adopt your own virtual pet!
All About EVE: febrero 2006

All About EVE

martes, febrero 28, 2006

Cuatro poetas mal(d)itos


Haciendo gala de su tierno humor negro (si, como lo oyen: es posible ser tierno y ser cabrón al mismo tiempo) el poeta regio Armando Alanís Pulido me hace llegar este texto que deseo compartir con mis lectores, esperando les alegre el día como a mí...
La ilustración también es cortesía de Armando, que gusta de dejar plasmada su poesía justo donde la inspiración lo embosque.

Selección y notas de Armando Alanís Pulido

Siempre me he encontrado con personas que se enteran que a mi me gusta escribir poemas y aprovechan para cuestionarme ese oficio, yo sencillamente les digo que escribir poesía además de contener una determinabilidad sin sustancia, efectivamente abarca desde la simple proferencia “fática” (cuando dos personas conversan placidamente sin ton ni son, por el simple gusto de conversar) hasta cosas más artificiosas y complicadas en las que no me gustaría explayarme; en esos casos yo solo esbozo una sonrisa benefactora, aprobatoria y mínima. Sin embargo, esas personas a las que yo pacientemente les he explicado que el poeta no es más que un hombre común y corriente que vive y sufre y que por su trabajo que tiene que ver mucho con el espíritu puede andar tranquilamente por el mundo sin agregarle problemas, a pesar de eso me han desmentido, me han dicho: te equivocas; la poesía la puede hacer un hombre malo al igual que un hombre bueno, un cobarde o un valiente, un loco o un cuerdo, la puede hacer el más ambicioso y el más sencillo de los hombres; la verdad no discuto ese asunto, Scott Fitzgerald decía que “la poesía no implica dar rienda suelta a las emociones, sino escapar de estas; no entraña la expresión de la personalidad, sino un escape de ella. Pero por supuesto, sólo quienes poseen personalidad y emociones saben lo que significa desear escapar de estás”, sirva ahora esta disyuntiva como pretexto para presentar a cuatro sensibilidades estigmatizadas por lo mediático, cuatro personajes, cuatro poetas, cuatro hombres, (¿malos? ¿valientes? ¿ambiciosos? ¿locos?) que han tenido algo que ver en nuestras vidas para bien o para mal, sirva también está muestra como una oportunidad única para NO juzgarlos por sus “otros” actos.

* el numero cuatro aparece coincidentemente en la vida de estos cuatro:
cuatro los personajes mas memorables de Gómez Bolaños, cuatro los matrimonios de Andrade, cuatro las canciones del disco “íntimamente” de Emmanuel que se llegaron a primer lugar del hit parade y se mantuvieron ahí durante cuatro meses, cuatro las personalidades falsas que manejaba Salinas de Gortari.


ROBERTO GOMEZ BOLAÑOS (chespirito)

Hito de la cultura popular latinoamericana, escritor y productor de series televisivas, su sobrenombre es una derivación en diminutivo de Shakespare, creador de personajes como el chavo del ocho, el chapulín colorado, el chompiras y el doctor chapatín.

Tiene dos libros publicados “ y también poemas” y “el diario del chavo del ocho”.

otro dato: recientemente invitado al programa de televisión argentino la noche del 10 que conduce Diego Armando Maradona dijo que Fox ha sido el mejor presidente en la historia de México, no contaban con su astucia.


Risas que son oda y canto
Gritar de triunfo, poesía
Acicate en la alegría
Paliativo en el quebranto
A la vida por lo tanto
Le tengo que agradecer
Que por mi doble quehacer
Escritor y comediante
Es la risa mi constante
Y fascinante placer

(fragmento)


SERGIO ANDRADE (el líder del clan)

Productor musical, tuvo hijos con casi todas las del clan, según una revista de espectáculos hizo de la manipulación y la crueldad una forma de vida, durante su encarcelamiento en Brasil sufrió una parálisis parcial de su cuerpo debido al agotamiento y ayudó en un motín en un presidio de la ciudad de Brasilia, actualmente prepara con su grupo musical “cereso” un disco, no habrá gira porque los otros integrantes todavía están encarcelados en Chihuahua.

Los poemas de su libro Revelaciones están dedicados entre otros a Jaime Sabines a Jorge Luis Borges y por supuesto a Gloria Trevi y está estipulado que el contenido no puede ser usado en su contra.

otro dato: el resultado de sus 4 matrimonios y sus 17 amantes del medio artístico son 8 hijos.


HACE YA MUCHO (fragmento)

Yo hace mucho que deje de colgar cuardos
De separar retratos, de limpiar desechos
Hace mucho que deje de danzar
para que caiga una lluvia
que por terca no me alcanza,
que deje de pedir mendrugos en el metro
y de esperar una sonrisa benefactora
aprobatoria mínima


RÁUL SALINAS DE GORTARI (hermano incomodo)

Se granjeó el rechazo de los ciudadanos cuando se descubrió su apetito voraz por dineros públicos o mal habidos, su supuesta injerencia en crímenes nefastos y su disoluta vida íntima; acaba de salir de la cárcel donde pasó 10 años, originalmente fue sentenciado a 50 acusado de mandar matar al secretario general del PRI José Francisco Ruiz Massieu, entre otros delitos se le encontró culpable de uso de documentos falsos relacionados con sus 4 identidades falsas y por falsas declaraciones dadas a una autoridad.

Otro dato: Sus cuentas en Suiza siguen congeladas

EL SECRETO, UN DÍA (fragmentos)

4
cuantas veces he derrotado al tiempo
apagando mi cigarro.

Cuando tu te bañas y yo caliento el lecho
imaginándote a mi lado

cuantas imágenes se vienen hacia mi en cada pedazo
de humo alado
cuantas y cuantas veces te he poseído
sin haberte desnudado.

6.

Nos fuimos yendo poco a poco
con angustia de golondrinas
enrojeciendo en silencio
con la muerte a cuestas

Nos despedimos de lejos
en nuevas caricias
y nos fuimos diciendo adiós
con el sudor de otros cuerpos


EMMANUEL (el cantante)

Su nombre completo es Jesús Emmanuel Acha Martínez, representante indiscutible del pop melódico hecho en México, de su disco íntimamente editado en 1980 y del cual se vendieron millones de copias se desprendieron éxitos como insoportablemente bella, quiero dormir cansado, todo se derrumbó y tengo mucho que aprender de ti.

De su libro páginas calladas Jaime Sabines escribió a manera de prólogo: yo respeto esas páginas, comprendo que les falta un poco más de oficio y malicia literaria y otras cosas pero siento que son un testimonio auténtico de un hombre preocupado por decirse y por darse para permanecer. Y eso vale por todo: te acerca a los demás.



Otro dato: filmó para la televisión un anuncio de Pepsi al lado de Tina Turner


LA ARENA ES FINA Y PESADA...

La arena es fina y pesada.
Las crestas de las olas
Se alzan sobre el azul
sin importarles nada;
juegan a ser niñas que cubren el mar.

De esa espuma; de aquellas crestas,
con esos juegos,
tu rompes el mar, directa al sol,

inmersa en un rayo de luz
eterno y fiero.

lunes, febrero 20, 2006

El inútil de la familia

El chileno Jorge Edwards, Premio Cervantes 1999 (Santiago, 1931), cuenta entre sus ilustres antepasados al gramático Andrés Bello (tatarabuelo) y a Joaquín Edwards Bello (tío abuelo), Premio Nacional de Literatura 1943, nacido en 1887 y muerto en 1968. Especie de escritor maldito que sigue siendo muy leído en Chile, particularmente entre los jóvenes, es asimismo el protagonista de la más reciente novela de su sobrino nieto, elocuentemente titulada El inútil de la familia.
No es, sin embargo, una biografía, mucho menos una apología: hay capítulos en que el autor de Persona non grata le increpa con energía a Joaquín algunas de sus actitudes poco éticas respecto al quehacer literario, como escribir por dinero y destrozar reputaciones a diestro y siniestro, sin molestarse en proteger a los seres de carne y hueso que le sirvieron de modelos para sus personajes. Aún cuando en México Edwards Bello sea un autor virtualmente desconocido, este libro de Jorge Edwards, que transgrede el talante novelístico y flirtea afortunadamente con el ensayo, resulta en verdad apasionante. Edwards Bello es, a fin de cuentas, el arquetipo del escritor romántico, miembro distinguido de una generación de escritores chilenos pre-boom entre quienes destacan Vicente Huidobro y Benjamín Subercasseaux Zañartu. Jorge Edwards compara a su tío-personaje con Don Quijote debido a que asume un reto (el de la escritura), perdida toda frontera entre ficción y realidad. El inútil..., en el más puro estilo cervantino, incorpora a la novela la crítica literaria, fusionando las novelas de su tío con su propia novela. Edwards, decía, no es para nada complaciente con su tío, mucho menos con su obra, pues si bien reconoce haber disfrutado de cada uno de sus veintitantos libros (entre novelas, relatos y ensayos), ve en Edwards Bello a un heredero de Dumas, más que de Flaubert, acusándolo además de preferir la peripecia al lenguaje. Edwards emplea metáforas de novelista para describir la técnica de su célebre tío: “(...) Tú corrías a todo galope, desmelenado, dando alaridos, contemplando un infierno a la distancia.” (p. 105). Por todo lo anterior, esta obra de Jorge Edwards muestra a un Edwards Bello mucho más humano y aterrizado que las versiones de Rafael Cansino Asséns y Enrique Linh, que insisten en destacar la parte frívola, sus amoríos y correrías por los barrios bajos de París y su gusto por la champaña.
Joaquín Edwards Bello es un personaje novelesco por donde se le vea: nacido en el seno de una aristocrática familia chilena, ufanada de su sangre británica, terminaría suicidándose a los 87 años tras perder lo que quedaba de su fortuna en el hipódromo. Si embargo, nos hace ver Edwards —autor de la mejor biografía sobre Pablo Neruda... con perdón de don Volodia Teitelbaum que aparece como personaje en esta novela —, durante toda su vida estuvo buscando Joaquín el pretexto ideal para disparar su preciosa Colt, herencia de su padre, en su propia cabeza. Edwards Bello empieza a escribir en su adolescencia y, de algún modo, este fervor por la escritura lo deschaveta como a Alonso Quijano, lo estanca para siempre en su época de muchacho irresponsable que se venga de la exquisita sociedad a la que pertenece al exponerla y ridiculizarla en sus novelas, particularmente en la primera, titulada justamente El inútil, donde se escuda tras el protagonista de nombre Eduardo Brisset Lacerda. Jorge Edwards no deja de recelar del desmedido afán de su personaje por rodearse de seres de la más ínfima ralea; teme que no sea más que una pose, como por lo general lo es en los escritores latinoamericanos, pues al mismo tiempo que vive Edwards Bello una existencia lumpen, se rehúsa a renunciar a sus privilegios de rico señorito. Lo que sí es genuino es su simpatía por la pégre, como él mismo llama a la gentuza, porque eso salta a la vista en sus novelas donde carteristas y prostitutas son seres entrañables. Edwards Bello, por supuesto, pasa gran parte de su vida en París, codeándose con Tristan Tzara y los dadaístas, pero con todo y su inmadurez emocional, con todo y que, parafraseando a Jorge Edwards, carece de la mente matemática de Poe y de la impecable inteligencia de Borges, Edwards Bello estaba muy consciente de que “Escribir novelas es una locura peligrosa”, por todo lo que implica ser el pequeño dios de una creación íntima, personal y arbitraria. “El novelista y su personaje; el Dios de la novela y su criatura, se caen al mismo tiempo, arrastrados por el mismo cataclismo.” (p. 108). Diría el propio Edwards Bello en una de sus últimas entrevistas: “Yo no escribo para literatos, sino para escritores”, ¡y vaya que existe un mundo de diferencia entre uno y otro!
El recurso de Jorge Edwards para abordar a su personaje es complicada y muy arriesgada, pero permite verlo desde varios ángulos a la vez: emplea simultáneamente la segunda y tercera personas, alternándolas con una primera, pues Jorge Edwards se mete en la carne del personaje y se dirige a él con un yo/tú que manipula con habilidad asombrosa. Poco tendrá que ver el arte literario de Jorge Edwards, el más grande escritor chileno vivo, con las novelitas galantes de Joaquín Edwards Bello, pero lo cierto es que este último tuvo destino de escritor y en ese sentido, Jorge Edwards se identifica con él al grado de lograr una especie de simbiosis en la que, no obstante, se delimitan a la perfección los caracteres, totalmente opuestos, de ambos escritores. Jorge Edwards, no obstante, destaca una virtud de su tío-abuelo que es muy difícil de encontrar en los intelectuales de hoy: la fidelidad a sí mismo, su absoluta insobornabilidad. El dictador Ibáñez pretendió comprarlo con cargos y canonjías, pero a Edwards Bello no le interesa otra manera de ganarse la vida que no sea con su pluma al ristre.
Ateo radical que sin embargo es devoto de la Virgen del Carmen —“(...) el Deux ex machina, el Dios de la máquina, para Joaquín, no era masculino, era femenino” (p. 211) —, Edwards Bello es una personalidad harto compleja con acentuados claroscuros, característica que bien podría aplicarse también a su literatura donde conviven la banalidad y la maestría; la profundidad y la escatología. Jorge Edwards, ni duda cabe, se escribe a sí mismo al indagar en la leyenda de su tío que, empedernido ludófilo, lo apostó todo, hasta la caballerosidad, a la literatura.

sábado, febrero 18, 2006

Sergio Pitol: un Cervantes nuestro


A pesar del muy merecido Premio Cervantes (es el tercer mexicano en obtenerlo, después de Octavio Paz y Carlos Fuentes), resulta sumamente fácil imaginarse a Sergio Pitol en los zapatos del jovencito desgarbado que vivió algo cercano al trauma al ver publicado su primer texto, un ensayo sobre Eugene O´Neill, en un suplemento dominical de Jalapa: tanto soñar su nombre en letras de molde para toparse con que había escrito, desde su punto de vista, un verdadero bodrio. Aquella experiencia lo hizo refugiarse semanas enteras en su cuarto, agobiado por la vergüenza y una suerte de delirio persecutorio. Tras semejante experiencia no imaginó el joven aquel que terminaría siendo uno de los escritores más respetados de México (el escritor mexicano más respetado, de hecho, en España); nunca dejó de lado la literatura, se dedicó profesionalmente a la traducción y a la edición antes de, en sus treinta y tantos, empezar a dar forma a una de las obras más ricas, originales, nerviosas, divertidas y pulcras de finales del siglo XX. Sin embargo, y a pesar de tener grandes amigos como Carlos Monsiváis, Pitol ha sido un escritor solo, es decir, no acosado en la calle, no imitado, sin escuela, ajeno a capillas... no justamente reconocido, pues. Pero como bien señala en su libro más reciente, El mago de Viena, esa es la suerte que se corre cuando no se escriben libros de buenos versus malos para lectores que sólo buscan matar el tiempo.
Asistir a los procesos de escritura de Pitol (Puebla, 1933), generosamente revelados en la que considero su obra maestra, El arte de la fuga, implica, en este caso en particular, asistir también a un proceso de maduración vital. Escritura y vida van tomadas de la mano en la gran obra de Sergio Pitol; juntas evolucionan sin mostrar síntoma alguno de decadencia, y el autor va puliendo su habilidad de bregar en su propia alma, en su propia psique, convencido de que el escritor ha de conocerse tan íntimamente como a un viejo entrañable amigo si de verdad quiere insuflar aliento a una obra literaria que, sin el dominio de sí mismo, paso previo al conocimiento y comprensión del otro (condición necesaria para crear personajes), no escribiría sino artefactos verbales. Se nos presenta como un escritor enfrentado a su experiencia, a sus terrores, a sus maestros y a su tiempo histórico que, suele sucederles a los escritores, no necesariamente es el mismo en que se encuentran atrapados físicamente: el tiempo del escritor es anímico; aquel en que transcurre el relato pergeñado al instante. Pitol no concibe, como en su momento Thomas Mann, atacado acaso por la melancolía, que el escritor haya de “morir para la vida si pretende cabalmente ser un creador”, en primer lugar porque disfruta de las posibilidades que le ofrece la vida tanto como de escribir, la mejor de las posibilidades. No concibe, por otro lado, desligar el acto de escribir del de viajar desde que a los veintipocos años surcó los mares de Veracruz en pos de los sitios explorados, más que imaginados, durante su lectura de las novelas de Julio Verne, el autor que transformó la convalecencia de sus enfermedades infantiles en una aventura maravillosa: “¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal.” Escritor viajero en más de un sentido pues se desplaza no solo por tierra, mar y aire sino también por libros, arrastra una envidiable tradición literaria que incluye las literaturas inglesa, rusa, alemana y china, siendo traductor de las dos primeras. A los autores que mejor reconozco en sus obras, sin embargo, son a los rusos Gogol y a Chejov (aunque sus relatos me hacen pensar en otra de sus autoras ejemplares: Ivy Compton-Burnett): estéticamente a Gogol; éticamente a Chéjov. Podría adjudicársele a su novelística, asimismo, lo que de Arthur Schnitzler afirma el propio Pitol: “A través de las palabras todos los esqueletos largamente ocultos saldrán de sus armarios; por un breve momento los sepulcros dejarán de ser blanqueados.”
Su escritor ideal es aquel que deliberadamente perturba a “la gente de orden, a la de razón, a los burócratas, a los políticos, sus aduladores y sus guardaespaldas, a los trepadores, a los nacionalistas y cosmopolitas por decreto, a los pedantes y a los necios, a las cultas damas, a los lanzallamas, a los petimetres, a los sepulcros blanqueados y a los papanatas.” ¿Hasta qué punto se aproxima él a ese ideal? A pesar de que sus primeros cuentos difieren de sus novelas en cuanto a talante (los cuentos son sombríos, amargos, próximos a lo terrible... las novelas en cambio, en particular las que conforman la serie Tríptico de Carnaval, son de un humorismo delirante, sutilmente obsceno), a este autor de origen poblano, veracruzano por adopción, lo caracteriza un afán quebrantador de normas, que no meramente provocador. Y si bien el propósito era quebrantar las normas sociales más que las morales, es decir, lo que llamamos etiqueta, Pitol termina revolucionando, más que quebrantando, el lenguaje literario. Es a partir del lenguaje, después de todo, que se consigue alterar o hacer tambalear las estructuras de la sociedad y, como el propio Pitol señala, es la literatura la que deja en evidencia todo lo que de ramplón, de intrascendente tiene el llamado lenguaje práctico de los políticos, los funcionarios y los empresarios. Cada relato de Pitol remite a una intimidad familiar violentamente desnudada por una máquina que demuele sin piedad las paredes de la casa guardiana de inconfesables secretos, inquilinos incluidos. Sus relatos, en particular, tienen su origen en recuerdos de su infancia. Huérfano desde los cinco años, el escritor vivió con una abuela (¿La “Amalia Otero” del relato homónimo?) anclada en un pasado “ideal”, paseando entre cuatro paredes una aristocracia retenida a la fuerza mientras que afuera estallaba la fiesta. Los primeros relatos de Pitol, ambientados en el ficticio San Rafael (Huatusco, en realidad), donde sobresalen las terribles hazañas de los miembros de la familia Ferri (¿quién duerme tranquilo después de leer “Victorio Ferri cuenta un cuento?”) recrean las historias murmuradas, que no contadas, de aquella abuela enferma de solemnidad. Ya en estos relatos se advierte el germen de lo que será la novelística de Pitol, es decir, ese regodeo en las cuarteaduras morales de seres que parecen, como sus propiedades mismas, castillos en ruinas, pero sin el elemento claramente paródico que caracteriza a sus novelas. Esa chejoviana necesidad de mostrar a la sociedad como una grotesca puesta en escena donde las máscaras caerán estrepitosamente al final, se remonta a la época en que el autor ejerció como diplomático, específicamente en Praga. Su sensibilidad artística (virtud difícil de encontrar en un ámbito tan plástico como aquel), lo llevó a advertir la ausencia de verdadero significado en el lenguaje pomposo en todo individuo aspirante al poder o, parafraseando a Pitol, “de pretensiones imperiales”: “A medida que el lenguaje oficial escuchado y emitido todos los días, se volvía más y más rarificado, el de mi novela (El desfile del amor), por compensación, se animaba más, se hacía zumbón y canallesco. Cada escena era una caricatura del mundo real, es decir caricatura de la caricatura.” Pudiera afirmarse que el punto de partida de la narrativa de Pitol, más específicamente el de las novelas posteriores a su experiencia diplomática, El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal, que componen el llamado Tríptico de Carnaval, es el deseo de desmontar aquel lenguaje que lo indignaba tanto como lo divertía. Ya en El tañido de una flauta parodiaría la afectación de los diletantes, otra clase de individuos que haya divertidamente despreciables.
Sin embargo, y según denuncia el título de otro de sus libros, lo primordial para Pitol es la pasión por la trama. Ciertamente, importa más el cómo que el qué, pero en nombre de este principio los autores contemporáneos, y muy concretamente los mexicanos, han sacrificado el qué al cómo, y de pronto nos encontramos con novelas llenas de lenguaje y carentes de tema. Supongo que a eso se refiere cuando sugiere atender a las reflexiones de Nabokov para contemplar un renacimiento en la novela mexicana: “El efecto del estilo es clave para la literatura: es una clave mágica para comprender a todos los grandes maestros”. Jorge Volpi no exagera, por tanto, cuando asegura que Sergio Pitol es uno de esos acontecimientos que, casi milagrosamente, aparece en la literatura mexicana.


 

Estadisticas de visitas