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All About EVE: La visión de los vencidos es más divertida: René Avilés Fabila

All About EVE

sábado, noviembre 19, 2005

La visión de los vencidos es más divertida: René Avilés Fabila


Este texto de Eve se leyó durante la presentación de la novela "El reino vencido" de René Avilés Fabila, el jueves 27 de octubre de 2005 en la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles, Coyoacán.
El mundo no es una cosa que se explica, sino fundamentalmente una zona de la que hay que salir.
José Vasconcelos
Ulises criollo

“Las mujeres que me quisieron —afirma melancólicamente Emilio Medina Mendoza —siempre estuvieron profundamente cuerdas. El amor y el sexo fueron sombras iluminadas que un monstruoso horno incineró junto con mi cadáver. (p. 239).
Previamente, este homónimo del bonachón personaje de Rousseau nos ha dicho: “(...) soy un hombre que no merece admiración, ni odio, sólo piedad, pues nunca la encontré”. Ser amado por mujeres “profundamente cuerdas” es, a mi parecer, desgracia suficiente para que el alter ego de René Avilés Fabila reniegue de la vida. Hasta ganas dan de brindarle el hombro y azuzarlo: ¡Llora, Emilio, llora!... ¡Tú puedes! No quieras hacerte el macho ahora, ¡llora!... Oh, qué dolor despertar bajas pasiones en mujeres cuerdas (ojo: él jamás ha dicho haber correspondido a tan tiernos sentimientos: en medio de su infinita bondad se ha dejado querer)... como por ejemplo Laura, una gorda portentosa, madre de día, intelectual de noche; hábil artesana del biberón y, al mismo tiempo, toda una experta en desmantelar braguetas; dueña de un marido que haría ruborizarse a Charles Bovary: el buen hombre le acerca los libros... y queda convertido en chivo no precisamente expiatorio, merced la voraz calentura de su Emma de Ciudad Jardín, quien terminará revolcándose en un charco de petróleo con tres obreros de Pémex (no me queda muy claro qué hacía Abigael Bohórquez ahí), sin siquiera el buen gusto de los carruajes y el pañuelito como sebo. Y este es apenas un botón de muestra de lo profundamente cuerdas que son las bellas mujeres que abrumaron a Emilio con cartas perfumadas, las cuales, asaltado por un arrebato de ascesis académica, no se aguantaba de devolverles con correcciones ortográficas, lo que nos habla de su incurable verdadero amor: las palabras (¿Y qué mujer puede competir contra ellas?)
Emilio, como René, su creador, es un asediado novelista, un James Bond de la pluma, con una horda de envidiosos detractores de un lado y una multitud de suspirantes damas por el otro. Es, además, el protagonista de El reino vencido, novela con la que RAF alcanza la cima de su arte como narrador; la novela río que se había negado a escribir dada su predilección por el relato y la crónica. Decirles que no se trata de una novela tradicional sólo abarca más espacio, porque quienes le han seguido desde sus primeras espléndidas novelas como El gran solitario de Palacio o Tantadel, ya saben que es uno de los narradores menos tradicionalistas de las letras mexicanas de fin de siglo... y de los menos snobs también, algo todavía más excepcional en medio de tanta farsantía, de tanta mascarada. Lo que René persigue con toda su alma es mantener el interés del lector desde la primera hasta la última línea, a la usanza de los viejos y colmilludos novelistas norteamericanos con quienes me es imposible no compararlo, particularmente con Miller y con Hemingway. El reino vencido, sin embargo, no es una narración lineal, antes bien está elaborada con base en bruscos saltos en el tiempo, de tal suerte que en una escena vemos a Emilio quitándole el liguero a una señora casada, y en la siguiente aparece Emilio niño, topándose con su primer ejemplar de La Iliada. Con un muy singular sentido del suspense, RAF nos lleva de una emoción a otra, alternando sin recato aspectos frívolos de sus personajes son otros profundamente emotivos y hasta filosóficos, como cuando Emilio refiere la siempre sangrante ausencia de su padre y la agobiante aunque amada omnisciencia de su madre. Los recuerdos son vertidos con la misma arbitrariedad de la memoria real, por lo que nunca dejaremos de conocer más y más aspectos nuevos de la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez del personaje, ni siquiera en el casi cierre, rematado con cierto talante de juicio final. Cuando nos presenta a su “último amor”, en realidad nos depara una sorpresa: no era el último, ni siquiera el penúltimo. Es justo cuando parece que Emilio va a matarse que surgen los personajes más entrañables, como sería el caso de Paco el Calaca, empedernido lector de novelas policiacas que trabaja sólo para costearse su gusto por este tipo de literatura.
El reino vencido, pues, pareciera una novela interminable, pero es, ante todo, la monumental crónica acerca de la fundación de Ciudad Jardín, la cual adquiere la dimensión mítica de una Comala o de un Macondo (aunque nos recuerda más a Sodoma y Gomorra). La enseñanza central de esta novela parece ser que la historia no necesariamente tiene que ser escrita por los vencedores, particularmente si los vencidos tienen mejor ortografía y son más guapos. Emilio da fe de su genealogía, de sus vecinos, de los secretos de esos vecinos (se va poniendo buena la cosa), de sus adulterios, de sus rituales iniciáticos, de sus crímenes, de sus bacanales, de sus arreglos por debajo de la mesa, de sus desvíos financieros y morales... pero sobre todo de la grandeza y posterior decadencia de esta Ciudad Jardín que, como la Ciudad de México misma “se hizo inmensa, absurda e ilógica, perdió sus misterios y sus encantos, se masificó de manera estúpida y supo perder sus aires románticos y su profunda personalidad.” (p. 275). Emilio Medina Mendoza es la memoria de Ciudad Jardín, y si bien expone con indiscreto encanto las intimidades de sus vecinos, muertos la mayoría (por fortuna para RAF), nos habla también de sus propias experiencias, de su transición de niño a adulto y de seductor de barrio a escritor afamado, por lo que estamos también ante una bildungsroman. Los personajes estrafalarios, en especial las mujeres hermosas y dispuestas a todo (y esto incluye a las mosquitas muertas fanáticas de la preservación del himen), se suceden vertiginosamente ante nuestros ojos, tornándose paulatinamente irreconocibles por obra y gracia de la pericia narrativa de RAF. Algunos de los personajes que por aquí desfilan, no necesariamente vecinos de Ciudad Jardín, nos son remotamente conocidos: Carlos Bracho, Dionicio Morales, Abigael Bohórquez, María Luisa Mendoza, Elsa Cross (que espero no lea la novela) y hasta el Flaco Guzmán, actor de churros lopezportillistas sobre ficheras, y que antes de que se me rebelara como un degenerado de buen corazón por RAF me parecía un cómico mexicano del montón. Pero así como Emilio narra al detalle vergüenzas y desvergüenzas de sus vecinos —artistas, intelectuales, proxenetas, beatas, curas precursores de Marcial Maciel, deportistas, mafiosos, comerciantes y hasta el inefable loquito de barrio—, no tiene piedad ni para consigo mismo, y, como el propio RAF, hace gala de inteligencia valemadrista al mofarse de sí mismo. Al acto de convertir en personajes a los seres de carne y hueso, RAF lo denomina, románticamente, “encerrarlos en una novela”.
Así pues, y aunque Emilio se considera un ser infinitamente desdichado que todo se lo ha tenido que arrebatar al destino, y nos lo dice en un discurso conmovedor y profundo, expondrá a continuación una experiencia que dejará morados de envidia a sus lectores, en especial a los que le leen a hurtadillas y juran no conocer su literatura: a los 60 años, tres matrimonios y una inmensa hilera de amantes después, nuestro Emilio encuentra el verdadero amor (¡ya era hora!) en brazos de una bella, culta, refinada y sensible violinista, obviamente veinteañera, que por si fuera poco, colecciona todos sus libros, usa medias negras como las heroínas de las novelas de Emilio (no confundir con RAF, por favor), y además, ¡además!, lo abruma con regalitos como una casita en San Ángel y un condominio en Acapulco... y sin embargo, como buen héroe romántico, Emilio insiste en hacer de esto una tragedia y piensa en el suicidio. Será mi escaso, nulo conocimiento de la naturaleza masculina, particularmente de los que, como Emilio, nacieron machos y heterosexuales en una sociedad de feministas y gays (sic), lo que me impide entender cómo es posible que tras el desfile de largas y bien torneadas piernas enfundadas en medias negras, rematadas algunas con las caras de Jacqueline Bisset, Catherine Deneuve, Kim Novack y Lauren Bacall, Emilio haya optado por desaparecer. ¿Será cierto, como dice aquella canción, que hasta la belleza cansa? (No, Emilio no era fan de José José, pero había leído a Nietszche, que lo dijo mucho antes) Pues sí, Emilio sienta cabeza (qué aburrido), aunque, hay que decirlo para no desanimar a sus posibles lectores, transcurrirán cientos y cientos de páginas, cientos y cientos de orgías, cientos de cornudos, de esposas insatisfechas y de prostitutas ingenuas y de intelectuales depravados y de mafiosos patéticos y de misses México y de hermanas de Lilia Prado y de beatas pervertidas y perversas, para que eso suceda. Y cuando sucede, Emilio reaparece en Tenochtitlán. ¿Cuántos de nosotros, hastiados de la suciedad, la inseguridad, los vendedores ambulantes, ergo, del pinche PRD, no hemos deseado, al menos por un segundo, que esta ciudad truene de una vez por todas y resurja su antiguo esplendor?, dice Emilio: “Ciudad mestiza, criolla, racista, indigna, miserable, incapaz de cuidar sus tesoros y presta a quedar en las manos de cualquiera, sí, ciudad puta (...).” (p. 379).
Quiero comentar que El reino vencido llega a mis manos justo cuando me encuentro trabajando sobre las memorias de Vasconcelos. Imposible no establecer paralelismos entre Avilés Fabila y aquel, aunque, más que las similitudes son las diferencias entre uno y otro las que me incitan esta reflexión: Vasconcelos, que era un narrador verdaderamente extraordinario, carece sin embargo de una virtud que, en el caso de RAF, es emblemática: era incapaz de reírse de sí. Se tomaba demasiado en serio. El Ulises criollo puede llegar a sonar mortalmente solemne cuando se refiere a su propio genio y a sus mujeres, la mayoría de las cuales eran tan profundamente cuerdas como las de Emilio (aunque Emilio es menos menso). RAF, a través de su personaje, el Ulises de Ciudad Jardín, que huérfano de Penélope reconoce que su Ítaca es una vieja desdentada, alude a las mismas cotidianas tragedias de la masculinidad sin perder ese delicioso talante irónico, burlón. Lo más extraordinario es que resulta harto difícil encontrar a un escritor que hable como escribe o viceversa, y lo que se plasma en la obra de Avilés Fabila es, ni más ni menos, su voz cotidiana y la perversidad nata con que cautiva a oyentes y oyentas. Y como Vasconcelos en sus memorias, Emilio-René también nos muestra su cara oculta, la que raramente exhibe en público, y es la de la profundidad de sus ideas y sus conceptos; la de la total entrega a sus convicciones. Ser ateo y comunista para René no es pura pose, como no lo es tampoco para Emilio quien, como su creador, también echa de menos a Dios y a Marx, y “De pronto, un cretino oriental declaró el fin de la historia y el de las ideologías y esta tesis descabellada, aunada a la caída del socialismo “real”, me dejó huérfano. Tuve que refugiarme en el amor y en la amistad”. El reino vencido es, pues, en esta geografía literaria que empieza a desdeñar las obras monumentales, las novelas totales en pro de obras pretenciosas pero muy menores, un último bastión de la creatividad, el genio y la insolencia hecha arte: el último escalafón de la grandiosa generación de narradores a la que pertenece René Avilés Fabila.

1 Comments:

  • cuando fui a san miguel de allende, cayó a mis manos la revista del búho, fabulosa.

    By Blogger elena, at 10:22 p. m.  

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