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All About EVE: Sergio Pitol: un Cervantes nuestro

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sábado, febrero 18, 2006

Sergio Pitol: un Cervantes nuestro


A pesar del muy merecido Premio Cervantes (es el tercer mexicano en obtenerlo, después de Octavio Paz y Carlos Fuentes), resulta sumamente fácil imaginarse a Sergio Pitol en los zapatos del jovencito desgarbado que vivió algo cercano al trauma al ver publicado su primer texto, un ensayo sobre Eugene O´Neill, en un suplemento dominical de Jalapa: tanto soñar su nombre en letras de molde para toparse con que había escrito, desde su punto de vista, un verdadero bodrio. Aquella experiencia lo hizo refugiarse semanas enteras en su cuarto, agobiado por la vergüenza y una suerte de delirio persecutorio. Tras semejante experiencia no imaginó el joven aquel que terminaría siendo uno de los escritores más respetados de México (el escritor mexicano más respetado, de hecho, en España); nunca dejó de lado la literatura, se dedicó profesionalmente a la traducción y a la edición antes de, en sus treinta y tantos, empezar a dar forma a una de las obras más ricas, originales, nerviosas, divertidas y pulcras de finales del siglo XX. Sin embargo, y a pesar de tener grandes amigos como Carlos Monsiváis, Pitol ha sido un escritor solo, es decir, no acosado en la calle, no imitado, sin escuela, ajeno a capillas... no justamente reconocido, pues. Pero como bien señala en su libro más reciente, El mago de Viena, esa es la suerte que se corre cuando no se escriben libros de buenos versus malos para lectores que sólo buscan matar el tiempo.
Asistir a los procesos de escritura de Pitol (Puebla, 1933), generosamente revelados en la que considero su obra maestra, El arte de la fuga, implica, en este caso en particular, asistir también a un proceso de maduración vital. Escritura y vida van tomadas de la mano en la gran obra de Sergio Pitol; juntas evolucionan sin mostrar síntoma alguno de decadencia, y el autor va puliendo su habilidad de bregar en su propia alma, en su propia psique, convencido de que el escritor ha de conocerse tan íntimamente como a un viejo entrañable amigo si de verdad quiere insuflar aliento a una obra literaria que, sin el dominio de sí mismo, paso previo al conocimiento y comprensión del otro (condición necesaria para crear personajes), no escribiría sino artefactos verbales. Se nos presenta como un escritor enfrentado a su experiencia, a sus terrores, a sus maestros y a su tiempo histórico que, suele sucederles a los escritores, no necesariamente es el mismo en que se encuentran atrapados físicamente: el tiempo del escritor es anímico; aquel en que transcurre el relato pergeñado al instante. Pitol no concibe, como en su momento Thomas Mann, atacado acaso por la melancolía, que el escritor haya de “morir para la vida si pretende cabalmente ser un creador”, en primer lugar porque disfruta de las posibilidades que le ofrece la vida tanto como de escribir, la mejor de las posibilidades. No concibe, por otro lado, desligar el acto de escribir del de viajar desde que a los veintipocos años surcó los mares de Veracruz en pos de los sitios explorados, más que imaginados, durante su lectura de las novelas de Julio Verne, el autor que transformó la convalecencia de sus enfermedades infantiles en una aventura maravillosa: “¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal.” Escritor viajero en más de un sentido pues se desplaza no solo por tierra, mar y aire sino también por libros, arrastra una envidiable tradición literaria que incluye las literaturas inglesa, rusa, alemana y china, siendo traductor de las dos primeras. A los autores que mejor reconozco en sus obras, sin embargo, son a los rusos Gogol y a Chejov (aunque sus relatos me hacen pensar en otra de sus autoras ejemplares: Ivy Compton-Burnett): estéticamente a Gogol; éticamente a Chéjov. Podría adjudicársele a su novelística, asimismo, lo que de Arthur Schnitzler afirma el propio Pitol: “A través de las palabras todos los esqueletos largamente ocultos saldrán de sus armarios; por un breve momento los sepulcros dejarán de ser blanqueados.”
Su escritor ideal es aquel que deliberadamente perturba a “la gente de orden, a la de razón, a los burócratas, a los políticos, sus aduladores y sus guardaespaldas, a los trepadores, a los nacionalistas y cosmopolitas por decreto, a los pedantes y a los necios, a las cultas damas, a los lanzallamas, a los petimetres, a los sepulcros blanqueados y a los papanatas.” ¿Hasta qué punto se aproxima él a ese ideal? A pesar de que sus primeros cuentos difieren de sus novelas en cuanto a talante (los cuentos son sombríos, amargos, próximos a lo terrible... las novelas en cambio, en particular las que conforman la serie Tríptico de Carnaval, son de un humorismo delirante, sutilmente obsceno), a este autor de origen poblano, veracruzano por adopción, lo caracteriza un afán quebrantador de normas, que no meramente provocador. Y si bien el propósito era quebrantar las normas sociales más que las morales, es decir, lo que llamamos etiqueta, Pitol termina revolucionando, más que quebrantando, el lenguaje literario. Es a partir del lenguaje, después de todo, que se consigue alterar o hacer tambalear las estructuras de la sociedad y, como el propio Pitol señala, es la literatura la que deja en evidencia todo lo que de ramplón, de intrascendente tiene el llamado lenguaje práctico de los políticos, los funcionarios y los empresarios. Cada relato de Pitol remite a una intimidad familiar violentamente desnudada por una máquina que demuele sin piedad las paredes de la casa guardiana de inconfesables secretos, inquilinos incluidos. Sus relatos, en particular, tienen su origen en recuerdos de su infancia. Huérfano desde los cinco años, el escritor vivió con una abuela (¿La “Amalia Otero” del relato homónimo?) anclada en un pasado “ideal”, paseando entre cuatro paredes una aristocracia retenida a la fuerza mientras que afuera estallaba la fiesta. Los primeros relatos de Pitol, ambientados en el ficticio San Rafael (Huatusco, en realidad), donde sobresalen las terribles hazañas de los miembros de la familia Ferri (¿quién duerme tranquilo después de leer “Victorio Ferri cuenta un cuento?”) recrean las historias murmuradas, que no contadas, de aquella abuela enferma de solemnidad. Ya en estos relatos se advierte el germen de lo que será la novelística de Pitol, es decir, ese regodeo en las cuarteaduras morales de seres que parecen, como sus propiedades mismas, castillos en ruinas, pero sin el elemento claramente paródico que caracteriza a sus novelas. Esa chejoviana necesidad de mostrar a la sociedad como una grotesca puesta en escena donde las máscaras caerán estrepitosamente al final, se remonta a la época en que el autor ejerció como diplomático, específicamente en Praga. Su sensibilidad artística (virtud difícil de encontrar en un ámbito tan plástico como aquel), lo llevó a advertir la ausencia de verdadero significado en el lenguaje pomposo en todo individuo aspirante al poder o, parafraseando a Pitol, “de pretensiones imperiales”: “A medida que el lenguaje oficial escuchado y emitido todos los días, se volvía más y más rarificado, el de mi novela (El desfile del amor), por compensación, se animaba más, se hacía zumbón y canallesco. Cada escena era una caricatura del mundo real, es decir caricatura de la caricatura.” Pudiera afirmarse que el punto de partida de la narrativa de Pitol, más específicamente el de las novelas posteriores a su experiencia diplomática, El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal, que componen el llamado Tríptico de Carnaval, es el deseo de desmontar aquel lenguaje que lo indignaba tanto como lo divertía. Ya en El tañido de una flauta parodiaría la afectación de los diletantes, otra clase de individuos que haya divertidamente despreciables.
Sin embargo, y según denuncia el título de otro de sus libros, lo primordial para Pitol es la pasión por la trama. Ciertamente, importa más el cómo que el qué, pero en nombre de este principio los autores contemporáneos, y muy concretamente los mexicanos, han sacrificado el qué al cómo, y de pronto nos encontramos con novelas llenas de lenguaje y carentes de tema. Supongo que a eso se refiere cuando sugiere atender a las reflexiones de Nabokov para contemplar un renacimiento en la novela mexicana: “El efecto del estilo es clave para la literatura: es una clave mágica para comprender a todos los grandes maestros”. Jorge Volpi no exagera, por tanto, cuando asegura que Sergio Pitol es uno de esos acontecimientos que, casi milagrosamente, aparece en la literatura mexicana.


 

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