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All About EVE: diciembre 2005

All About EVE

jueves, diciembre 22, 2005

Cuando la belleza es horrible: Réquiem por una muñeca rota

Ilustración: Hans Bellmer

Publicado en La Jornada Semanal el 5 de noviembre del 2000, en la columna "Ahora paso a retirarme" de la escritora Ana García Bergua, autora de Púrpura y Rosas negras.

RÉQUIEM POR UNA MUÑECA ROTA
Hace poco leía yo en una revista la docta opinión de un experto en belleza; no, no era un profesor de arte ni un doctor en estética, sino un maquillista. Decía que no existen las mujeres feas; sólo las que se cuidan y las que no se cuidan. Me pregunté de qué tendríamos que cuidarnos. También leí en otra revista que dentro de veinte años las mujeres de sesenta años podrán aparentar cuarenta. Me pregunté si yo querría aparentar algo así. Entonces pensé que la fealdad era una amenaza para los otros; que la belleza de las mujeres, en realidad, está teñida de locura y de espanto. Igual que en Réquiem por una muñeca rota, la novela de Eve Gil (Tierra Adentro, CNCA, 2000).
La belleza es horrible. Quiero decir, la belleza industrial de las modelos de los calendarios, la de las y los cantantes que se zangolotean en el televisor; la belleza obligatoria, por no decir el clisé de la belleza interior, que por ser otra obligación y aparte no existir, también es horrible. Réquiem por una muñeca rota trata, entre otras cosas, de ese espanto que es la belleza, de la carne triste con que se fabrica la pulpa de las flamantes páginas de las revistas de moda: niñas explotadas, futuras señoras suicidas, empelucadas, delirantes o sólo anoréxicas en el mejor de los casos. Figuras que venden el cuerpo en las revistas y las secciones de espectáculos de los diarios y que, a la vez, tienen que representar el papel de castas hijas de familia en las secciones de sociales. Esa falsa moral, en este país de doble vista, rompe a las niñas, las despedaza como muñecas y, sin embargo, preserva aquellas partes del cuerpo que podrán concebir hijas que también serán muñecas rotas.
La novela retrata un mundo que quizá para las mujeres educadas, profesionistas, no es tan familiar; ni siquiera se relaciona del todo con la pobreza, que como preocupación nos puede quedar más cerca. Sin embargo, lo respiramos todos los días, en el imperativo de lo femenino, en la angustia por poseer la belleza, por disimular la edad. Al leerla, una puede reaccionar como la mamá de Moramay, la protagonista, aquella señora que guarda las apariencias contra viento y marea, pertrechada tras su mandil de flores y su peinado de salón Paquita: qué desaseo, Eve, déjate ahí, ya no mezcles tantas palabrotas en tu estilo pulimentado, ni expongas esa angustia que se agazapa en el peluche, en los bombones rellenos de cereza, en los perritos falderos.
Moramay y Vanessa, las protagonistas de esta pieza esperpéntica, son hijas del puro disimulo: la gorda Moramay, la que sueña con ser escritora, es hija de un señor muy prominente, entre cuyas posesiones figuran todas las salas de cine de la capital. El papá de Vanessa –la pequeña modelo de trece años explotada por sus padres– es un viejo productor de telenovelas, cubano, especializado en marcar y estropear a las actrices que, por unos minutos de fulgor en la pantalla, deben pagar tributo en su diván. Las madres de ambas son señoras destrozadas, antiguas muñecas perfectas. La madre de Vanessa oculta los abusos del padre a su bella hija; la de Moramay, la violación de que ésta fue víctima a los cinco años. Por su parte, el padre de Moramay oculta a esta esposa y a esta hija de segunda mano, a los ojos de la alta sociedad a la que pertenece. Pareciera que Eve Gil nos dice: hay un acuerdo tácito por ocultar el horror bajo muchas capas de maquillaje; y las principales encargadas de hacerlo son, somos, oh paradoja atroz, las propias mujeres. Y pueden dedicar sus vidas enteras a hacerlo, a limpiar la humillación y el dolor como quien pasa fab sin descanso por los mosaicos de la cocina.
Moramay encuentra a Vanessa y se produce en ella una gran fascinación: su mejor amiga es como un espejo que le devuelve una imagen mejorada: tiene todo lo que a Moramay le falta. Ambas buscarán a los hombres –Vanessa especialmente– como si fuera una obligación, un deber. Pareciera que las apariencias no sirven si no ocultan nada, así que hay que mancillarse para ocultarse después. Un hombre le arruinará a Vanessa, a fuerza de chupetones, el cuerpo y de paso el negocio a su madre, que en ese momento la renta como modelo de ropa interior. Moramay ejercitará una sexualidad muy literaria convirtiendo en folletín por entregas los revolcones de la prefecta de la escuela. Ya arruinadas ambas, mancillada una en el cuerpo y la otra en la reputación, al borde del suicidio, Moramay y Vanessa terminarán por descubrir que, finalmente, no sólo la otra tiene lo que a la una le falta, sino que es todo lo que le falta; es decir, que sin ese mundo de disimulos y apariencias y poder, las dos estarían perfectamente felices, como la tía de Moramay, Lu, con sus novias del equipo de softball femenil las Diablas de Occidente.
Es notable el sentido del humor en esta novela, porque bajo su apariencia de superficialidad, sus referencias múltiples a las canciones de radio y los productos comerciales, termina siendo punzante y doloroso, como un fondo amargo que arrastrara los pequeños sonsonetes que arrullan la vida de la clase media mexicana. Asimismo, los ojos ocupan un lugar curioso y preponderante en la novela de Eve Gil; hay ojos verdes, ojos glaucos, ojos color amaretto, ojos color aceituna. Moramay, la ojona, imagina sus ojos verdes rodando como canicas en el piso; son ojos que miran con azoro, que buscan y hurgan bajo la apariencia, bajo la destructora imagen de la belleza. ¿Qué puede salvar a una mujer, parece preguntarse Eve, que no esté amenazada por la miseria, pero sí por esta conspiración de dietas y ropa de colores, por este tufo a melodrama, a gato siamés, a asfixia y a perfume de pureza supuesta que puede literalmente terminar con su vida, obligarla a renunciar a sus deseos, convertirla en una foto pegada a un papel? A Moramay la salvará la literatura, pero Vanessa quedará condenada, convertida su vida en una virtual pantalla de televisor que la encerrará: “Piensa que no todo es para siempre”, le dirá a su amiga a modo de consuelo, antes de separarse, “que algún día volveremos a reunirnos […], tal vez entonces tú ya seas una famosa escritora, como Corín Tellado… ¡y yo más popular que Yuri o Lucerito…!” Eso sí, luego besará a su amiga metiéndole la lengua hasta la garganta: después de todo, el verdadero amor vive en un plano paralelo a esta realidad, quizá detrás de los espejos.

lunes, diciembre 19, 2005

Las abuelas


Yo tuve dos infancias. Y dos abuelas: una buena y otra mala. La presencia de una y la omnisciencia de de la otra hicieron que la historia de mis primeros años se escribiera bifurcadamente, al grado de hacer de mí dos niñas, una que amaba, otra que odiaba.
Mi abuela buena vivía en una casa embrujada, en una pequeña ciudad del noroeste mexicano. Era la abuela de vacaciones; la de los voraces calores de verano y el calorcillo del hogar de invierno. Ya Hermosillo era mi Ítaca, porque aunque nací sobre el lecho de mi abuela buena (ella asistió mi parto con el hervidero de agua y la esterilización de los instrumentos del tosco médico militar que me sacó, a decir suyo, de un tironcito con sus manototas), los negocios de mi padre nos forzaban a mi mamá y a mí a permanecer en la Ciudad de México: mi Troya. Mi abuela buena, claro, era la mamá de mi mamá, y en la escuela yo no hacía más que contar los días que faltaban para las treguas de agosto y de diciembre. Me esforzaba, verdad que sí, para sacar adelante el grado en curso, de tal suerte que no se me negara el premio de volar a sus brazos (mis primos se burlaban de mí porque era la única que la llamaba “Mamá” en vez del nana que emplean los niños sonorenses: nana es abuela en yaqui, pero para los niños de la capital, y yo era una niña de ciudad, “nana” es la señora que nos cuidaba), y el hecho de que viviera en una casona donde ocurrían cosas raras, era un encanto adicional —¿Fue Emily Dickinson quien dijo que el arte era una casa encantada?—. Mi abuela buena tenía talento (¿de qué otra manera llamarlo?) para atraer espíritus chocarreros. Afirmaba haber visto de niña unas patas de macho cabrío pendiendo, estremecidas y peludas, de la copa de un árbol. Ella se había rehusado a alzar la vista: sólo vio las pezuñas y echó a correr en sentido contrario, desgranando un inconexo rosario de nombre de santos (se le borraron las oraciones de la memoria), y yo siempre le estaba diciendo: anda Mamá, anda, vuélveme a platicar la historia de las patas peludas, anda...
Mi abuela buena, decía, estaba siempre contando historias. Siempre. No necesariamente de fantasmas, también sobre mamá Eleuteria, mi bisabuela, que fue una india mayo a la que “le salían unas trenzas así de gordas como las tuyas”, me decía mientras me peinaba... o de una abuela española, mamá de su papá, mi bisabuelo Santos, llamada Nieves, de la que no recuerdo más que el nombre. Las historias brotaban de los buenos labios de mi abuela buena como perlas.
—Mamá —le dije un día, a la edad de nueve años, mientras ella peinaba mi cabellera en las dos abultadas trenzas negras que le remitían a su madre — ¿Por qué no escribes tus historias?
La respuesta, lo recuerdo, demoró en llegar:
—Porque no sé —confesó fresca, retirando del espejo la mirada de sus ojos joyas, de una tonalidad intermedia entre el azul índigo y el verde esmeralda. Y sin embargo, estoy segura, de ella me viene lo escritora.
Yo, la verdad, solo vi dos fantasmas, yo y otro más. Me explico: a principios de agosto, que es cuando el calor de Hermosillo se eleva por encima de todos los termómetros, alguien tocó a la puerta. Yo tenía la costumbre de asomarme a la ventana antes de abrir.
— ¿Quién es, María? —preguntó extrañada mi abuela buena (la única que usaba mi segundo nombre, el que irónicamente hace honor a mi abuela mala).
—Es un señor viejito con esmoquin negro, sombrilla... y sin pies—no hice más que describirle lo que veía. Era un señor de unos setenta años, militarmente erguido, con una calva rosada y algunos mechones como de pelo de ángel surcándole la cabeza a manera de guirnalda.
Mi abuela buena, obviamente, se rió: ¡Tú y tus bromas, María!, ¿esmoquin? ¿Sombrilla?... ¡Y sin pies!, ¿cómo hace el buen hombre para no caerse? Sin embargo no dudó por un segundo que yo había visto a un señor trajeado y con sombrilla (¡y sin pies!) en pleno Hermosillo, con 50 grados a la sombra. Abrió sonriente mi abuela buena y no había nadie, nadie.
En Hermosillo yo era una niña y en la Ciudad de México, otra. La de Hermosillo se rellenaba como pavo navideño debido a su afición por las papas gigantes con chorizo especialidad de mi abuela buena, y los chemisses que son unos raspados como icebergs, con bolas de nieve y bañados en jarabe de caramelo. Mi tío Chiquis nos llevaba en moto a mi primo Luis Alan y a mí; posteriormente nos llevaría con nuestros sucesivos primos (no tuve hermanos, solo primos hermanos, y apenas nacer yo, se desató la explosión demográfica entre los hijos de mi abuela buena) A veces era mi tío Felipe quien nos acarreaba, y como era jipi nos divertíamos mucho con las persecuciones policiacas de mediados de los setentas. La María de Hermosillo andaba descalza sobre el asfalto caliente (cuestión de práctica: empecé imitando a mis primos y a mis amiguitas del barrio. Al principio arde, arde mucho, pero se va desarrollando un callo protector y es casi como andar en zapatos) y salía a festejar la irrupción de las lluvias aullando como los indios, zambulléndome en las aguas puercas de las calles transformadas en canales, mezclada con los demás niños, revolcándome como un verdadero cerdo, despreocupada y feliz, y mi mamá se ponía a cacarear que a ver si no se me infectaba allá, pero ni le entendía.
La niña que era en la ciudad de México, la de la abuela mala, hubiera contemplado con repugnancia a aquellos niños chapoteando en las calles inundadas. No porque lo sintiera realmente, sino porque había que acoplarse a los usos y costumbres de las niñas ricachonas de mi escuela. Con ellas no se podía hablar de la abuela buena, la que me forjaba trenzas, la que alimentaba gallinas y hacía tortillas inmensas que se desdoblaban como manteles; la que traía aromas de cocina prendidos a su delantal y a sus trenzas coloradas y narraba historias de diablos y marcianos (¡juro que vimos un ovni mientras nos mecíamos en la hamaca del patio y mi abuela buena me hacía piojito con los ojos fijos en el asombroso cielo ciego de Hermosillo!): me habrían juzgado naca. Las abuelas de mis compañeritas eran como mi abuela mala: reclusas en mansiones de tres plantas, recibiendo a diario la visita del fisioterapeuta, presumiendo la heráldica con los visitantes. Nunca un abrazo ni un beso... ya no hablemos de corretear ni de hacer piojitos. Mi abuela mala, la paterna, era quien salía a relucir en mis conversaciones elevadas. Asturiana, viuda de un revolucionario, padecía insensibilidad en los músculos faciales (una embolia, creo: tenía que ejercitar los cachetes todos los días) y vivía en Las Lomas (¿dónde más?) Por supuesto evitaba mencionar lo que pudiera desvirtuar su reputación, por ejemplo, que renegaba de su nexo umbilical con el Médico Asesino (el luchador, claro), al que dio por muerto cuando optó por colgar su brillante futuro como cirujano en la pared (carrera que, por cierto, no había elegido: en esa familia nadie elegía nada. Mi abuela mala repartía destinos entre su prole) y dedicarse de lleno a la lucha libre, su pasión. Mi papá, que nunca osó contradecirla, renunció a su sueño de estudiar cine y se graduó como ingeniero automotriz, aunque compensaría sus inclinaciones cinéfilas comprando el cinito de la esquina. Por eso me identifico más con mi tío, el Médico Asesino (hubiera sido más feliz, pobre, siendo hijo de mi abuela buena).
Era yo muy niña cuando, con aires de misterio, mi mamá me mostró una revista de hojas cenicientas (La familia, año 1953); abrió por la mitad aquella reliquia poblada de señoras gordas y antiguas y señaló una foto sepia en la que aparecían dos parejas: altivas y adustas las señoras. Gesto grave uno de los señores; de plano adormilado el otro, diríase, levemente aburrido (¡mi gesto!, advertí asombrada).
—Adivina quienes son...—canturreó mi madre.
—Este señor sale en mi libro de texto —lo señalé.
—Ah, es el ex presidente Ruíz Cortínez... y esta es su esposa, la madame (¿Por qué madame, pregunté insidiosa, ¿Por madame Pompadour?, mamá esquivó la respuesta con embarazo y prosiguió:) Y estos... son tus abuelos —su tono era triunfal, casi vanidoso. Y cómo no, si la aristocracia les salía hasta por las orejas, principalmente a ella, mi abuela mala. Así fue como la conocí, en una foto a punto de desintegrarse, porque mi abuelo, el General, ya había muerto. Murió, que coincidencia, el año en que nací, “y te quería conocer”, me decía mi mamá muy sonriente, “¡Él sí te quería!”. Miré fijamente a mi abuela mala y confieso que me abrumaron los deseos de abrazarla... no porque me enterneciera, qué va, sino porque a juzgar por su expresión arrogante, su boquita pintada en forma de corazón y la infrahumana faja que le hacía ver un bustazo y una cinturitita, montaría en cólera ante cualquier demostración de afecto que desarreglara su peinado: ¡odio a primera vista!
Ese mismo fin de semana llamé a mi abuela mala. Busqué su número en el listín telefónico. Pensaba decirle: “Abuela, qué fea es usted...”
— ¿Diga? —respondió una voz femenina, grave, altiva, de marcado acento ibérico. No me dio un vuelco el corazón ni mucho menos, solo me sorprendió que no contestara un ama de llaves como las de las películas (a menos que la suya fuera gachupina como ella, cosa harto improbable).
—Buenas tardes —dije, alardeando de buena educación — ¿Es usted doña María?
— ¿Quién allá? —respondió con impecable acento y un cuidado extremo en cada palabra, como si temiera perder los dientes.
—Soy yo, abuela, tu nietita...
Y colgó. ¡La pinche vieja me colgó! Hasta eso, no en forma determinante o grosera, sino con suavidad, casi con dulzura... ¿o con indiferencia? Pues... ¿qué diablos estabas esperando?, me recriminé, ¿que la vieja frígida rompiera en llanto diciendo “¡Oh, eres tú, mi adorada nietita, mi heredera, sangre de mi sangre...he esperado tanto este momento...!
¡Pamplinas!
Mi papá contaba la siguiente anécdota como si fuera un chiste: un día él dejó caer una foto mía sobre la alfombra (persa, seguramente) de su madre. En dicha foto aparecía yo al añito de edad, cabeceando sobre un sofá cubierto de cojines, al lado del tocadiscos Philco donde escuchaba a mi cantante favorito: Raphael (aparecía la portada del disco). Mi frente cóncava, frente Castillo, parecía desproporcionada para mis hombritos. Tal y como calculó, mi perfeccionista abuela mala no tardó en reparar en la basurilla sobre su alfombra, levantó la foto y, mirándola extrañada, inquirió a su obediente vástago: ¿qué hace aquí esta foto tuya, Juan Manuel?, no recuerdo la ropa que traes puesta, el color blanco nunca te ha sentado bien... y jura mi padre que la vieja miró con amor la foto, hasta que él quebrantó el encanto: no soy yo, madre, es mi hija pequeña. ¿Verdad que es igualita a mí? La pinche vieja le extendió la foto de vuelta diciendo: no sé a qué te refieres, Juan Manuel, tú no tienes hijas pequeñas...
¡Ja, ja, ja!, reía mi papá, celebrándole como siempre sus canalladas, y mi mamá lo secundaba diciendo: ¡pinche vieja hiena, jajajaja! Y yo me propuse hacerle la vida cuadros a mi abuela mala, vengarme de su demencia selectiva. Empecé enviándole una suntuosa caja de chocolates hipercalóricos el día de su cumpleaños con una nota: “Con amor en tu bicentenario, tu nietita” Me gasté toda mi mesada, sin contar el gasto del envío desde la florería chocolatería donde la adquirí. Después le hice llamadas en las que me limitaba a respirar densamente en la bocina (Ahí se quedaba la muy canija, aguardando sin duda a que le soltara alguna obscenidad) y no pocas veces dejé mensajes afectuosos en su contestadora:
“Abuela: eres una franquista de mierda, una burguesa fundilluda y frígida, ¿crees que no se en lo que andas, eh? ¿Qué pensarían tus amistades y las Damas de la Vela Perpetua si supieran?, vieja perra degenerada...
En realidad no tenía idea del acto vergonzante en que se suponía había emboscado a mi abuela mala, pero intuía que tenía una larga cola que le pisaran: quería que se sintiera vigilada, acosada y perseguida; que su conciencia, si es que tenía, le hablara con mi voz, la voz de su nietita de diez años (mi edad cuando empecé a torturarla... si torturar a una estatua fuera posible).
Mi abuela mala se libraba de mi acoso sólo cuando yo volaba a los blandos brazos de mi abuela buena. Entonces, olvidaba por completo a la otra. Y de nuevo me convertía en una niña gordotota y feliz que cazaba cigarras, besaba al perro (El Chato, un bóxer) en el hocico, correteaba gallinas, se atiborraba de Chemisses y Rielitos (un dulce de tamarindo en forma de riel); se subía a las copas de los árboles a devorar cañas y limas y arrojar piedras a los transeúntes; rayoneaba con plumín la caparazón de Ava, su tortuga; hacía saltar más alto a los grillos tocándoles las patas; se ponía una escafandra para chapotear en la fuente; desafiaba ostensiblemente a los fantasmas diciéndoles “putos” y no se dormía si antes su abuela buena no me narraba sus historias de terror, ¡anda mamá, anda, vuélveme a contar de cuando viste las patas del diablo! Pero de regreso a la City, a la menor señal de aburrimiento, recordaba a mi abuela mala y me entraba la urgencia de urdir la siguiente maldad en su contra. Lo curioso es que papá, a quien su mamaíta no se le caía de la lengua (era un maldito Edipo), nunca hizo la menor alusión a los ataques de los que era víctima su progenitora, como si ella nunca se lo hubiera mencionado. Me costaba trabajo creer que una vieja que corría a los brazos de su benjamín cada vez que se le partía la uña no le hubiera dicho que un loco le hacía llamadas obscenas, le mandaba chocolates rellenos de champaña y dibujos de abuelas traidoras colgadas de un árbol con la lengua morada, los ojos como crucecitas y los zapatos de tacón suspendidos de los empeines. ¿Será que en el fondo la vieja psicópata lo disfruta?, me preguntaba mientras dibujaba una abuela untada en el pavimento.
Tenía ya trece años cumplidos y dos comunicándome con mi misteriosa abuela mala sin obtener ni una mentada de madre a cambio. Acababa de leer La cándida Eréndira y su abuela la desalmada y pensaba que la abuela de Eréndira era menos peor que la mía porque al menos la vestía y la peinaba, aunque fuera para venderla. La abuela proxeneta surgida de la pluma de García Márquez veía en su nieta una mina de oro, ¡al menos! La mía ni siquiera daba señales de vida, era como hablarle a un pinche maniquí del Palacio de Hierro (apostaría, jajajá, a que mi abuela mala tampoco tenía nada debajo de las faldas). Pues bien, ese día llamé dispuesta a insultarla, con la diferencia de que esta vez la azuzaría para que me contestara de una maldita vez; que me dijera: puerca, bastarda, hija de la gran puta, te voy a matar... ¡algo!...
— ¿Diga?
— ¡Abuela puta!
Silencio. Contuve el aliento con la esperanza de conocer su voz en otras circunstancias, de averiguar como articulaba otra palabra que no fuera “diga”... pero nada. Supe que permanecía en la línea porque percibía su acompasada, dulce respiración. Casi podía olerla: geranios y mentol (papá se la llevaba diciendo que su puta madre olía a geranios y mentol. Ah, y a Samsara). Parecía tranquila, más marmórea que la Victoria de Samotracia cuyos pechitos sin duda acariciaría en esos momentos (Papá comentó alguna vez que mi abuela mala las coleccionaba: Victorias de Samotracias, que por toda la casa las había en diversas tallas, texturas y colores, y en la mesa del teléfono había una que se encontró en cierta excavación en Roma, de porcelana azul...)
— ¡Eres una puta! —Ataqué de nuevo con mayor rabia — ¡Una maldita morsa abotagada llena de celulitis y con los dientes postizos!
Nada. Ahí permanecía mi abuela mala, atenta, quizá aburrida. Tal vez por atención a su nieta no colgaba. Me pareció incluso que encendía su pipa (papá hablaba mucho de esa pipa que él le había traído de Grecia; tenía talladas las feroces caras de los dioses); claramente escuché el sonido del tabaco al prenderse, incluso la primera inhalación, suave y prolongada. Proseguí:
—Usas faja porque tu estómago es un acordeón, hace tres años te operaron los juanetes... ¿crees que no lo sé?, y cada seis meses te inyectan algo en las arrugas para que se te alisen... tu hijito me ha contado eso y más. No sabes cómo nos hemos reído a tus costillas, vieja chaquetera...
Una nueva exhalación, plácida, deleitosa, como si fumara en medio de una playa paradisíaca y no con un auricular entre la oreja y el hombro y una mocosa gritándole majaderías.
— ¿Recuerdas el día del velorio de mi abuelo, tu esposo? —Estaba segura de que con esto terminaría por sacarla de sus casillas —Ese día se te enchuecó la boca... vaya sobresalto que sufriste al ver a todas esas enlutadas desfilar ante el féretro; algunas, incluso, acarreando niños. Todas, sin excepción, se abrazaron a él llorando a gritos y tú, que careces de imaginación, no comprendías nada. Cuando te acercaste a averiguar, se declararon viudas del General Castillo y no supiste para donde voltear: eras el centro de las miradas de políticos, embajadores... hasta el presidente de la república estaba ahí. Te quedaste muda, pelando chicos ojotes. De pronto, como si hubieras dejado de existir, mis abuelastras se miraron entre sí y empezaron a echarse en cara el estarse usurpando. Cada una se creía la legítima, como si nunca hubieran escuchado hablar de ti, la gachupina, heredera de fábricas y gimnasios, y de pronto se armó la batalla campal entre las siete viudas de mi abuelo que mutuamente se arrancaron el velo con todo y pelos, rasguñándose las caras, escupiéndose, diciéndose “putas” frente a tan distinguida clientela. Mis tíos bastardos comenzaron a berrear y a llorar ante el indecoroso espectáculo de sus madres, y tú caíste fulminada por la vergüenza...
Silencio. Exhaló otra vez, algo más profundamente... pero nada más.
—Para ti, el orgullo de casta siempre ha sido lo primero. Sin ningún remordimiento te deshiciste del hijo que te avergonzada ante tus amistades: el Médico Asesino, y de un día para otro ya no tenías seis hijos, sino cinco. Del mismo modo has fingido que no existieron las queridas de mi abuelo, y mucho menos sus numerosos bastardos... ¡Has fingido que no existo yo!
Se me quebró la voz. Me sentí estúpida. Experimenté una súbita y caliente humedad en los ojos. Mi abuela mala seguía fumando como chimenea del otro lado, arrojándome el humo al oído.
—Dime —continué, moqueando — ¿Cómo haces para fingir que no tienes nieta, eh? ¿Nunca te has preguntado, al menos por malsana curiosidad, si me pareceré demasiado a ti, si no seré mejor compañía que los abrigos de pieles y las manicuristas estúpidas a las que cacheteas? ¿Si seré lo bastante inteligente para mantener una conversación a tu altura? ¿Si soy gorda o flaca, güera o morena, alta o chaparra? ¿Qué clase de abuela eres que has dado por muerta a tu nieta pequeña sin darle oportunidad de ganarse tu corazón?
Silencio. Ella seguía fumando, pensativa acaso, pero muda... muda como el mármol, sopesando acaso mi pregunta pero sin encontrar la respuesta apropiada.
— ¡Finalmente no te necesito! —Le grité — ¿Para que me serviría tener una abuela ridícula y torpe como tú, eh? Una abuela que parece catálogo de joyas y a la que le tiembla la papada cuando se enoja. Una abuela que se deshace de lo que le avergüenza como si fuera basura... que se avergüenza de mí. Si nunca me has querido, yo menos... más aún, el día que te mueras voy a hacer una fiesta, bailaré sobre tu tumba, le diré al mundo que te odio, que me avergüenzo de llevar tu sangre, que si pudiera, me la sacaría, hasta la última gota, ¡aghhhh, abuela, cómo te odio, como te...!
Por toda respuesta, mi abuela mala colgó muy suavemente, como si en el fondo no quisiera lastimar mis sentimientos... y yo ya no tuve fuerzas para volver a marcar. Colgué despacio también, como no queriendo despertar... ¿a quien? En realidad el auricular se había caído de mis manos... ¿cuales manos?, no sentía los dedos... no tenía dedos... ni las lunitas en cuarto menguante de mis uñas... no las veía... no tenía... para mi abuela mala yo era tan fantasmal como para mí el viejito del esmoquin y la sombrilla... Qué digo... al viejito del esmoquin lo vi, mi abuela mala no me veía, no me veía... si acaso escuchaba mis pasos y se había habituado a ellos. Desee entonces tener a mi abuela buena, una nana en cuyo regazo pudiera apoyar mi cabeza y llorar y llorar hasta quedarme dormida mientras me hacía piojito y me cantaba una dulce canción mayo...

miércoles, diciembre 07, 2005

Libros de mi buró

Imágenes del desasosiego: el descrubrimiento de un escritor fuera de serie

Eve Gil
En estos tiempos globalizados, la injerencia o presión ejercida por las popularmente llamadas “capillas” o “mafias literarias” podrá no ser tan determinante, aunque es probable que en otros tiempos, cuando no existía más intercambio que con los intelectuales de a lado, la influencia de los “mafiosos” pesara mucho más el éxito o el silenciamiento de un escritor. Muchos de esos silenciados obtuvieron el reconocimiento post mortem... pienso, por ejemplo, en el poeta sonorense Abigael Bohórquez. Pero un caso que considero cercano a lo patético, es el del narrador michoacano José Ceballos Maldonado (1919-1995), de quien la Secretaría de Cultura de Michoacán acaba de publicar una antología bellamente editada de sus mejores cuentos titulada Imágenes del desasosiego, la cual abre una colección de narrativa titulada Vagones. Dicho libro, me temo, no traspasará las fronteras de la ciudad de Morelia, lo cual, luego de leerlo, considero, más que una lástima, una tragedia. Aunque muerto en 1995, su publicación más reciente data de 1974.
José Ceballos, que en vida publicó dos libros de cuentos, Blas Ojeda (1963) y Del amor y otras intoxicaciones (1974), y cuatro novelas, Bajo la piel (1966), Después de todo (1969), El demonio apacible (1969) y Fuga a ciegas, de próxima aparición, es un autor que merece una suerte infinitamente mejor a la corrida hasta la fecha. Para empezar, no sólo se trata de un extraordinario narrador, que exhibe virtudes más que esenciales para una pluma con oficio, sino que además, y sobre todo, se revela como alguien dramáticamente adelantado a su tiempo: quien se asome a su narrativa sin saber que procede de un escritor muerto a los setenta y pico de años, hace una década, podría pensar que se trata de un hombre o una mujer muy joven de nuestros días debido a la asombrosa actualidad de sus temas y del tratamiento de los mismos. Alrededor de JCM sólo escuché el comentario de que fue el primero en abordar abiertamente la temática homosexual. Héctor Ceballos Maldonado, hijo y rescatador de la obra de este escritor raro, lo describe, en una semblanza a su memoria, como un médico pediatra que, paradójicamente, detestaba a los niños, y hace hincapié en su enorme afición por Stendahl y John Doss Pasos. Alfredo Villanueva Collado cita la novela Después de todo como una de las pocas obras latinoamericanas que no refieren la homosexualidad como un vicio o una tragedia, algo en lo que contrasta incluso con el narrador emblemático del mundo gay, Luis Zapata. Sin embargo, no solo es el primero en esto, sino en abordar con llaneza la realidad sexual de los mexicanos, particularmente los de la mal llamada provincia, en una implícita alusión a la doble moral que sigue predominando en nuestra sociedad, así como el hasta hace poco tema tabú de la sexualidad femenina. Esto, y el hecho señalado por Héctor Ceballos Garibay de JCM, de que varios de sus personajes eran reconocibles dentro de la sociedad michoacana, pudo haber contribuido asimismo a que su obra no haya sido lo suficientemente promovida. En el prólogo a Imágenes del desasosiego, Héctor Ceballos señala algo con lo que no puedo estar más de acuerdo: “(...) el anecdotario sólo adquiría dimensión y relevancia literarias si el narrador, gracias a su talento y oficio, era capaz de recrear los asuntos confiriéndoles calidad estética. Al respecto, vale aquí repetir una verdad de perogrullo: aunque sea muy interesante una historia determinada, no es lo mismo transcribirla al papel tal cual se ha escuchado, que narrarla con todos los atributos inherentes a la buena literatura (...)” La vida que palpita en los once cuentos antologados en Imágenes..., no obedece al hecho de haber sido inspirados en personas y situaciones reales, sino al talento, a la sensibilidad y al notable oficio literario de su autor. Sus personajes caminan y transpiran por sí mismos: no le fueron arrancados a la realidad, sino recreados a partir de la misma. No concuerdo con la gran mayoría de las notas periodísticas que reseñan la presentación de este libro e insisten en señalar a JCM como un erotómano, pues el erotismo no es sino un síntoma de humanidad en sus personajes, no el tema central de los relatos. Nadie menciona la asombrosa habilidad del autor para exponer la compleja psicología de sus caracteres; su despiadado ojo al diseccionar las taras sociales y culturales que los constituye en cuanto individuos. Lejos, muy lejos de la pornografía per se, los personajes de JCM son más vulnerables que perversos; más víctimas que depravados. No son sino seres humanos sujetos a la ambivalente moral provinciana que impone el disimulo en público y la exacerbación de los vicios en privado. Los relatos de JCM son, ante todo, retratos de una sociedad decadente cuya base está por desmoronarse debido al absurdo de los conceptos que nos han regido desde tiempos inmemorables: de ahí que el joven seductor de la señora respetable más atractiva de Uruapan, experimente un horrible vacío tras yacer con ella... o que el presuntuoso matón Blas Ojeda caiga en el más pudoroso mutismo tras jactarse durante horas de sus aventuras sexuales ante un anonadado joven que termina mirándolo con asco... o que la joven narradora de “El hombre ideal” reaccione con inusitado cinismo ante la traición de su sofisticado amante. Todos esperan lo peor de los demás pero, mientras se suscita la caída de las máscaras, sacan el mayor de los provechos. “¿Cómo te atreves a decir que las ideas han de ceñirse rigurosamente a su país de origen? –espeta un personaje de “La cena”, en una época de arraigado y casi pueril nacionalismo: el México de Adolfo López Mateos: —¿Qué necedad es esa? Si fuera operante tu principio, el mismo cristianismo no hubiera sido otra cosa que una minúscula secta judía, en Palestina, donde se originó, y a estas alturas estarías adorando a Huitzilopochtli (...)”
Así, pues, se trata de un narrador mucho más profundo de lo que han insinuado los comentaristas y su aporte a nuestras letras va mucho más allá del lenguaje atrevido: su prosa, carente de ternezas y barroquismos, que no de poesía, se nos presenta mucho más próxima a, por ejemplo, Guillermo Fadanelli, que a la de contemporáneos de JCM como Juan Rulfo o José Revueltas.


 

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