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All About EVE: enero 2006

All About EVE

jueves, enero 26, 2006

Escritoras del Nóbel


Nosotras piedras
Cuando alguien nos levanta
Eleva en lo alto tiempo inmemoriables...
“Coro de las piedras”, Nelly Sachs
Premio Nóbel de Literatura 1966

Entre la entrega del Nóbel de literatura a Selma Lagerlöf, —que inspiró a J.K Rowling con sus hermosísimos cuentos y novelas para niños y jóvenes—, al de la austriaca Elfriede Jelinek, —que con crudeza ha denunciado la amnesia selectiva respecto a los crímenes del nazismo en su país—, hay casi cien años de diferencia. A lo largo de noventa años, descontando los cinco de la Segunda Guerra Mundial en que la entrega del Premio fue interrumpida, únicamente diez mujeres han accedido a él. Y entre la judeoalemana Nelly Sachs, que compartió el premio con Shmuel Yosef Agnon en 1966, y la siguiente escritora en obtenerlo, Nadine Gordimer, median veinticinco años.
Mucho se ha especulado acerca de los mecanismos internos para decidir la concesión de los premios Nóbel. Hay quienes aseguran que son de carácter político más que otra cosa. Si bien es cierto que escritores politically incorrects como Ezra Pound, Jorge Luis Borges, Susan Sontag o la extraordinaria escritora alemana (pero incurablemente comunista) Christa Wolf, han sido ignorados, hay que tomar en cuenta —y alabar— las honrosas excepciones hechas con Jean Paul Sartre (que rechazó el galardón), Gabriel García Márquez o José Saramago, por ejemplo, por no contar a la más radical que es justamente Elfriede Jelinek. Tampoco es posible sostener la absurda tesis de los enemigos (y envidiosos) ideológicos de Octavio Paz, respecto a que el premio le fue indirectamente otorgado por Carlos Salinas, a quien, al parecer, le conceden no sólo el don de la ubicuidad sino además los poderes de un dios omnipotente, semejante de Bush.
Pero... ¿por qué tan pocas mujeres? Este año en particular, cuando empezó a propagarse el rumor de que una escritora ganaría el máximo galardón a las letras y se publicó una lista en la que tramposamente no figuraba el nombre de quien resultaría ganadora, se reparó en la escandalosa escasez de nombres femeninos en la lista completa de galardonados. Las curiosidades con las que se topa uno son dignas de mención y análisis. Para ello sugiero dividir la historia de la concesión de los Nóbel de literatura en dos etapas: Antes y Después de la Segunda Guerra Mundial. Durante la etapa del Antes fueron reconocidas cuatro de las diez galardonadas: Selma Lagerlöf, que ganó un prácticamente recién estrenado Nóbel de literatura en 1909, además de ser el primer escritor sueco en obtenerlo; la italiana Grazia Deledda, que lo ganó en 1926; la noruega Sigrid Undsedt, la única de esta lista que no ha sido traducida al español (el inglés es el idioma más accesible en que se le puede leer) y que, increíblemente recibió el Nóbel de literatura en 1928, apenas dos años después de Deledda y, finalmente, la norteamericana por accidente y china de corazón, Pearl S. Buck, que tiene además el récord de ser el escritor más joven en haberlo recibido, a los 45 años. Ella fue, además, el escritor que cerraría este ciclo que recomenzaría en 1945 con el Nóbel a Gabriela Mistral, la única latinoamericana en este distinguido grupo.
¿Por qué esta sequía de mujeres en las décadas de los cincuentas, sesentas y setentas? Buena pregunta que, hasta donde sé nadie se había formulado y sólo puede responderse conjeturalmente: son los años que del auge del movimiento feminista, cuando las mujeres empezaron a apartarse de los temas convencionales para comprometerse con la causa del feminismo, vinculada por lo general al comunismo. Autoras del calibre de Lillian Hellman, Mary McCarthy, Simone De Beuvoir, María Zambrano, Karen Blixen, Djuna Barnes, Christiane Rochefort, Iris Murdoch, Marguerite Yourcenar, Natalia Ginzburg, Cynthia Ozick y Doris Lessing—que sigue estando nominada— fueron deliberadamente ignoradas por la academia sueca. Distinguir a cualquiera de ellas con el Nóbel habría legitimado de alguna forma el feminismo; le hubiera dado cuerda a un movimiento que abiertamente se pronunciaba por la libertad sexual de las mujeres y el derecho al aborto. No se apreciaba la calidad literaria de las autoras porque lo que ellas representaban no era una obra sino un cuerpo politizado: imposible no asociarlas con lo que en su momento se consideró una amenaza para la estructura familiar y social.
Sin embargo, la primer mujer que ganó el Nóbel en veinticinco años, en 1991, la sudafricana Nadine Gordimer, es digna representante de lo que pudiéramos llamar neofeminismo, surgido de una teoría sustentada en particular por la belga Julia Kristeva (otra ignorada por la academia sueca) respecto a la necesidad de denunciar, junto con la marginación de la mujer, la de los negros, los homosexuales, etc. La hija de Burger, obra maestra de Gordimer, es emblemática de este sentido, una denuncia dentro de la denuncia, porque no sólo nos muestra el repulsivo panorama de una Sudáfrica donde los blancos se rehúsan a caminar por la misma acera que un negro, sino también la injusticia cometida por Lionel Burger, un blanco ejemplar, luchador social protector a los negros que termina sus días en prisión y destroza en el ínter la existencia de su hija, que ya no es Rose, que ya no es una mujer, que ya no es nadie: “No tengo pasaporte porque soy la hija de mi padre. La gente que se relaciona conmigo debe estar preparada para ser sospechosa porque soy hija de mi padre.”
Las autoras que siguen a Nadine Gordimer en el cuadro de honor de la academia sueca, son la afroamericana Toni Morrison (1993) y la poeta polaca Wyslawa Szymborska (1996), que aunque se mueven en la misma línea de Gordimer, denuncian desde su experiencia personal con el sufrimiento; una, como parte de una población doblemente segregada (mujer y negra); otra, testigo de los horrores padecidos por su país durante prácticamente toda su vida que además condena el carácter patriarcal de las religiones, como en los estrujantes poemas Noche, donde asegura que su padre judío no lo pensaría dos veces para obedecer un mandato semejante al recibido por Abraham, matar a su propia hija; o Hania, donde describe a una buena sirvienta católica con las puntas de sus zapatos gastadas de tanto arrodillarse: Sol, arrepiéntete de brillar. Flagélense nubes./ Primavera, envuélvete y florecerás en el cielo.” Hago notar que las dos mujeres de nacionalidad norteamericana que han ganado el Nóbel, Morrison y Buck, no son típicamente norteamericanas y sí muy críticas de su propio sistema.
En este sentido, Elfriede Jelinek es la cereza del helado, la consagración tardía pero definitiva de lo que se habían empeñado en callar: el feminismo militante en su más pura expresión; odiada en su propio país no sólo por esto sino también porque, heredera universal de Thomas Bernhardt, refleja en su magnífica obra la decadencia de una sociedad que se caracteriza por conservar los antivalores del fascismo.
Elfriede Jelinek: un Nóbel maldito
El desconocimiento absoluto de la obra de Elfriede Jelinek, Premio Nóbel de Literatura 2004, ha llevado a los principales diarios de México a sacar conclusiones erróneas con base en los escuetos cables internacionales y “opiniones autorizadas” a las que no pretendo desenmascarar, pero que evidentemente no la han leído, al menos no lo suficiente. Para empezar, el leit motiv de su escritura no es el feminismo, tampoco la política, sino la crítica social que, aunque pudiera englobar los aspectos antes mencionados, abarca muchos más. Sus dos novelas más importantes son La pianista (adaptada al cine a mediados de los 90 por su compatriota Michael Heneke) y Los excluidos, que es la suma de las obsesiones de la hoy galardonada y antaño atacada escritora austriaca.
En esta, como en el resto de su obra, Jelinek recrea a una sociedad austriaca sumida a un tiempo en la mediocridad, el conformismo y la violencia de todo tipo. Aunque país del llamado primer mundo, los del tercero podemos reflejarnos perfectamente en los delirios de la clase media austriaca, en su indiferencia ante todo lo que no sea el status, en su desvalimiento intelectual ante el tejemaneje de la política que tan directamente les afecta y hasta en su cotidianidad. Definitivamente, la obra de Jelinek no es complicada y ajena al entorno latinoamericano como alegara uno de sus traductores, en todo caso, la dificultad de confrontarla estriba no en su identidad —finalmente, en tanto seres humanos y occidentales tenemos mucho en común con los austriacos y los europeos en general—, sino en la forma en que aborda dicha identidad.
Pero Jelinek, podrá argüir alguien, no tiene que esforzarse demasiado para mirar la basura debajo de la alfombra. No es así. Reflejar a una sociedad tan corrompida, fascistoide y exacerbadamente machista exige una mirada que traspase las infinitas capas de lo superfluo, que es el caso de esta autora que en Los excluidos no nos describe a una masa amorfa de votantes idiotas, sino que explora cuidadosamente a las diversas clases de individuos que la componen, practicándole a cada uno una despiadada autopsia intelectual y espiritual, de la que por lo general brotará mierda a raudales: “Las jóvenes dependientas que están en el cine comprimen sus muslos al llorar, de tal manera que las manos del tornero o soldador que los palpan, quedan atrapadas en medio sin espacio para maniobrar. La mano quiere entrar pero sólo consigue entrar en una bolsa de palomitas, recién descubiertas en América, que rebosa abundancia y superfluidad porque está muy llena.” (Los excluidos, p. 106).
La inconseguible edición en castellano de Los excluidos se publicó en España, en la colección Narrativa Mondadori en 1992, al parecer en una edición única, con la traducción de Carmen Vázquez de Castro, y no hace mucho se vendía junto con la otra novela célebre de Jelinek, La pianista, publicada también por Mondadori en 1993, con traducción de Pablo Diener Ojeda, en las mesas de saldo del metro por apenas $10.00. Naturalmente, quienes llegaron tarde a la ganga deberán desembolsar ahora diez y hasta veinte veces más por los mismos, si es que los encuentran, porque para mí que la editorial que los envió directo a las guillotinas se ha de estar dando de topes contra las paredes. No fingiré por tanto que soy especialista en literatura alemana (“sólo los especialistas en literatura alemana la conocen”, escribió alguien), simplemente soy curiosa, y en el caso de Jelinek, esa curiosidad quedó satisfactoriamente saciada. No obstante, esa escritura suya que aunque poética rebosa amargura y, digamos, una sórdida elegancia, me inquietó sobremanera. No pude evitar preguntarme si estaba ante un caso único, ante una aberración de la naturaleza, porque evidentemente Jelinek no estima a sus personajes y mucho menos se encariña con ellos, como hacen todos los escritores que conozco. No la imagino mordiéndose los labios mientras los somete a las peores humillaciones, aunque tampoco gozando de su dolor, a pesar de que tales personajes representan ni más ni menos lo que Jelinek más detesta y combate: la estupidez. Los personajes de Elfriede Jelinek serán, invariablemente, antihéroes. En su mundo (Viena) no hay cabida para la regeneración, ni para esperanza, ni para el arrepentimiento, mucho menos para el amor: “Anna jadea y tose por falta de aliento, el amor la ha agarrado con una fuerza terrible, siempre lo hace, no logra salirse de sus malos hábitos, viene tanto si se quiere, como si no se quiere. Anna no quiere correrse, pero desgraciadamente tiene que hacerlo.” (Los excluidos, pp 70 y 92). Las manifestaciones amorosas en su novelística son remedos de amor como también del sexo, caso también de La pianista, donde Jelinek juega con el lugar común del enamoramiento entre un adolescente y su madura maestra de piano, exhibiendo la verdadera naturaleza de esa mutua atracción con una precisión pornográfica, en la más pura acepción del término “pornográfico”, como quien muestra la entraña de una fruta podrida, pues lo que ellos llaman “amor” es en realidad la comunión de dos mentes enfermas.
En Los excluidos, Jelinek lleva esta particularidad al límite. Sus protagonistas son cuatro muchachos que recién han dejado atrás la adolescencia, y no obstante siguen siendo niños. Sin embargo, parece decirnos Jelinek, la inocencia no es sinónimo de pureza, y en el caso específico de Rainer, Anna, Hans y Sophie, la una deviene en perfecta antítesis de la otra. Mucho se ha hablado de la ilimitada crueldad de los niños que no tienen empacho en señalar burlonamente a un manco o a un loco. Pues bien: esa es la clase de crueldad que caracteriza a estos personajes, aunada a la inteligencia de Rainer, la fuerza física de Hans, la ausencia de miedo en Anna y el deseo de divertirse de Sophie. Rainer y Anna, gemelos e hijos de un lisiado, veterano de la Segunda Guerra Mundial y representante del nacionalsocialismo, “A quien, como él, ha visto montañas de cadáveres desnudos, también de mujeres, le excita muy poco su propia mujer.” (p.79); poeta Rainer, pianista Anna (como la Erika de La pianista y también, como esta, desviada sexual, aunque en distinta forma), representan a la clase media. El dudoso privilegio de ser hijos de su padre les han permitido estudiar en una escuela de niños bien donde conocen a Sophie, quien representa a la alta burguesía, mientras que Hans, obrero al que conocen en la calle e hijo de una fanática comunista, representa, justamente, a la clase obrera. Rainer, el snob, y Hans, el acomplejado, no tardarán en pelearse a la niña rubia, rica y estúpida, mientras tanto, Hans se inicia sexualmente con Anna y practica el sexo con ella para no quedarle mal a la que él dice amar. Lo que une a estos seres pertenecientes a mundos tan opuestos es un mal entendido ideal anárquico que habrá de salvarlos, suponen, de las ideologías de sus respectivos padres, es decir, de parecerse a ellos. Lo que sea con tal de diferenciarse de quienes les dieron el ser, hasta robar, matar sin motivo y regodearse en la ilegalidad.
No siento en Jelinek ese feminismo exacerbado que se le atribuye, a menos que se proyecte este en la feroz sátira que hace de la complacencia femenina para con el varón, que puede ser un nivel de feminismo autocrítico. De cuanto se ha dicho de esta autora, lo cierto es que ridiculiza al patriarcado, para lo cual ha de exhibir en toda su crudeza una sexualidad masculina regida por la obsesión con el tamaño del pene y la presencia utilitaria de la mujer, nulificada como ser humano, “En cualquier caso te voy a pegar —le dije el padre de Rainer a Anna a la madre —para que tomes nota y no vuelvas a hacerlo más y en caso de que no lo hayas hecho nunca, también te pego para que no se te ocurra ni siquiera la idea.” (p. 111).
Elfriede Jelinek es la décima mujer en ganar el premio Nóbel. Las demás fueron Selma Lagerllöf, Grazia Deledda, Sigrid Undset, Nelly Sachs, Pearl S. Buck, Gabriela Mistral, Nadine Gordimer (nótese la enorme distancia entre la designación de una y otra), Toni Morrison y Wislawa Symborska. Los nombres de algunas de ellas quizá no le digan nada al lector, como no se los dirán algunos de los numerosos nombres masculinos entre los cuales se pierden, pues son 10 contra 90. Sin embargo, presiento que Jelinek correrá la suerte de algunos Nóbel que todavía leemos y admiramos como Boris Pasternak, Thomas Mann y William Faulkner.

jueves, enero 12, 2006

Libros de mi buró: "En defensa de Elena Garro", de Patricia Rosas Lopategui


Esta reseña de Eve Gil se publicó en el suplemento Laberinto del periódico Milenio, el sábado 7 de enero de 2006
Elena Garro era el chivo expiatorio ideal para desviar la atención de las altas cúpulas del poder político, donde se instalaban los verdaderos culpables de la matanza del 2 de octubre, y situarla en la participación instigadora de los intelectuales a los que, se afirmó, Garro señalaba como azuzadores de los jóvenes masacrados en Tlatelolco. Dejó de importar la identidad del asesino intelectual (el que giró la orden de disparar a mansalva contra los manifestantes) pues quienes verdaderamente habían perpetrado el crimen eran los alborotadores, los que mandaron a morir a los universitarios. Y Elena Garro Ex de Paz los había denunciado a todos, entre otros, Ricardo Guerra, Rosario Castellanos, Leopoldo Zea, Eduardo Lizalde, José Luis Cuevas y Carlos Monsiváis (en realidad fueron 500 los nombres barajados). Sin embargo, y según pretende demostrar El asesinato de Elena Garro, libro que sorprende desde el título, lo anterior fue fruto de un complot perfectamente orquestado entre los intelectuales y el poder, resentidos hasta el tuétano con la “lengua suelta” de la entonces mejor conocida como periodista Elena Garro, quien había exhibido sin empacho los crímenes, las debilidades y las omisiones de ambos bandos, a los que invariablemente asociaba.
La autora, Patricia Rosas Lopátegui, biógrafa y estudiosa de la vida y obra de la autora poblana, que protagonizara una sonada disputa con Helena Paz, hija y heredera de Garro quien la acusó de haber extraído documentos del desván de su madre, asume una defensa apasionada, por momentos vehemente, de su personaje, de la que previamente publicó la polémica biografía Testimonios sobre Elena Garro, en la desaparecida editorial Castillo. En El asesinato de Elena Garro se documenta con lujo de detalles aquella faceta ignorada (¿deliberadamente?) de la trayectoria de Garro, que es la periodística, y cuyo seguimiento contribuye a sembrar serias dudas respecto a la traición de la autora de Los recuerdos del porvenir, a quien el mismísimo Borges se refirió como “el Tolstoi mexicano”. Aunque conocida, que no merecidamente reconocida como narradora, Elena Garro fue también una combativa periodista que defendió, con la pluma y con su vida, a las clases desprotegidas. De este activismo social dio fe Elena Poniatowska, quien por cierto prologa este volumen (aunque manifiestamente incrédula, como yo misma, de la exagerada monstruosidad de Octavio Paz) en su libro Las siete cabritas, donde relata la irrupción de aquella alta, espigada y rubia mujer envuelta en un precioso abrigo, seguida por una turba de indígenas descalzos en una elegante recepción en las instalaciones del Fondo de Cultura Económica, en honor a Rómulo Gallegos. El propósito de Garro era recabar firmas entre los invitados al convite para que a sus acompañantes les fueran restituidas sus tierras, “Allí, en la salota, estaban todos los intelectuales, y cuando me vieron con todos los inditos, no me dieron ni la mano —narra la propia Garro a Poniatowska, un 2 de agosto de 1962 —; todos muy elegantes los intelectuales con sus whiskys en la mano y unas señoras que escriben mucho y muy mal, que también sólo pelaban los ojos (...) Todos los intelectuales se hicieron grupos, se pusieron a hablar entre ellos... Les dieron la espalda a los campesinos”. Ante tamaña ofensa, Elena Garro animó a sus tímidos acompañantes a ponchar las llantas de los lujosos Cadillacs y Mercedes, tarea a la que gustosos se sumaron los chóferes de los invitados, “Lo que pasa —continúa Elena con esa maravillosa sonrisa ponderada por María Luisa “La China” Mendoza— es que entonces les parecía insólito que alguien defendiera a los indios... Ahora lo que me da más risa, eso que todos son pro-indios. ¡Eso es lo que me da más risa!” (El asesinato..., p.p 123 y 124).
Aunque este capítulo aislado pudiera sugerir que Elena Garro sublevó a los indios sólo por ver las caras que ponían los amigotes de su todavía esposo, Octavio Paz, los cientos de artículos periodísticos del mismo periodo que componen este voluminoso libro, publicados en la revista Presente! de Cuernavaca, Morelos, prueban la vehemente defensa que durante años protagonizó Garro hacia los campesinos indígenas despojados, a veces hasta el asesinato, de su patrimonio, especialmente durante el sexenio de Adolfo López Mateos (quien, por cierto, se propasó con ella en una ocasión, según nos narra). Garro fue defensora acérrima de Rubén Jaramillo mucho antes de que este cobrara notoriedad, incluso fue alojado por Deva Garro, hermana de Elena, en medio de una persecución de los militares. El asesinato de Rubén Jaramillo, junto con su esposa e hijos, lo sabemos, conmocionó al medio intelectual, pero la única que virtualmente lo defendió con su cuerpo, fue Elena Garro. Ese fue el reclamo airado de la escritora contra “los intelectuales”: “(...) los intelectuales se pelearon, se insultaron, se arrojaron whisky a la cara, insultaron al Gobierno, y se llamaron nazis en el nombre de la inteligencia, porque no ganaron el premio de 20,000 pesos que era para uno solo. Entre ellos, uno declaró a la revista Siempre! de la semana pasada, “que los mexicanotes enchamarrados, bigotudos y prietos le tenían envidia porque él era güerito”. Esta noticia sensacional merece páginas enteras, tinta y publicidad (...) Es consolador saber que ellos se contentan con unos cuantos miles de pesos al mes, migajas que les regalan los políticos, unos banquetes sabatinos con calamares con arroz y unas frases dirigidas contra los políticos mexicanos ladrones, de los cuales viven, y otras cuantas frases dirigidas contra los imperialistas yankis a los cuales les sacan becas y viajecitos regularmente (...)” (Presente!, Cuernavaca, Morelos, 21 de febrero de 1965). Si alguien conocía a la clase intelectual mexicana como a la palma de su mano, esa era la ninguneada (por emplear un término acuñado por el propio Paz) mujer del futuro Premio Nóbel de Literatura. ¿Es posible suponer, entonces, que con estas incendiarias declaraciones Elena Garro cavó su propia tumba?
En realidad, previo al 68 a Garro se le había involucrado en asuntos bastante peligrosos, como el asesinato de Kennedy, político al que ostensiblemente admiraba. Al parecer Elena declaró haber visto a Lee Harvey Oswald, presunto asesino del presidente estadounidense, en la fiesta de un primo suyo. Estaba convencida de que a Kennedy lo habían matado los comunistas (raza a la que Elena consideraba espuria); incluso se había personado en la Embajada de Cuba para gritarles ¡Asesinos! el mismo 22 de noviembre de 1963, y aseguraba en privado que Silvia Durán, prima política de la escritora, era comunista y amante de Oswald. Todo lo anterior se volvió el pretexto ideal para hacerla objeto de una compleja labor de espionaje por parte del FBI, cuyo verdadera inquietud se centraba en la alianza entre la escritora y otro defensor de los derechos de los indígenas: Carlos Madrazo, insólito líder priista, con claras tendencias izquierdistas, lector asiduo de Balzac y muchas posibilidades de alcanzar la silla presidencial, ¡enorme peligro que había que combatir! El político tabasqueño habría de morir en un sospechoso accidente de aviación en 1969, un año después de que se intentó presentarlo como el principal instigador del Movimiento Estudiantil.
La duda que queda en el aire es: ¿Mintió Garro para salvar a Madrazo?, es decir, ¿demandó la garantía de protección de su admirado amigo que acusara directamente a los intelectuales de haber incitado a los universitarios? ¿O fue realmente una soplona, por fastidiar a los amigos de su ex esposo? En artículo publicado en días previos, el 17 de agosto de 1968 en Revista de México, cuando nadie imaginaba siquiera el horror que estaba por desatarse, no pudo ser más clara respecto a lo que se estaba gestando: “¿Quienes son los estudiantes? Los futuros intelectuales. Luego es justo que se lancen a la defensa de los intereses creados por los actuales profesores, periodistas, locutores, pintores, escritores, etc. Y, en efecto, a través del mundo democrático se lanza a los menores de edad al incendio de ciudades y de políticos, posibles contrarios a los intereses creados de los intelectuales en el poder (...) El Complot de los Cobardes, ya que no son los complotistas los que salen a dar las batallas callejeras y a enfrentarse con las policías o con el Ejército en defensa de sus intereses, sino que lanzan a millares de menores de edad a luchar por sus prebendas y posiciones (...)” (EAEG, p. 376). Elena Garro era, pues, una mujer que sabía demasiado. Destruirla, asesinarla moralmente se volvía imperativo para las clases política e intelectual de nuestro país, y hacer de ella una especie de Judas de su gremio era la solución ideal. El resto de la historia ya la conocemos: la renuncia de Paz de su cargo como embajador de México en la India; la huída de Elena Garro y su hija a París, etc, etc. Finalmente, como nos hace ver Patricia Rosas Lopátegui a través de diversos testimonios de testigos e involucrados, a algunos de aquellos intelectuales “señalados” se les premió con creces durante el sexenio de Echeverría (el primer responsable de la masacre en su posición de Secretario de Gobernación) de quien Carlos Fuentes, sabido es por todos, habló en términos por demás elogiosos. Señala Luis González de Alba en declaración publicada el 28 de septiembre de 1998 en el periódico Milenio: “Aquellos aviones acarreados que llevaba Echeverría a sus viajes por Sudamérica y demás, ¿qué hacían realmente? Entiendo que vayan unos industriales para promover el comercio. Pero, ¿para qué iban tantos novelistas, pintores, poetas?, ¿qué pitos tocaban?” La propia Elena, ya anciana y reivindicada por escritores como René Avilés Fabila (que luchó para traerla de vuelta a México), Ignacio Trejo Fuentes y Gustavo Sáinz, le diría a Gabriela Mora: “Yo no vivo en sociedad, vivo como un animal acorralado y no he hecho NADA, ¡NADA! ¡NADA! En cambio ellos viven en el Palace, andan en limusines y HABLAN DEL PUEBLO, mientras el pueblo SE MUERE DE HAMBRE.”
Elena enojada, escribe su tocaya, Poniatowska, era un bello espectáculo. Pues bien: Patricia Rosas Lopátegui recupera, a través de El asesinato de Elena Garro, ese espectáculo en letras de molde: el enojo, la indignación de uno de los escritores (“he de hablar en masculino para abarcar hombres y mujeres”, dice bien su biógrafa) más grandes de la literatura mexicana de todos los tiempos, la sin par y sin precio, Elena Garro.


 

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