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All About EVE: Las abuelas

All About EVE

lunes, diciembre 19, 2005

Las abuelas


Yo tuve dos infancias. Y dos abuelas: una buena y otra mala. La presencia de una y la omnisciencia de de la otra hicieron que la historia de mis primeros años se escribiera bifurcadamente, al grado de hacer de mí dos niñas, una que amaba, otra que odiaba.
Mi abuela buena vivía en una casa embrujada, en una pequeña ciudad del noroeste mexicano. Era la abuela de vacaciones; la de los voraces calores de verano y el calorcillo del hogar de invierno. Ya Hermosillo era mi Ítaca, porque aunque nací sobre el lecho de mi abuela buena (ella asistió mi parto con el hervidero de agua y la esterilización de los instrumentos del tosco médico militar que me sacó, a decir suyo, de un tironcito con sus manototas), los negocios de mi padre nos forzaban a mi mamá y a mí a permanecer en la Ciudad de México: mi Troya. Mi abuela buena, claro, era la mamá de mi mamá, y en la escuela yo no hacía más que contar los días que faltaban para las treguas de agosto y de diciembre. Me esforzaba, verdad que sí, para sacar adelante el grado en curso, de tal suerte que no se me negara el premio de volar a sus brazos (mis primos se burlaban de mí porque era la única que la llamaba “Mamá” en vez del nana que emplean los niños sonorenses: nana es abuela en yaqui, pero para los niños de la capital, y yo era una niña de ciudad, “nana” es la señora que nos cuidaba), y el hecho de que viviera en una casona donde ocurrían cosas raras, era un encanto adicional —¿Fue Emily Dickinson quien dijo que el arte era una casa encantada?—. Mi abuela buena tenía talento (¿de qué otra manera llamarlo?) para atraer espíritus chocarreros. Afirmaba haber visto de niña unas patas de macho cabrío pendiendo, estremecidas y peludas, de la copa de un árbol. Ella se había rehusado a alzar la vista: sólo vio las pezuñas y echó a correr en sentido contrario, desgranando un inconexo rosario de nombre de santos (se le borraron las oraciones de la memoria), y yo siempre le estaba diciendo: anda Mamá, anda, vuélveme a platicar la historia de las patas peludas, anda...
Mi abuela buena, decía, estaba siempre contando historias. Siempre. No necesariamente de fantasmas, también sobre mamá Eleuteria, mi bisabuela, que fue una india mayo a la que “le salían unas trenzas así de gordas como las tuyas”, me decía mientras me peinaba... o de una abuela española, mamá de su papá, mi bisabuelo Santos, llamada Nieves, de la que no recuerdo más que el nombre. Las historias brotaban de los buenos labios de mi abuela buena como perlas.
—Mamá —le dije un día, a la edad de nueve años, mientras ella peinaba mi cabellera en las dos abultadas trenzas negras que le remitían a su madre — ¿Por qué no escribes tus historias?
La respuesta, lo recuerdo, demoró en llegar:
—Porque no sé —confesó fresca, retirando del espejo la mirada de sus ojos joyas, de una tonalidad intermedia entre el azul índigo y el verde esmeralda. Y sin embargo, estoy segura, de ella me viene lo escritora.
Yo, la verdad, solo vi dos fantasmas, yo y otro más. Me explico: a principios de agosto, que es cuando el calor de Hermosillo se eleva por encima de todos los termómetros, alguien tocó a la puerta. Yo tenía la costumbre de asomarme a la ventana antes de abrir.
— ¿Quién es, María? —preguntó extrañada mi abuela buena (la única que usaba mi segundo nombre, el que irónicamente hace honor a mi abuela mala).
—Es un señor viejito con esmoquin negro, sombrilla... y sin pies—no hice más que describirle lo que veía. Era un señor de unos setenta años, militarmente erguido, con una calva rosada y algunos mechones como de pelo de ángel surcándole la cabeza a manera de guirnalda.
Mi abuela buena, obviamente, se rió: ¡Tú y tus bromas, María!, ¿esmoquin? ¿Sombrilla?... ¡Y sin pies!, ¿cómo hace el buen hombre para no caerse? Sin embargo no dudó por un segundo que yo había visto a un señor trajeado y con sombrilla (¡y sin pies!) en pleno Hermosillo, con 50 grados a la sombra. Abrió sonriente mi abuela buena y no había nadie, nadie.
En Hermosillo yo era una niña y en la Ciudad de México, otra. La de Hermosillo se rellenaba como pavo navideño debido a su afición por las papas gigantes con chorizo especialidad de mi abuela buena, y los chemisses que son unos raspados como icebergs, con bolas de nieve y bañados en jarabe de caramelo. Mi tío Chiquis nos llevaba en moto a mi primo Luis Alan y a mí; posteriormente nos llevaría con nuestros sucesivos primos (no tuve hermanos, solo primos hermanos, y apenas nacer yo, se desató la explosión demográfica entre los hijos de mi abuela buena) A veces era mi tío Felipe quien nos acarreaba, y como era jipi nos divertíamos mucho con las persecuciones policiacas de mediados de los setentas. La María de Hermosillo andaba descalza sobre el asfalto caliente (cuestión de práctica: empecé imitando a mis primos y a mis amiguitas del barrio. Al principio arde, arde mucho, pero se va desarrollando un callo protector y es casi como andar en zapatos) y salía a festejar la irrupción de las lluvias aullando como los indios, zambulléndome en las aguas puercas de las calles transformadas en canales, mezclada con los demás niños, revolcándome como un verdadero cerdo, despreocupada y feliz, y mi mamá se ponía a cacarear que a ver si no se me infectaba allá, pero ni le entendía.
La niña que era en la ciudad de México, la de la abuela mala, hubiera contemplado con repugnancia a aquellos niños chapoteando en las calles inundadas. No porque lo sintiera realmente, sino porque había que acoplarse a los usos y costumbres de las niñas ricachonas de mi escuela. Con ellas no se podía hablar de la abuela buena, la que me forjaba trenzas, la que alimentaba gallinas y hacía tortillas inmensas que se desdoblaban como manteles; la que traía aromas de cocina prendidos a su delantal y a sus trenzas coloradas y narraba historias de diablos y marcianos (¡juro que vimos un ovni mientras nos mecíamos en la hamaca del patio y mi abuela buena me hacía piojito con los ojos fijos en el asombroso cielo ciego de Hermosillo!): me habrían juzgado naca. Las abuelas de mis compañeritas eran como mi abuela mala: reclusas en mansiones de tres plantas, recibiendo a diario la visita del fisioterapeuta, presumiendo la heráldica con los visitantes. Nunca un abrazo ni un beso... ya no hablemos de corretear ni de hacer piojitos. Mi abuela mala, la paterna, era quien salía a relucir en mis conversaciones elevadas. Asturiana, viuda de un revolucionario, padecía insensibilidad en los músculos faciales (una embolia, creo: tenía que ejercitar los cachetes todos los días) y vivía en Las Lomas (¿dónde más?) Por supuesto evitaba mencionar lo que pudiera desvirtuar su reputación, por ejemplo, que renegaba de su nexo umbilical con el Médico Asesino (el luchador, claro), al que dio por muerto cuando optó por colgar su brillante futuro como cirujano en la pared (carrera que, por cierto, no había elegido: en esa familia nadie elegía nada. Mi abuela mala repartía destinos entre su prole) y dedicarse de lleno a la lucha libre, su pasión. Mi papá, que nunca osó contradecirla, renunció a su sueño de estudiar cine y se graduó como ingeniero automotriz, aunque compensaría sus inclinaciones cinéfilas comprando el cinito de la esquina. Por eso me identifico más con mi tío, el Médico Asesino (hubiera sido más feliz, pobre, siendo hijo de mi abuela buena).
Era yo muy niña cuando, con aires de misterio, mi mamá me mostró una revista de hojas cenicientas (La familia, año 1953); abrió por la mitad aquella reliquia poblada de señoras gordas y antiguas y señaló una foto sepia en la que aparecían dos parejas: altivas y adustas las señoras. Gesto grave uno de los señores; de plano adormilado el otro, diríase, levemente aburrido (¡mi gesto!, advertí asombrada).
—Adivina quienes son...—canturreó mi madre.
—Este señor sale en mi libro de texto —lo señalé.
—Ah, es el ex presidente Ruíz Cortínez... y esta es su esposa, la madame (¿Por qué madame, pregunté insidiosa, ¿Por madame Pompadour?, mamá esquivó la respuesta con embarazo y prosiguió:) Y estos... son tus abuelos —su tono era triunfal, casi vanidoso. Y cómo no, si la aristocracia les salía hasta por las orejas, principalmente a ella, mi abuela mala. Así fue como la conocí, en una foto a punto de desintegrarse, porque mi abuelo, el General, ya había muerto. Murió, que coincidencia, el año en que nací, “y te quería conocer”, me decía mi mamá muy sonriente, “¡Él sí te quería!”. Miré fijamente a mi abuela mala y confieso que me abrumaron los deseos de abrazarla... no porque me enterneciera, qué va, sino porque a juzgar por su expresión arrogante, su boquita pintada en forma de corazón y la infrahumana faja que le hacía ver un bustazo y una cinturitita, montaría en cólera ante cualquier demostración de afecto que desarreglara su peinado: ¡odio a primera vista!
Ese mismo fin de semana llamé a mi abuela mala. Busqué su número en el listín telefónico. Pensaba decirle: “Abuela, qué fea es usted...”
— ¿Diga? —respondió una voz femenina, grave, altiva, de marcado acento ibérico. No me dio un vuelco el corazón ni mucho menos, solo me sorprendió que no contestara un ama de llaves como las de las películas (a menos que la suya fuera gachupina como ella, cosa harto improbable).
—Buenas tardes —dije, alardeando de buena educación — ¿Es usted doña María?
— ¿Quién allá? —respondió con impecable acento y un cuidado extremo en cada palabra, como si temiera perder los dientes.
—Soy yo, abuela, tu nietita...
Y colgó. ¡La pinche vieja me colgó! Hasta eso, no en forma determinante o grosera, sino con suavidad, casi con dulzura... ¿o con indiferencia? Pues... ¿qué diablos estabas esperando?, me recriminé, ¿que la vieja frígida rompiera en llanto diciendo “¡Oh, eres tú, mi adorada nietita, mi heredera, sangre de mi sangre...he esperado tanto este momento...!
¡Pamplinas!
Mi papá contaba la siguiente anécdota como si fuera un chiste: un día él dejó caer una foto mía sobre la alfombra (persa, seguramente) de su madre. En dicha foto aparecía yo al añito de edad, cabeceando sobre un sofá cubierto de cojines, al lado del tocadiscos Philco donde escuchaba a mi cantante favorito: Raphael (aparecía la portada del disco). Mi frente cóncava, frente Castillo, parecía desproporcionada para mis hombritos. Tal y como calculó, mi perfeccionista abuela mala no tardó en reparar en la basurilla sobre su alfombra, levantó la foto y, mirándola extrañada, inquirió a su obediente vástago: ¿qué hace aquí esta foto tuya, Juan Manuel?, no recuerdo la ropa que traes puesta, el color blanco nunca te ha sentado bien... y jura mi padre que la vieja miró con amor la foto, hasta que él quebrantó el encanto: no soy yo, madre, es mi hija pequeña. ¿Verdad que es igualita a mí? La pinche vieja le extendió la foto de vuelta diciendo: no sé a qué te refieres, Juan Manuel, tú no tienes hijas pequeñas...
¡Ja, ja, ja!, reía mi papá, celebrándole como siempre sus canalladas, y mi mamá lo secundaba diciendo: ¡pinche vieja hiena, jajajaja! Y yo me propuse hacerle la vida cuadros a mi abuela mala, vengarme de su demencia selectiva. Empecé enviándole una suntuosa caja de chocolates hipercalóricos el día de su cumpleaños con una nota: “Con amor en tu bicentenario, tu nietita” Me gasté toda mi mesada, sin contar el gasto del envío desde la florería chocolatería donde la adquirí. Después le hice llamadas en las que me limitaba a respirar densamente en la bocina (Ahí se quedaba la muy canija, aguardando sin duda a que le soltara alguna obscenidad) y no pocas veces dejé mensajes afectuosos en su contestadora:
“Abuela: eres una franquista de mierda, una burguesa fundilluda y frígida, ¿crees que no se en lo que andas, eh? ¿Qué pensarían tus amistades y las Damas de la Vela Perpetua si supieran?, vieja perra degenerada...
En realidad no tenía idea del acto vergonzante en que se suponía había emboscado a mi abuela mala, pero intuía que tenía una larga cola que le pisaran: quería que se sintiera vigilada, acosada y perseguida; que su conciencia, si es que tenía, le hablara con mi voz, la voz de su nietita de diez años (mi edad cuando empecé a torturarla... si torturar a una estatua fuera posible).
Mi abuela mala se libraba de mi acoso sólo cuando yo volaba a los blandos brazos de mi abuela buena. Entonces, olvidaba por completo a la otra. Y de nuevo me convertía en una niña gordotota y feliz que cazaba cigarras, besaba al perro (El Chato, un bóxer) en el hocico, correteaba gallinas, se atiborraba de Chemisses y Rielitos (un dulce de tamarindo en forma de riel); se subía a las copas de los árboles a devorar cañas y limas y arrojar piedras a los transeúntes; rayoneaba con plumín la caparazón de Ava, su tortuga; hacía saltar más alto a los grillos tocándoles las patas; se ponía una escafandra para chapotear en la fuente; desafiaba ostensiblemente a los fantasmas diciéndoles “putos” y no se dormía si antes su abuela buena no me narraba sus historias de terror, ¡anda mamá, anda, vuélveme a contar de cuando viste las patas del diablo! Pero de regreso a la City, a la menor señal de aburrimiento, recordaba a mi abuela mala y me entraba la urgencia de urdir la siguiente maldad en su contra. Lo curioso es que papá, a quien su mamaíta no se le caía de la lengua (era un maldito Edipo), nunca hizo la menor alusión a los ataques de los que era víctima su progenitora, como si ella nunca se lo hubiera mencionado. Me costaba trabajo creer que una vieja que corría a los brazos de su benjamín cada vez que se le partía la uña no le hubiera dicho que un loco le hacía llamadas obscenas, le mandaba chocolates rellenos de champaña y dibujos de abuelas traidoras colgadas de un árbol con la lengua morada, los ojos como crucecitas y los zapatos de tacón suspendidos de los empeines. ¿Será que en el fondo la vieja psicópata lo disfruta?, me preguntaba mientras dibujaba una abuela untada en el pavimento.
Tenía ya trece años cumplidos y dos comunicándome con mi misteriosa abuela mala sin obtener ni una mentada de madre a cambio. Acababa de leer La cándida Eréndira y su abuela la desalmada y pensaba que la abuela de Eréndira era menos peor que la mía porque al menos la vestía y la peinaba, aunque fuera para venderla. La abuela proxeneta surgida de la pluma de García Márquez veía en su nieta una mina de oro, ¡al menos! La mía ni siquiera daba señales de vida, era como hablarle a un pinche maniquí del Palacio de Hierro (apostaría, jajajá, a que mi abuela mala tampoco tenía nada debajo de las faldas). Pues bien, ese día llamé dispuesta a insultarla, con la diferencia de que esta vez la azuzaría para que me contestara de una maldita vez; que me dijera: puerca, bastarda, hija de la gran puta, te voy a matar... ¡algo!...
— ¿Diga?
— ¡Abuela puta!
Silencio. Contuve el aliento con la esperanza de conocer su voz en otras circunstancias, de averiguar como articulaba otra palabra que no fuera “diga”... pero nada. Supe que permanecía en la línea porque percibía su acompasada, dulce respiración. Casi podía olerla: geranios y mentol (papá se la llevaba diciendo que su puta madre olía a geranios y mentol. Ah, y a Samsara). Parecía tranquila, más marmórea que la Victoria de Samotracia cuyos pechitos sin duda acariciaría en esos momentos (Papá comentó alguna vez que mi abuela mala las coleccionaba: Victorias de Samotracias, que por toda la casa las había en diversas tallas, texturas y colores, y en la mesa del teléfono había una que se encontró en cierta excavación en Roma, de porcelana azul...)
— ¡Eres una puta! —Ataqué de nuevo con mayor rabia — ¡Una maldita morsa abotagada llena de celulitis y con los dientes postizos!
Nada. Ahí permanecía mi abuela mala, atenta, quizá aburrida. Tal vez por atención a su nieta no colgaba. Me pareció incluso que encendía su pipa (papá hablaba mucho de esa pipa que él le había traído de Grecia; tenía talladas las feroces caras de los dioses); claramente escuché el sonido del tabaco al prenderse, incluso la primera inhalación, suave y prolongada. Proseguí:
—Usas faja porque tu estómago es un acordeón, hace tres años te operaron los juanetes... ¿crees que no lo sé?, y cada seis meses te inyectan algo en las arrugas para que se te alisen... tu hijito me ha contado eso y más. No sabes cómo nos hemos reído a tus costillas, vieja chaquetera...
Una nueva exhalación, plácida, deleitosa, como si fumara en medio de una playa paradisíaca y no con un auricular entre la oreja y el hombro y una mocosa gritándole majaderías.
— ¿Recuerdas el día del velorio de mi abuelo, tu esposo? —Estaba segura de que con esto terminaría por sacarla de sus casillas —Ese día se te enchuecó la boca... vaya sobresalto que sufriste al ver a todas esas enlutadas desfilar ante el féretro; algunas, incluso, acarreando niños. Todas, sin excepción, se abrazaron a él llorando a gritos y tú, que careces de imaginación, no comprendías nada. Cuando te acercaste a averiguar, se declararon viudas del General Castillo y no supiste para donde voltear: eras el centro de las miradas de políticos, embajadores... hasta el presidente de la república estaba ahí. Te quedaste muda, pelando chicos ojotes. De pronto, como si hubieras dejado de existir, mis abuelastras se miraron entre sí y empezaron a echarse en cara el estarse usurpando. Cada una se creía la legítima, como si nunca hubieran escuchado hablar de ti, la gachupina, heredera de fábricas y gimnasios, y de pronto se armó la batalla campal entre las siete viudas de mi abuelo que mutuamente se arrancaron el velo con todo y pelos, rasguñándose las caras, escupiéndose, diciéndose “putas” frente a tan distinguida clientela. Mis tíos bastardos comenzaron a berrear y a llorar ante el indecoroso espectáculo de sus madres, y tú caíste fulminada por la vergüenza...
Silencio. Exhaló otra vez, algo más profundamente... pero nada más.
—Para ti, el orgullo de casta siempre ha sido lo primero. Sin ningún remordimiento te deshiciste del hijo que te avergonzada ante tus amistades: el Médico Asesino, y de un día para otro ya no tenías seis hijos, sino cinco. Del mismo modo has fingido que no existieron las queridas de mi abuelo, y mucho menos sus numerosos bastardos... ¡Has fingido que no existo yo!
Se me quebró la voz. Me sentí estúpida. Experimenté una súbita y caliente humedad en los ojos. Mi abuela mala seguía fumando como chimenea del otro lado, arrojándome el humo al oído.
—Dime —continué, moqueando — ¿Cómo haces para fingir que no tienes nieta, eh? ¿Nunca te has preguntado, al menos por malsana curiosidad, si me pareceré demasiado a ti, si no seré mejor compañía que los abrigos de pieles y las manicuristas estúpidas a las que cacheteas? ¿Si seré lo bastante inteligente para mantener una conversación a tu altura? ¿Si soy gorda o flaca, güera o morena, alta o chaparra? ¿Qué clase de abuela eres que has dado por muerta a tu nieta pequeña sin darle oportunidad de ganarse tu corazón?
Silencio. Ella seguía fumando, pensativa acaso, pero muda... muda como el mármol, sopesando acaso mi pregunta pero sin encontrar la respuesta apropiada.
— ¡Finalmente no te necesito! —Le grité — ¿Para que me serviría tener una abuela ridícula y torpe como tú, eh? Una abuela que parece catálogo de joyas y a la que le tiembla la papada cuando se enoja. Una abuela que se deshace de lo que le avergüenza como si fuera basura... que se avergüenza de mí. Si nunca me has querido, yo menos... más aún, el día que te mueras voy a hacer una fiesta, bailaré sobre tu tumba, le diré al mundo que te odio, que me avergüenzo de llevar tu sangre, que si pudiera, me la sacaría, hasta la última gota, ¡aghhhh, abuela, cómo te odio, como te...!
Por toda respuesta, mi abuela mala colgó muy suavemente, como si en el fondo no quisiera lastimar mis sentimientos... y yo ya no tuve fuerzas para volver a marcar. Colgué despacio también, como no queriendo despertar... ¿a quien? En realidad el auricular se había caído de mis manos... ¿cuales manos?, no sentía los dedos... no tenía dedos... ni las lunitas en cuarto menguante de mis uñas... no las veía... no tenía... para mi abuela mala yo era tan fantasmal como para mí el viejito del esmoquin y la sombrilla... Qué digo... al viejito del esmoquin lo vi, mi abuela mala no me veía, no me veía... si acaso escuchaba mis pasos y se había habituado a ellos. Desee entonces tener a mi abuela buena, una nana en cuyo regazo pudiera apoyar mi cabeza y llorar y llorar hasta quedarme dormida mientras me hacía piojito y me cantaba una dulce canción mayo...


 

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