lo que él quiere que hagamos? Yo no. ¿Y tú?
Y aunque ya no nos creamos de las musas, lo cierto es que el procedimiento no ha variado mucho... aunque las musas hayan perdido su nombre y hoy simplemente las llamemos algo o eso, en el caso de los personajes Frankenstein. El escritor, dios mínimo de personales universos, se sorprende un buen día pensando en seres que exigen un cuerpo, una voz y un nombre. Nunca se sabe exactamente en qué momento fueron concebidos: se tiene conciencia de ellos el día que no deja uno de pensarlos, de planearlos, de aprehenderlos, y que empiezan a convivir familiarmente con nosotros. El escritor o escritora se levanta, se lava los dientes, se peina y lleva a los niños a la escuela... todo acompañado por sus personajes, sus criaturas. Por lo general, transcurre un buen rato, años a veces antes para verlos materializarse definitivamente y para entonces ya el escritor lo saluda con esa mezcla de familiaridad y asombro con que la madre recién parida revisa al bebé que le ha estado pateando el vientre durante meses y le es depositado de pronto en los brazos: un extraño que nos es preciosamente familiar. Si hay un tipo de hombre capaz de describir la experiencia de la maternidad, ese es el escritor.
Y así como la madre cree tener control sobre la criatura surgida de sus entrañas para percatarse al poco, no sin asombro, de que el nene actúa por sí mismo y tiene sus propios gustos y hábitos y manías, y no obedece a los horarios ni lineamientos establecidos por sus padres, así, el escritor que cree conocer perfectamente al personaje que ha gestado descubrirá que no es lo que imaginaba, que no tiene poder sobre él, que se le va de las manos, se le va... se le va... que, virtualmente, se está escribiendo solo. Esto, créanme, no es un mito ni un cliché. Tampoco pretendo generalizar diciendo que les ocurre absolutamente a todos los escritores, aunque todavía no conozco a uno que me jure que no lo ocurre. Por más que Patricia Higsmith dijera ser jefa de sus personajes y Saramago asegure ejercer absoluto dominio sobre los suyos, lo que, agregaría yo, no se nota... por fortuna. El fenómeno del que hablo —no sé de que otra manera llamarlo, porque nadie se ha ocupado en estudiarlo ni asignarle un nombre técnico —es maravillosamente cierto...y aunque subrayo maravillosamente, no siempre es maravilloso, particularmente cuando un personaje terco y rebelde altera un proyecto de varios años...pero quizá, y pensándolo bien, aún entonces sea maravilloso, porque, insisto, nosotros, personajes de Dios, hemos alterado Su Historia de una y mil maneras. Para bien o para mal.
Para algunos privilegiados, el acto creativo conserva ese sentido metafísico, por llamarlo de algún modo, que como todo lo metafísico es imposible de explicar sin subjetividad por carecer de fundamento científico. No por nada, los que tienen los pies en la tierra insisten en asociar la actividad literaria con la locura y, en efecto, como señala Susan Sontag, esa convivencia del escritor con los personajes es (como) una esquizofrenia: "Cada uno de nosotros lleva una sala en su interior —dice en América, su última novela—, que espera ser amueblada y poblada, y si escuchas con atención, tal vez necesites silenciarlo todo en tu propia sala, puede oír los sonidos de esa en tu cabeza (...) O puede que no oigas nada de esto, si la sala está llena de voces. Personas estridentes o de manera suaves tal vez estén sentadas a la mesa para cenar, diciendo algo que no entiendes del todo, confiemos en que no se deba a la televisión que está encendida y a todo volumen, pero captas el meollo (...)”
En la novela antes citada, Sontag deja desnudo este vínculo escritor-personaje; se escribe a sí misma, escritora, desde la postura de quien contempla a sus personajes sin interferir absolutamente en sus actitudes y ademanes. Es como estar en un palco del teatro o de la ópera, mirando desarrollarse la acción sobre el escenario; acción, por cierto, completamente ajena a nuestra presencia, con actores desplazándose en sus propias piernas, sin conciencia del pequeño dios (¿el autor de la obra? ¿El director?) que manipula los hilos de su destino y de sus actos. Nadie, el escritor menos que nadie, percibe al titiritero que manipula los hilos invisibles de su propia mano. Nosotros mismos, que posiblemente seamos invención de algún frenético escritor, no podemos estar seguros cual será el siguiente paso, o de cual sería nuestra reacción en tal o cual caso: un abismo invisible se ha abierto a nuestros pies y de nosotros depende si el personaje pierde el equilibrio o se lanza o no se lanza, es decir, si lo dejamos o no tomar decisiones. ¿Cómo, si no nos conocemos a nosotros mismos, podemos incurrir en la soberbia de suponer que conocemos a nuestros personajes? Cuando el autor se siente frente a la mesa de trabajo o sobre la cama, o con el cuaderno sobre las piernas, tiene la clara intención de desarrollar una historia específica, con personajes específicos, pero generalmente ocurre una de dos cosas; o los personajes planificados adquieren inexplicable autonomía, o de la nada surgen personajes no previstos. En casos más extremos, esos personajes súbitos, "chocarreros", se apoderan de la narración previa labor de convencimiento sobre su anonadado creador. Este podrá no escuchar sus vocecitas susurrándole al oído, pero la idea tomará forma hasta volverse irresistible. Podrán llegar a adquirir tal individualidad de pensamiento y acción que su autor terminará por odiarlos pero sin tener la mínima oportunidad de eliminarlos pues sin el odioso personaje, el relato pierde... ¿Cómo hubiera sido mi vida sin el odioso ser que me persigue, por ejemplo? ¿Y cuántas veces el odiado personaje no se vuelve emblemático de la historia? Tanto E.M Forster como Ernesto Sabato coinciden en mencionar la traición del personaje:

(...) Los personajes acuden cuando se les evoca, pero están llenos de espíritu rebelde. Dado que se parecen bastante a personas como ustedes o como yo, tratan de vivir sus propias vidas y, por consiguiente, se suman a menudo a la traición contra el plan fundamental del libro. "Escapan", "se van de las manos", son creaciones dentro de una creación y con frecuencia no guardan armonía respecto a ella; si se les concede una libertad completa, terminan por destrozar el libro a puntapiés y si se les conduce con demasiada severidad, se vengan muriéndose y destruyéndolo todo por descomposición interna. (Aspectos de la novela, pp. 72-73).

Estas palabras del gran novelista inglés E.M Forster, pueden interpretarse de dos maneras: una, no otra que la desarrollada hasta aquí. No es el escritor quien lleva las riendas sino los personajes que ceden a impulsos repentinos, cambios de humor y corazonadas propias. No es el escritor quien crea en el sentido más estricto, sino que el personaje puede crearse a sí mismo. Así como nosotros tenemos el poder de alterar un destino que parece inminente, así, los actores de un relato pueden desviar el rumbo de su vida... y no es raro tampoco que ese empeño de determinado personaje por modificar su vida, modifique asimismo la idea original del relato y, por consiguiente, el estado de ánimo del escritor. La otra interpretación que ameritan las palabras de Forster, es que un personaje que goza de demasiada libertad es capaz de pudrir el fruto del trabajo del autor. En esto no creo mucho. Antes bien, soy firme creyente de que una narración fracasa cuando se fuerza al personaje a seguir un camino preestablecido. ¿Qué ocurre con un ser humano al que se fuerza a hacer lo que no quiere? Exactamente lo mismo que con el personaje: tuerce el camino tarde o temprano; echa a perder su vida, se frustra, se mata. Estoy convencida, como lo está Sabato, de que el personaje nace del corazón del autor, por consiguiente, el autor no puede quedar indiferente ante el sufrimiento o el gozo de su personaje, pero tampoco puede hacer gran cosa por modificar su destino o su padecer. El escritor no ha de intentar transmitir sus propias sensaciones al personaje, estaría condenado al fracaso si lo hiciera. No sería honesto, ni íntegro, por la sencilla razón de que no estaría permitiendo a sus personajes serlo. Como diría Virginia Woolf: “Lo que se entiende por integridad, en el caso del novelista, es la convicción de que él nos da de que ésa es la verdad. Sí, uno siente, yo nunca hubiera pensado que esto pasara así; yo nunca he visto gente portándose así. Pero usted me ha convencido de que así es.” Es lícito, sin embargo, que el autor se identifique con el personaje o con ciertos personajes; simpatizar con él, con ella, con ellos. El escritor se ubica ante la pantalla, la máquina o el cuaderno en la mejor disposición de involucrarse intensamente con las emociones y las pasiones de sus personajes, de dejarse arrastrar por ellas, gozarlas, sufrirlas, abrazarlas... pero nunca, nunca debe proyectarse en sus personajes, volverlos parte de sí mismo. Por supuesto, no se puede negar que al nacer del corazón del autor, el personaje posee la esencia del autor, y sólo así es posible que se perpetre esa suerte de catarsis. Pero el personaje es uno y el autor es otro, no importando hasta qué punto el autor se haya inspirado en sí mismo para crearlo. ¿O es que acaso nosotros y nuestro hijo o hija somos la misma persona? Por más que nos asemejemos; por mucha empatía que nos una, la respuesta es un rotundo no. A veces, incluso, la demasiada empatía puede generar roces y hasta rechazo. Escuchemos a Sabato:

Todos los personajes de una novela representan, de alguna manera, a su creador. Pero todos, de alguna manera, lo traicionan.
(...) A medida que esos personajes de novela van manando del espíritu de su creador, se van convirtiendo, por otra parte, en seres independientes; y el creador observa con sorpresa sus actitudes, sus sentimientos, sus ideas. Actitudes, sentimientos e ideas de pronto llegar a ser exactamente los contrarios de los que el escritor tiene o siente normalmente: si es un espíritu religioso verá, por ejemplo, que alguno de esos personajes advertirá de pronto los actos de maldad más extremos y las mezquindades más grandes. Y cosa todavía más singular: no sólo experimentará sorpresa, sino, también, una especie de retorcida satisfacción (El escritor y sus fantasmas, p. 120).

El escritor no siempre comprenderá a sus personajes. En ocasiones, las menos, ni siquiera le será posible justificarlos. Y posiblemente sean los que más se le parezcan: su parte oscura y asfixiada. No es mi intención meterme en honduras sicológicas, y además, la creación literaria tiene una parte maravillosa que es la que propicia estos, llamémosles, milagros. Alguno, concientemente, dota a su personaje de virtudes que desearía para sí, o lo coloca en circunstancias por él o ella buscadas, anheladas, pero siempre ocurrirá algo fuera de lugar, o de pronto el personaje se manifestará tan impuro y/ o desagradecido como su propio creador: como la criatura del doctor Frankenstein que, a decir de este, era el resultado de la parte podrida de su ser. Dice Luisa Valenzuela: "El acto de escribir, para mí, tiene dos capas, una es escribir la historia en sí, y la otra es la pregunta, ¿de dónde ha salido todo esto? ¿Qué es esto? ¿Qué está ocurriendo en la escritura? ¿Qué está diciendo este lenguaje?, entonces hay un choque que aparece ahí, que se cuestiona, y al mismo tiempo hay una historia que pugna por escribirse, por decirse, y son cosas en las que a veces no estoy nada de acuerdo. Lo detesto y lo estoy escribiendo."
El escritor se convierte en instrumento de Dios... en un pequeño dios, por consiguiente. Pero jamás verá en sus personajes instrumentos de sus propias pasiones. Se pone en manos de Dios (o de lo que él o ella tengan por Dios) y pone también a sus personajes, al menos será la impresión que deja el resultado final. No es extraño, por tanto, que el escritor se refiera a sus personajes como seres vivos e independientes, que caminan y respiran por ellos, no gracias a él; tampoco es raro que el estado anímico de estos influya en el escritor, que la muerte de un personaje siembre el luto en su corazón. Si ocurriese lo contrario (el escritor contagie a sus personajes de sus estados de ánimo), resultaría demasiado notorio para el lector. Se acabaría la verosimilitud. Se agotaría la magia de la literatura.

4 Comments:

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    By Blogger Aleksey, at 7:48 p. m.  

  • dos comentarios dos:

    -el gabo confiesa que los personajes se le han salido de las manos, en el olor de la guayaba, la célebre entrevista hecha por su compadre plinio apuleyo mendoza. también añade lo mucho que lloró cuando mató al coronel aureliano buendía.

    -cuando era niña pensaba que Dios estaba tan aburrido cuando creó el mundo, que luego creó a los humanos e hizo con ellos una telenovela. y que al personaje que le caía gordo lo mataba.
    ya de grande, que leí a toscana, a calderón de la barca y demás fauna exótica, supe que no andaba tan errada.

    besos a mi condiscípula sorjuanesca.
    elena

    By Blogger elena, at 2:43 a. m.  

  • Eve, gracias por escribir sobre la autonomía de los personajes. Me ha hecho bien leer esa conferencia. Hace tiempo, cuando leí un cuento tuyo en "Después de la danza" me dijiste que tus personajes tenían vida propia.
    Hace poco trabajando un personaje de principios de siglo experimenté algo muy similar. Este personaje es caprichoso y cuando escribo algo que no quiere hacer se calla y no puedo seguir narrando la novela. Sólo cuando corrijo y cambio el rumbo de los acontecimientos, vuelvo a escuchar su voz y a ver su imagen.
    En fin, quería compartirlo contigo.
    Un abrazo
    Amélie

    By Blogger Dakiny, at 7:53 p. m.  

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    By Blogger Dakiny, at 10:27 p. m.  

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