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All About EVE: septiembre 2005

All About EVE

miércoles, septiembre 21, 2005

Entrevista de la poeta sonorense Gloria del Yaqui con Eve Gil


¿Quiénes han influido para tu desarrollo como escritora?
Exclusivamente los libros. Nunca tuve un ejemplo viviente que me atrajera hacia la escritura. Mi mamá era muy lectora, eso sí. Mi papá, ahora caigo en cuenta, también, porque nos ponía apodos que más tarde supe que eran nombres de personajes de Juan Rulfo (siendo pequeña me decía "Anacleta Morones", y yo me moría de la risa con el nombrecito).

¿Qué significa tu madre en este trabajo tan celoso pero satisfactorio?
Mi mamá fue mi primer lectora y, a decir suyo, mi primer fan. Durante la etapa en que ella atravesó por una depresión fortísima, yo, a los dieciséis años, la entretenía escribiéndole historias. Primero se las planteaba oralmente, y si la veía entusiasmada, las desarrollaba por escrito. Y de ese modo la ayudé a sobrellevar el doloroso trance.

No soy de las personas que voltea hacia atrás, pero ¿Por qué te fuiste de Sonora?
Te lo resumo en tres palabras: Censura, Misoginia y Persecución moral, tres circunstancias que padecí sin tregua a partir del momento en que gané el célebre concurso La Gran Novela Sonorense. Ahora bien: aclaro que no necesariamente fueron hombres mis detractores, y era doblemente doloroso que algunas señoras se afanaran en despedazar mi reputación. Fue algo muy triste pero que me aportó la más valiosa lección de mi vida: finalmente, todas las cosas malas se le devuelven a sus remitentes. El destinatario se queda con la experiencia y el aprendizaje.

¿Qué extrañas de aquí?
¡A ti!, bueno, a algunas personas... extraño llevar flores a la tumba de mi abuela y de mi tía Lulú; extraño el paseíllo diario de la UNISON a mi casa; extraño las libretas universitarias (que a México no llegan); extraño las tardes de lluvia con sol, mi cafecito del Sanborns, los viejitos con los que me reunía a platicar en el Sanborns, Librolandia, las papotas que hacía mi abuelita, Radio Sonora.

¿Por qué te cambiaste el nombre?, ¿Por qué ahora Eve?
Por tres razones: la primera porque nadie pronunciaba correctamente mi nombre, y el "Avelina" y el "Evangelina" me sonaban a mentada de madre. La segunda, porque fue una manera simbólica de dar paso a una nueva etapa. La tercera: porque así me nombraba Abigael Bohórquez, "La Eve Gil".

¿Qué sientes al volver como una triunfadora? porque tu esfuerzo ha sido valorado y lo sabemos.
No, no vuelvo como triunfadora... ¡ojalá!, digamos mejor que regreso para decirles: "Aquí estoy, nunca he dejado de pensar en ustedes... y todo lo que hago lo hago pensando en mi gente". Siento que he logrado mucho, a cambio de trabajar mucho; que de algún modo he conseguido demostrar, demostrarme de lo que soy capaz, pero nunca me consideraré una triunfadora porque yo opté por la vía del aprendizaje perpetuo, y cuando se elige ser aprendiz se da por hecho que nunca se debe cantar victoria.

¿Qué has hecho fuera de aquí, porque nos quedamos con tu presencia, con Electra masacrda y con Hombres necios (sin alusión, que conste)
Trabajar mucho, leer mucho, escribir lo suficiente, publicar dos novelas, colaborar en diversos medios. La literatura es mi vida.

¿A qué balance llegas después de todo?
Que qué bueno que hubo gente que puso todo de su parte para hacerme emprender nuevos horizontes. Benditos sean. Ya hasta los quiero. Dios los haya perdonado. Fue muy doloroso, pero aprendí mi Gloria, aprendí de la experiencia... ¿cómo guardarle rencor a quien te ha hecho tanto bien, aunque lo haya hecho con la intención de hacerte mal?

¿Es parte de tu catarsis Cenotafio de Beatriz?
"Cenotafio de Beatriz" es un homenaje a Dante Alligheri. Le debo tanto a la literatura que cada novela es un homenaje literario. Me siento impelida a escribir sobre lo que leo y todo cuanto escribo refleja mis lecturas.

¿De qué trata, hay algún mensaje?
El mensaje es "Lean a Dante, lean a los clásicos... están más cerca de nosotros de lo que creen".

Gracias por tus escritos, por tí y por tu familia Eve
Gracias a ti por tu corazón, por tu belleza, por tu amistad, por estar ahí...

viernes, septiembre 16, 2005

Reseña de "Réquiem por una muñeca rota (Cuento para asustar al lobo)


Publicada en La Jornada Semanal el 7 de enero de 2001
Por: Mardruck Obrador Cuesta
La Ciudad de México y sus torres de Babel, edificios que expelen las voces de quienes los habitan; mujeres y hombres inmersos en el mundo anónimo del número de sus puertas; ruidos que denotan su existencia tras las paredes; intimidades colectivas que forman la memoria de un lugar. Historias entretejidas en la adolescencia de dos mujeres y las vicisitudes de la amistad.
Los años ochenta son el marco por el cual transcurre la novela; años de rebelión sobre la rebelión, de un tiempo que busca su esencia en contraposición a la costumbre, de temblores terrestres y emocionales.
Cada familia tiene su normal anormalidad, parece decirnos Eve Gil en la construcción del ambiente que rodea a las protagonistas; parentelas en donde lo que prevalece es la indiferencia; padres ausentes y madres que estiran el tiempo en sus rostros; soledades reunidas en las que nadie sabe querer.
Dentro de esta sordidez se establece una amistad simbiótica en las adolescentes, que las vuelve únicas en la vida que cada una de ellas habita; se alejan de la frivolidad y hacen de la pasión el elemento sustancial de sus días. Buscan una identidad propia en un camino entreverado de colegios y escuelas que enseñan a no pensar, en donde lo importante es tener bien aprendidas las lecciones del Manual de Carreño, mientras sus incipientes bibliotecas se pierden en las fauces de la indiferencia provocada.
Una de ellas es hija única y no tiene empacho en sentir celos de su amiga, es mezquina y gorda, disfruta estar en la lista de los sobrinos que comen bien del Tío Gamboín, y tiene la firme intención de ser escritora. La amiga es “la bonita”, desarrollada físicamente, con un cuerpo y una cara que es la envidia de todas y con “cierto torpe encanto propio de la adolescencia”. Comparten sus sueños y talentos, sus amores, experiencias y frustraciones. Tienen un vínculo en virtud del cual incluso reconocen que “las peleas entre amigas siempre son necesarias”.
Gil concibe un lenguaje en el que la ironía lleva de la risa a la reflexión en una vuelta de hoja. Situaciones sencillas son precedidas por momentos de tensión, donde las palabras se convierten en una denuncia en contra de la violencia sexual. La anécdota central se eslabona linealmente, lo que da como resultado una lectura ágil e interesante.
Réquiem por una muñeca rota (Cuento para asustar al Lobo) es una mirada hacia la edad de los sueños, hacia el espacio en el que todos preguntamos por nuestra identidad, donde se entrecruzan las tristezas más profundas y las alegrías más simples, donde se aprehenden los afectos y las aversiones, donde los deseos primeros erigen las pasiones más fuertes.
Eve Gil obtuvo el Premio Nacional de periodismo juvenil Fernando Benítez en 1994, es autora de las novelas Hombres necios (1996) y El suplicio de Adán (1997). Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las artes de Sonora y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la categoría de jóvenes creadores.

martes, septiembre 13, 2005

De la minifalda a la burka


Artículo de Eve Gil publicado en el número 101 de septiembre 2005 de la revista Complot
Ilustración: Eve con gabán, por Ramón I. Martínez
Es cierto que la mujer, concretamente la madre, es quien hace al macho. Pero el macho hace los estereotipos, por lo que no sabemos quien fue primero, si el huevo o la gallina; si Twiggy o Karl Langerfeld. La moda, ese aspecto que algunos juzgan como “cosa de mujeres”, pero es en realidad emporio de hombres, ha sido el arma astutamente enarbolada por ellos para mantener un subrepticio dominio sobre las mujeres. Desde las cucarachas machucadas (Poppea delineaba sus cejas con tan repugnante afeite) hasta la depilación total, todo ha sido impuesto por la sociedad patriarcal: si los señores despiertan deseosos de mirar las piernas a todas las mujeres, imponen la minifalda (aunque haya sido creada por una mujer) y la depilación, porque los pelos “son cosa de hombres” (ahora son cosa de bestias); si por el contrario consideran que el cuerpo femenino es amenazante e impuro, lo cubren de pies a cabeza con un trapo amorfo (la burka sí fue creada por un hombre, un sultán del siglo XVIII). Si quieren una mujer cachonda con la cual ahorrarse la parafernalia del cortejo, crean una Marilyn Monroe. Si por el contrario prefieren una hembra-niña a la que puedan domesticar con chocolates caros (con la condición de que acto seguido los vomite), le levantan un altar a Paris Hilton. Las niñas sueñan con parecerse a Britney Spears, no a Susan Sontag. Así pues, las mujeres vivimos engañadas creyendo que ya la hicimos, ja-ja-já. Que el hecho de poder asistir a una escuela, partirnos la boca en el mercado de trabajo y haber descubierto el clítoris y el cunnilingus ya es bastante. Algunas, incluso, son lo bastante ingenuas para cuestionarse la utilidad del feminismo en tiempos como los actuales: para otras, el hecho de poder treparse en su amante y no tener que tenderse de piernas abiertas, es sinónimo de liberación femenina. Nada más lejos de la realidad: al mismo tiempo que podemos salir de nuestras casas y desempeñar oficios que hasta hace poco eran exclusivos del sexo masculino, el hecho es que ese Bigbrother que es el inmenso ojo de la sociedad (patriarcal) nos desaprueba con generalizado movimiento de cabeza si no lucimos como la cantante de moda, es decir, si no estamos lo suficientemente flacas y chichonas (combinación que solamente unos genes tan maravillosos como los de Paulina Porizkova harían posible), o si no llevamos el tinte que disimule nuestros rasgos latinos, o si calzamos zapatos planos o tenis: la metrosexualidad es, por lo pronto, coto exclusivo de los varones. ¡Ay! de aquella que no se rasure el bigote o se ponga corbata (a mi las corbatas bonitas me hacen agua la boca). En el terreno de la moda los hombres han conseguido liberarse de la imposición de la virilidad bestial, donde apenas les era permitido bañarse; ya cuentan con sus propias líneas de cosméticos y pueden darle rienda suelta a la vanidad. Pero a las mujeres se nos exige permanecer esclavizadas a los tacones, las pinzas, las uñas largas, los salones de belleza cada vez más emparentados con las cámaras de tortura medievales. La publicidad nos ha metido en la cabeza que para tener derecho a un erotismo sano, terreno que se supone reconquistamos hace más de cuatro décadas, tiene una que ser una especie de geisha inmaculada y perfecta que no tenga el mal gusto de sudar (fuera del gim), de generar pelos, de comer y de defecar (eso, los pedos y los eructos siguen siendo “cosa de hombres”), es decir: los capataces de la moda exigen que nos parezcamos cada día más a las muñecas inflables... y mantengamos abierta la boca aunque seamos profesionistas e inteligentes. Y nosotras caemos redonditas (y felices) en trampas que no son las de la fe.

domingo, septiembre 11, 2005

Reseña de "Cenotafio de Beatriz"


Por: Ignacio Trejo Fuentes
Muchos lectores se quejan de que las narradoras mexicanas, con las excepciones consabidas, se empeñan en asediar sólo algunos temas, como la vida conyugal, los hijos, etcétera, y por eso su literatura resulta burda y aburrida. Puede ser, pero veo que últimamente figuran escritoras que escapan de aquella idea y buscan otros perfiles temáticos. Pienso, de entrada, en Ana García Bergua, Ana Clavel, Alejandra Bernal, Adriana Díaz Enciso, Cristina Rivera Garza y, por supuesto, en Eve Gil.
De Eve Gil (Hermosillo, 1968) he leído tres novelas: El suplicio de Adán, Réquiem por una muñeca rota y Cenotafio de Beatriz. La primera tiene resabios de la Revolución Mexicana y es de lo más divertido, al grado que dije en su oportunidad que la sonorense es una suerte de versión femenina de Jorge Ibargüengoitia, y lo digo con todo respeto y seriedad; además, la obra fue censurada y embodegada por sus propios editores por considerarla irreverente y hasta “amoral”. Las protagonistas de Réquiem… son niñas que viven una relación cercana al incesto, rodeadas de seres extrañísimos, como una pequeña psicópata y unas tías lesbianas de lo más liberal. Son temas poco explorados en nuestra narrativa, y por eso y porque la autora es una narradora auténtica, que conoce las técnicas y ama el lenguaje, su literatura debe considerarse entre las más entusiasmantes y prometedoras de cuantas tenemos.
Cenotafio de Beatriz es el más ambicioso de sus trabajos. El personaje principal es Beatriz, provinciana con aspiraciones literarias que huye a la capital del país en busca de oportunidades y acaso huyendo de una relación amorosa. Se ve sola, desamparada y pobre en la metrópoli, hasta que Dante viene en su busca. Viven en hoteles sórdidos del Centro, comen como pueden y se aman arrebatadamente. Mientras ella escribe sus libros y hace periodismo para sobrevivir, él estudia letras en la Universidad, pero de pronto se ven en un lío no previsto: ella se embaraza, lo que trastoca sus planes originales.
Cuando llegué a estas alturas de la lectura me pregunté: ¿ya cayó Eve Gil en los viejos, manidos esquemas temáticos de los que se quejan muchos lectores?, ¿nos va a contar las vicisitudes de una mujer joven embarazada involuntariamente que debe afrontar la situación en medio de lamentos y lágrimas? Confieso que me desencanté; sin embargo, al continuar la lectura supe que no ocurría nada de eso, y que la trama tomaría derroteros por fortuna distintos.
Cenotafio de Beatriz se divide en dos partes. La primera, llamada “Paraíso”, corre por cuenta de Beatriz, mientras la segunda, “Infierno”, es conducida por Dante (el homenaje a La divina comedia es más que evidente). Y es precisamente esa alternancia de voces mediante la primera persona, cartas y páginas de diarios, lo que enriquece la obra desde el punto de vista formal, y redunda de manera espléndida en el tema tratado, porque en efecto no se cae en el lloriqueo, en el manoseado asunto que parecía anunciarse. Sucede que la protagonista padece las infamias de la mala atención en hospitales y tiene una hija, pero así como no quería estar embarazada, no quiere ser madre ni esposa ni tener una familia convencional, el mundo se le desbarata y actúa en consecuencia.

Que una madre primeriza sienta que su hija recién nacida le desbarata la vida, que su vínculo conyugal amenaza con ser una debacle sobre todo en sus aspiraciones intelectuales, es en sí raro en nuestra literatura, tan atada a lo convencional. Pero en Cenotafio de Beatriz ocurren muchas cosas que inquietan a quien lee. Por principio, la protagonista manda al diablo a su hombre y a su hija y huye. Aquél, ayudado por un amigo de ella, la busca por los lugares más sórdidos de la ciudad, y en ese peregrinar se encuentra con seres siniestros emparentados con el infortunio, hasta que encuentra a su amada en condiciones más que deplorables, de locura (él había encargado a la recién nacida con unas amigas). Esa segunda parte de la novela es patética, en verdad infernal, pues entre otras cosas pone en entredicho cuestiones como el amor conyugal, el filial, la maternidad, y por añadidura la fidelidad y la desesperanza. Así, la novela deja de ser una historia convencional de amor, una sucesión de hechos comunes y corrientes para convertirse en una magnífica experiencia donde la locura asoma las narices a cada paso.
En ese periplo aparecen personajes sorprendentes para Dante, el padre abandonado, como proxenetas, prostitutas, vagabundos, homosexuales… esos que componen la fauna del Centro de la Ciudad de México (aunque en el libro se llama la Ciudad del Miedo). Y lo interesante es que el poder narrativo de la autora consigue involucrarnos, ya porque nos sorprendamos como Dante o porque reconozcamos, retratados con exactitud, personas y lugares y situaciones previamente visitados. Insisto, el desarrollo de la novela es angustiante, aunque debo anticipar, sin vender el final, que no me gusta la resolución de todo el embrollo principal, la huida y desaparición de Beatriz.
Y no me gusta no porque me parezca de lo más dramático, sino porque técnicamente me parece facilón, hubiera preferido otro final, o al menos uno conducido de manera distinta. Por supuesto no se trata de un final feliz, y quizá ni haya un final, pero yo hubiera apostado por algo más catastrófico, que justificara plenamente el cenotafio del título, es decir que no existiera ningún resquicio por donde pudiera colarse la felicidad.
De cualquier modo, dejo al lector que se acerque a la novela y haga sus propios juicios. Por mi parte, y aunque el final de la obra no me gusta, debo admitir que es temáticamente interesante de principio a fin, y que está urdida de la manera más inteligente desde el punto de vista técnico, y que, como en sus novelas anteriores, la autora demuestra con claridad que sabe arreglárselas felizmente con asuntos escabrosos y, sobre todo, con el lenguaje. Eve Gil se acerca con pie firme a los linderos de lo mejor de nuestra narrativa, sin distinción de géneros, y por lo pronto, con sus tres novelas, sobre todo la que reseño ahora, es prueba en contra de que las novelistas mexicanas sólo son capaces de hablar de la alcoba y temas circunvecinos. La sonorense es una escritora que merece toda nuestra atención.
Eve Gil, Cenotafio de Beatriz.RD Editores, Sevilla, España, 2005; 229pp.

Publicado en la revista Siempre! en dos partes:
2726, Septiembre 11, 2005
2727, Septiembre 18, 2005
Para ver versiónes originales:

miércoles, septiembre 07, 2005

E-mail del poeta español, radicado en México, Ignacio Martín

Ilustración de Victoria Carolina Martínez, alias Vicky Bellota

No es lo mismo leer en la pantalla que tocar y sentir el papel, pero sí es la misma sensación la que uno tiene cuando está ante literatura de verdad; de plano, me he tenido que levantar a comentarle a Armando lo bien que escribes; y eso que yo puedo entender detalles autobiográficos, pero tu manera de burlarte del canon más clásico desde el respeto más absoluto (Dante y Beatriz, genial), como antes lo hiciste en Réquiem, tu crudeza para describir y, por lo mismo, llevar al máximo la poética de la realidad... La crudeza, la ironía y la ingenuidad no parecen elementos que puedan unirse, y tú lo consigues.
En fin, que en serio, estoy impresionado, honrado porque me hayas confiado tus textos y embobado de conocer a alguien que escribe como tú lo haces.
Seguiremos comentando, que apenas voy a la mitad.
Besos,
Nacho.

martes, septiembre 06, 2005

Libros de mi buró


Orgullosamente me declaro alumna de Rafael Ramírez Heredia. Lo conozco desde 1992, año en que empezó a trasladarse hasta Hermosillo para impartir un taller literario mensual en el que se ganó el corazón de todos sus alumnos a pesar de ser un maestro sumamente estricto y pasional. A él y a Ignacio Trejo Fuentes, quien fuera mi tutor durante mi período como becaria de Jóvenes Creadores del FONCA (1995-96) les debo mucho de las herramientas de escritura de las que hoy dispongo. De Rafael, por ejemplo, aprendí que la mayor virtud de un escritor es la malicia. A continuación comento su nueva novela, a ritmo de bolero, El mestizo de Salgari.
Una de las voces más polifacéticas, más transgresoras en más de un sentido de las letras mexicanas, lo es sin duda la del tamaulipeco Rafael Ramírez Heredia (Tampico, 1942), recientemente distinguido con el Premio Dashiel Hammett por su novela La mara (Alfaguara, 2004) que recrea sin ningún tapujo el infierno que de allá para acá padecen quienes habitan la hasta ahora ignorada Frontera Sur, más cruenta que la Norte tan de moda entre nuestros escritores sensacionalistas. Tras sorprendernos con esta novela de brutal realismo, no exenta sin embargo de la cadencia tropical que caracteriza la prosa de Ramírez Heredia, embosca a sus lectores con una novela radicalmente distinta, titulada El mestizo de Salgari (Plaza & Janés, 2005).
Esta nueva novela de Ramírez Heredia presenta varios puntos de interés, tanto para sus seguidores como para quienes por primera vez se asomen a su literatura. El primero de ellos es que, cultivador del género policiaco en el que es un verdadero maestro, nos presenta su primera historia de amor —si bien Con M de Marilyn pudiera ser leída asimismo como una historia de amor—. El mestizo de Salgari es, sin embargo, una novela estrictamente amorosa más que erótica, cuyo eje es la pareja conformada por un cincuentón de nombre Pirro y una jovencita de nombre Alida. Hasta aquí, no estamos revelando nada que pueda sonar demasiado original. Pudiera tratarse incluso de la misma historia que se nos ha contado incontables ocasiones, desde Cervantes hasta Benedetti, sobre la pasión prohibida entre un hombre maduro y una muchacha que podría ser su hija, pero novelista de oficio como es R.H, entiende que nada nuevo hay bajo el sol, que el valor de una obra literaria no está en el qué sino en el cómo, y así, decía, nos presenta una historia de amor entre un cincuentón y una veinteañera, con la costa por marco, que de algún modo se relaciona con la de Romero y Teresita, personajes la serie Los horrores de las Filipinas, del enigmático Emilio Salgari, autor que obsesiona a Pirro, quien a su vez transmite dicha pasión a la chica, más entusiasmada por la literatura de Madagascar y la música chúntaro still.
La novela, sin embargo, dista de ser rosa, antes bien, se trata de un amor bastante bizarro en el que, curiosamente, es la joven quien parece marcar la pauta. Una joven, hay que decirlo, de buena cuna, que por razones inexplicables hasta para ella misma termina haciéndole una felación a un todavía desconocido Pirro y que, oh sorpresa, resulta ser un respetable ingeniero que llega hasta ese rincón del Caribe a formalizar tratos de negocios con el padre de Alida. Pudiera decirse que fuera de estos detalles, y de la acotación de que Pirro, por supuesto, es un señor casado (y casado en segundas nupcias, además), nunca terminaremos de conocer a los personajes. Naturalmente, tratándose de una pluma con el oficio de la de Ramírez Heredia no podemos atribuirle este detalle a un error de estilo, antes bien, el que la pareja protagónica se nos manifieste desdibujadamente, remite al irrefutable hecho de que ni ellos mismos saben quiénes son ni qué es lo que quieren, lo que está muy bien tratándose de la chiquilla, pero no de Pirro, quien virtualmente se vuelve arcilla en los dedos de su amante, quien prefiere el término amadora pues “amante le suena a películas de los años cincuenta con rubias de cabello largo, viviendo a escondidas en casas situadas en los suburbios de las ciudades, lejos del bullir del downtown, en barrios diferentes donde en realidad vive el hombre que paga el alquiler de esa casa en las afueras.” (p. 114).
Independientemente de que la historia no sorprende en tanto historia (el desenlace, incluso, es demasiado previsible), sí sorprende en tanto forma. Como bien dice Alida, en estos tiempos de liberación sexual, el término amante, aplicado a una mujer que fornica con un hombre casado, remite a tragedias piobarrojianas. Así pues, uno de los enormes aciertos de esta novela es ahorrarnos los elementos lacrimógenos y centrarse en la calentura. Nos presenta, para empezar, a una joven mujer de nuestro tiempo que no avanza hacia el lecho profano con aires de oveja rumbo al matadero, porque Alida, cual heroína de Juan García Ponce aunque ligeramente menos perfecta (es caderona y tiene estrías), sabe perfectamente lo que hace, lo cual no impide que caiga en la trampa de creer que está enamorada. Es precisamente la forma en que resuelve ese supuesto enamoramiento lo que desvía la historia de lo tradicional. Es cuando evoluciona esta relación, que empieza siendo casual y termina siendo obsesiva, que Alida empieza a sentirse burlada a destiempo lo que la lleva a convertirse en la humilladora de su amante, lo cual la salva milagrosamente del lugar común. Liberal y todo, Alida pertenece a una sociedad harto conservadora que le exige ser hipócrita, que no casta, y en ese sentido Ramírez Heredia nos brinda una visión sumamente realista de cómo se manejan las cuestiones morales en la provincia mexicana.
Sin embargo, insisto, lo más destacable de El mestizo de Salgari es el cómo, la forma en que está narrada, con la pericia característica de Ramírez Heredia que trenza magistralmente la violencia del lenguaje sexual con la explicitud del lenguaje amoroso. A ello, aunémosle la estructuración del texto que implícitamente rechaza las formas convencionales y narra la historia de Alida y Pirro siguiendo los vaivenes de sus pensamientos, sus recuerdos y sus deseos.
¿Quieres conocer más sobre Rafael Ramírez Heredia? http://www.rafaelramirezheredia.com.mx


 

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