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All About EVE: El inútil de la familia

All About EVE

lunes, febrero 20, 2006

El inútil de la familia

El chileno Jorge Edwards, Premio Cervantes 1999 (Santiago, 1931), cuenta entre sus ilustres antepasados al gramático Andrés Bello (tatarabuelo) y a Joaquín Edwards Bello (tío abuelo), Premio Nacional de Literatura 1943, nacido en 1887 y muerto en 1968. Especie de escritor maldito que sigue siendo muy leído en Chile, particularmente entre los jóvenes, es asimismo el protagonista de la más reciente novela de su sobrino nieto, elocuentemente titulada El inútil de la familia.
No es, sin embargo, una biografía, mucho menos una apología: hay capítulos en que el autor de Persona non grata le increpa con energía a Joaquín algunas de sus actitudes poco éticas respecto al quehacer literario, como escribir por dinero y destrozar reputaciones a diestro y siniestro, sin molestarse en proteger a los seres de carne y hueso que le sirvieron de modelos para sus personajes. Aún cuando en México Edwards Bello sea un autor virtualmente desconocido, este libro de Jorge Edwards, que transgrede el talante novelístico y flirtea afortunadamente con el ensayo, resulta en verdad apasionante. Edwards Bello es, a fin de cuentas, el arquetipo del escritor romántico, miembro distinguido de una generación de escritores chilenos pre-boom entre quienes destacan Vicente Huidobro y Benjamín Subercasseaux Zañartu. Jorge Edwards compara a su tío-personaje con Don Quijote debido a que asume un reto (el de la escritura), perdida toda frontera entre ficción y realidad. El inútil..., en el más puro estilo cervantino, incorpora a la novela la crítica literaria, fusionando las novelas de su tío con su propia novela. Edwards, decía, no es para nada complaciente con su tío, mucho menos con su obra, pues si bien reconoce haber disfrutado de cada uno de sus veintitantos libros (entre novelas, relatos y ensayos), ve en Edwards Bello a un heredero de Dumas, más que de Flaubert, acusándolo además de preferir la peripecia al lenguaje. Edwards emplea metáforas de novelista para describir la técnica de su célebre tío: “(...) Tú corrías a todo galope, desmelenado, dando alaridos, contemplando un infierno a la distancia.” (p. 105). Por todo lo anterior, esta obra de Jorge Edwards muestra a un Edwards Bello mucho más humano y aterrizado que las versiones de Rafael Cansino Asséns y Enrique Linh, que insisten en destacar la parte frívola, sus amoríos y correrías por los barrios bajos de París y su gusto por la champaña.
Joaquín Edwards Bello es un personaje novelesco por donde se le vea: nacido en el seno de una aristocrática familia chilena, ufanada de su sangre británica, terminaría suicidándose a los 87 años tras perder lo que quedaba de su fortuna en el hipódromo. Si embargo, nos hace ver Edwards —autor de la mejor biografía sobre Pablo Neruda... con perdón de don Volodia Teitelbaum que aparece como personaje en esta novela —, durante toda su vida estuvo buscando Joaquín el pretexto ideal para disparar su preciosa Colt, herencia de su padre, en su propia cabeza. Edwards Bello empieza a escribir en su adolescencia y, de algún modo, este fervor por la escritura lo deschaveta como a Alonso Quijano, lo estanca para siempre en su época de muchacho irresponsable que se venga de la exquisita sociedad a la que pertenece al exponerla y ridiculizarla en sus novelas, particularmente en la primera, titulada justamente El inútil, donde se escuda tras el protagonista de nombre Eduardo Brisset Lacerda. Jorge Edwards no deja de recelar del desmedido afán de su personaje por rodearse de seres de la más ínfima ralea; teme que no sea más que una pose, como por lo general lo es en los escritores latinoamericanos, pues al mismo tiempo que vive Edwards Bello una existencia lumpen, se rehúsa a renunciar a sus privilegios de rico señorito. Lo que sí es genuino es su simpatía por la pégre, como él mismo llama a la gentuza, porque eso salta a la vista en sus novelas donde carteristas y prostitutas son seres entrañables. Edwards Bello, por supuesto, pasa gran parte de su vida en París, codeándose con Tristan Tzara y los dadaístas, pero con todo y su inmadurez emocional, con todo y que, parafraseando a Jorge Edwards, carece de la mente matemática de Poe y de la impecable inteligencia de Borges, Edwards Bello estaba muy consciente de que “Escribir novelas es una locura peligrosa”, por todo lo que implica ser el pequeño dios de una creación íntima, personal y arbitraria. “El novelista y su personaje; el Dios de la novela y su criatura, se caen al mismo tiempo, arrastrados por el mismo cataclismo.” (p. 108). Diría el propio Edwards Bello en una de sus últimas entrevistas: “Yo no escribo para literatos, sino para escritores”, ¡y vaya que existe un mundo de diferencia entre uno y otro!
El recurso de Jorge Edwards para abordar a su personaje es complicada y muy arriesgada, pero permite verlo desde varios ángulos a la vez: emplea simultáneamente la segunda y tercera personas, alternándolas con una primera, pues Jorge Edwards se mete en la carne del personaje y se dirige a él con un yo/tú que manipula con habilidad asombrosa. Poco tendrá que ver el arte literario de Jorge Edwards, el más grande escritor chileno vivo, con las novelitas galantes de Joaquín Edwards Bello, pero lo cierto es que este último tuvo destino de escritor y en ese sentido, Jorge Edwards se identifica con él al grado de lograr una especie de simbiosis en la que, no obstante, se delimitan a la perfección los caracteres, totalmente opuestos, de ambos escritores. Jorge Edwards, no obstante, destaca una virtud de su tío-abuelo que es muy difícil de encontrar en los intelectuales de hoy: la fidelidad a sí mismo, su absoluta insobornabilidad. El dictador Ibáñez pretendió comprarlo con cargos y canonjías, pero a Edwards Bello no le interesa otra manera de ganarse la vida que no sea con su pluma al ristre.
Ateo radical que sin embargo es devoto de la Virgen del Carmen —“(...) el Deux ex machina, el Dios de la máquina, para Joaquín, no era masculino, era femenino” (p. 211) —, Edwards Bello es una personalidad harto compleja con acentuados claroscuros, característica que bien podría aplicarse también a su literatura donde conviven la banalidad y la maestría; la profundidad y la escatología. Jorge Edwards, ni duda cabe, se escribe a sí mismo al indagar en la leyenda de su tío que, empedernido ludófilo, lo apostó todo, hasta la caballerosidad, a la literatura.


 

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