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All About EVE: marzo 2006

All About EVE

lunes, marzo 27, 2006

Libros de mi buró: Lágrimas de payaso

Lamentablemente, Salman Rushdie no adquirió notoriedad internacional sino hasta que el gobierno del Ayatollah Khomeini promulgó una fatwa en su contra, a raíz de la publicación de su novela Los versos satánicos que consideraron ofensiva para la religión musulmana. Lamentablemente, digo, porque Rushdie tiene muchos más méritos que lo vuelven digno de leerse, y si bien mantiene cierto afán provocador, nunca ha aprovechado su propia circunstancia de sentenciado a muerte para vender libros. Nacido en Bombay, India, nacionalizado inglés y radicado actualmente en Nueva York, recién ha publicado la novela Shalimar el payaso (Random House Mondadori, 2005), la cual reúne los cuatro elementos característicos de la narrativa de Rushdie: intriga, política, religión y algo que sus críticos latinoamericanos insisten en emparentar con el realismo mágico, llegando incluso a nombrarlo el García Márquez europeo, pero que en realidad son elementos propios de la cultura india a la que Rushdie pertenece no obstante escribir en inglés. Y si bien se ha reconocido influido por la literatura latinoamericana, resulta mucho más coherente compararlo con Vargas Llosa que con el Nóbel colombiano.
Shalimar el payaso es la más “vargasllosiana” de las novelas de Rushdie. Su protagonista, el mismo al que alude el título, es una especie de Dante que se convierte en terrorista no por amor a Dios, sino a una mujer “(…) odio y amor no estaban tan distantes. Los grados de intimidad eran los mismos.” (p. 299). Tratándose de una novela de Rushdie, sin embargo, se puede tener la certeza de que el héroe tiene poderosas razones para querer asesinar al embajador estadounidense en la India, Max Ophuls, que también es héroe, es decir, no estamos ante el típico conflicto entre buenos y malos, sino entre dos hombres esencialmente buenos que se vuelven malos. Shalimar, joven cachemiro de sangre macedónica, lo que explica su pelo rubio y ojos azules, es llamado “el payaso” porque tal es su profesión, transmitida por su familia de artistas. Cachemira es, en la década de los sesenta, una comunidad de artistas ambulantes, genuino paraíso terrenal que, veinte años más tarde, será violado por los talibanes de Paquistán (con anuencia de los gringos, por supuesto), topándose con la inesperada resistencia de las mujeres que, antes que vestir la burka, optarán por desnudarse para escándalo de los invasores. Pero regresando a los sesenta, cuando en Cachemira convivían hindúes y musulmanes con relativa armonía, tenemos que Shalimar es un joven perfectamente sano, sin otro fanatismo que no sea su amada Boonyi, bailarina y comparsa de Shalimar en los espectáculos circenses que se llevan a cabo en un jardín de ensueño. Debido a un incidente casi cómico, Shalimar, de dieciséis años, terminará casado con la mujer de sus sueños, de catorce. Boonyi, sin embargo, tiene ambiciones mucho más elevadas que las de su marido, quien se conforma con divertir a sus vecinos, por lo que propicia que el embajador Ophuls, de visita por aquella región, se la lleve consigo a Nueva Delhi. Es entonces que Shalimar, el marido ofendido, se obsesiona con cumplir el juramento hecho a Boonyi la noche de bodas: matarla si se atrevería a abandonarlo, y con ella, a sus probables bastardos. Pero necesita matar también al embajador, de tal suerte que termina enrolado en una peligrosa organización terrorista liderada por talibanes (“talibán”, nos explica Rushdie, viene de la palabra árabe talib, conocimiento; los talibanes son, entonces, eruditos). Irónicamente, Shalimar se estrenará como sicario matando a un escritor musulmán “que hablaba francés y había vendido su alma a Occidente.” (p. 316).
Pasarán décadas antes de que Shalimar tenga acceso a Max Ophuls, llegando a convertirse en su servil y silencioso chofer, “Quería estar tan cerca del embajador, tan cerca como un amante (…) Conocer tan íntimamente como pudiera la vida a la que tenía intención de poner fin con la máxima brutalidad.” (p. 369). En el ínter han ocurrido muchos cosas: el descrédito en torno al otrora admirado embajador de origen judío, héroe de la Segunda Guerra Mundial, cuando su amasiato con una bailarina musulmana, casi cuarenta años más joven que él, se vuelve del dominio público, así como la posterior reconstrucción de su reputación. Así, mientras Shalimar se entrena para matar a Max, Max se consagra a restaurarse moral y socialmente, haciéndose cargo de la hija bastarda concebida con la amante desterrada a la que la esposa legítima del embajador, la asombrosa Peggy, otorga el nombre del país violado: India. Boonyi, personaje memorable; una mujer extraordinariamente fiera como todas las heroínas de Rushdie (pienso en la Vina Apsara de El suelo bajo sus pies), como las cachemiras que prefirieron ser masacradas que doblegadas, sufre una transformación insólita: de adolescente de voraz curiosidad sexual, pasa a ser la sofisticada amante del embajador para degenerar en la muerta-viva que es despreciada por los mismos que la amaron y, finalmente, el más conmovedor personaje de la novela, una mujer que en medio de la expiación de la culpa brinda una lección de sobrevivencia y amor propio. No me parece descabellado sugerir que Rushdie es un escritor casi feminista.
Se muestra especialmente crítico con los estadounidenses que, por fortuna, no acostumbran las fatwas, no, al menos, en forma abierta, si bien “Estados Unidos pisoteaba el sudeste de Asia, los cuerpos de niños vietnamitas ardían con fuego inextinguible de napalm, y sin embargo el embajador americano (Max) tenía la desfachatez de hablar de opresión”. Así como India Ophuls, hija de judío y musulmana, representa al pisoteado país cuyo nombre carga como penitencia, Max es, en cierto modo, una personificación de los Estados Unidos, hombre grandioso que sin embargo se diluye en la abyección de sus bajas pasiones; falsificador profesional que cae, sin embargo, en la trampa de una falsificación del amor; alguien que, como el país al que representa, se ve forzado a remendar de continuo las costuras deshechas de su inmenso ego.
No me aventuro a asegurar que Shalimar, el payaso sea la mejor novela del autor de El último suspiro del moro, pero sí que mantiene intactas sus facultades, especialmente la de entregarnos personajes entrañables, armados de una psicología torcida y a la vez profunda, eso sin contar que Rushdie es experto en arrancar amargas sonrisas con su cruda exposición de la miseria moral de quienes manipulan los hilos de nuestros destinos. Y no, no es realismo mágico.

miércoles, marzo 15, 2006

"No hay literatura femenina ni masculina"

Publicado en Noroeste.com
Miércoles 15 de marzo de 2006
Foto de Ernesto Martínez

La escritora de origen sonorense participa en el programa Diálogo con Escritores de la Facultad de Filosofía y Letras.
Por: Nelly Sánchez
La literatura es una sola, no femenina o masculina, simplemente es buena o mala, apuntó Eve Gil. Al dictar la conferencia El Segundo Oficio Más Antiguo, La Escritura de Mujeres, la autora sinalo-sonorense, radicada en el Distrito Federal, recordó que el primer texto escrito en la historia, localizado en Sumeria hacia el año 22000 a.C., se le atribuye a una mujer, Eukhadiana. En el auditorio de la Facultad de Letras, la autora de Hombres necios, El suplicio de Adán y Réquiem por una muñeca rota, dijo que su interés por estudiar literatura escrita por mujeres, surgió en 1990, cuando advirtió que el programa de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Sonora no incluía a ninguna mujer, salvo a Sor Juana. Siendo estudiante, señaló la también periodista, autora de la columna La Trenza de Sor Juana, se adentró en la literatura de Virginia Woolf, Simone De Beauvoir y Erica Jong, quienes ejercieron un deslumbramiento difícil de describir. "Puedo suponer que fue como engancharse a una droga o a una secta secreta, porque mi lectura de estas maravillosas escritoras azuzó mi necesidad de enviar más señales de humo y convocar a otras tantas", explicó. A sus manos llegaron Igor Caruso, quien escribe sobre mujeres, Susan Sontag y a Sylvia Plath. Luego fotocopió libros enteros de Luisa Valenzuela, Alejandra Pizarnik, Carmen Boullosa, Inés Arredondo, Ana María Matute y Francesca Gargallo, con lo que empezó a demostrar que quizás eran miles las magníficas escritoras. Y aunque se especializó en escritoras para desafiar el plan de estudios, aseguró no creer en la literatura femenina. "Ello implicaría la existencia, peor aún, la preeminencia de otra masculina".La escritora comentó que fueron Pita Amor, Emma Godoy y Elena Poniatowska, quienes introdujeron el entorno femenino y el lenguaje directo de las mujeres en la literatura. "Pero no existe literatura femenina o masculina, eso implicaría dividir territorios. Lo que existe es un punto de vista masculino y otro femenino". Recordó a autores que han escrito desde el punto de vista femenino, como Tolstoi, Flaubert, Wilde, García Ponce, Millás, Álvaro Pombo, y mujeres como Marguerite Yourcenar, Josefina Vicens, Cristina Peri Rossi, Francesca Gargallo, Cristina Rivera Garza, Mayra Santos-Febres, Ana García Bergua, Donna Tartt y Zadie Smith, que han escrito en masculino. "Ya no existen terrenos ni tópicos exclusivamente masculinos o femeninos, vemos hombres escribiendo sobre amor y cocina, y mujeres que escriben sobre guerra y política", destacó.(152926)

lunes, marzo 13, 2006

Comentario sobre "El suplicio de Adán", de Elena Méndez, joven narradora sinaloense

Narradoreve:
Ya terminé de leer El suplicio de Adán. Es una novela deliciosa. hay una fuerte crítica social, llevada con ironía y sentido del humor.
Encontré cierta intertextualidad respecto a Estación Tula, de David Toscana, en cuanto a que el protagonista es fruto de una violación, por tanto, "un hijo de la chingada" (literalmente), condición esta que lo marcará negativamente de por vida.
Asimismo, encuentro también un afán desmitificador de la historia oficial, lo cual también es una constante toscaniana, tanto en esa novela como en otras (Duelo por Miguel Pruneda y El último lector).
Me encantó que felipe oscile entre el lenguaje culto y el popular e, incluso, vulgar.
Hallé alusiones a tus amigos y colegas literatos:
Hernán Trejo--- por Nacho Trejo

Genaro Volpi--- Genaro Giuseppe Volpi Palou--- por Jorge Volpi y Pedro Ángel Palou
Me pareció entrañable el personaje de María Metzli, por sus ideas feministas y su candidez. imaginé que era alejandra, como luego resultó. lo que no pude predecir era el destino tan infausto que se había cernido.
La primera relación sexual entre María Metzli y Felipe me pareció de tintes garcíamarquuesiano:

Eres lindo-fue la última frase que enunció antes de perderse conmigo en una vorágine de jadeos hasta renacer con el mediodía. ocurrió con premura insólita: yo era la Viuda ahora. qué imperiosa necesidad de transmutarme en agresor, de arrancarme del cuerpo el nada viril estigma de la doncellez violentada. y ella, mariposa de colores y olores insospechados, mansa y estremecida de pavor, brindándome la reivindicación como un cordero en la piedra de sacrificios. no fui gentil como tampoco lo fueron conmigo y pude aprender, demasiado tarde, que las mujeres están hechas del mismo material que el ruiseñor de Oscar Wilde, que el amor las hace cantar tiernamente mientras son lastimadas.

-Te quiero mucho-dijo ella mientras reposábamos en la limonada hierba otoñal que trituramos con los cuerpos y se nos incrustaban en la piel. ella no mencionó el dolor ni la sangre.

María Metzli me recordó a Madame Bovary, en cuanto el indefinible color de sus ojos. sucesivamente se les cita como verdes, pardos, azules, aguamarina y grises.
Una duda: las apariencias andróginas de Rosa-Rosa (Rosario-Chayo) y de Felipe son premeditadas, ¿verdad? pienso esto dado que en uno y otro personaje predominan rasgos sicológicos del sexo contrario, respectivamente. quizá por eso se complementaban en su relación de hermanos/amigos.
Rosa Rosa-Rosario-Chayo me remitió a Matilde de Nadie me verá llorar tanto en la fortaleza de su carácter, su apariencia masculina rayana en el travestismo, como en sus vivencias, incluidas las experiencias homoeróticas. incluso el nombre de rosario resulta andrógino, circunstancia muy conveniente para ella.
Una duda: ¿en realidad Chayo es hermafrodita? Su periplo por lupanares y congales me remite, también, a los de Beatriz, en Cenotafio.
Una constante que veo en tu obra es el odio al padre. Citemos Cenotafio, Réquiem y ahora esta novela. padres ausentes y/o abusivos, madres sumisas, infidelidad, maltrato.
Que el padre tutor de Felipe ( y abuelo de Metzli) se apellide Abascal me resulta una alusión fortuita a Carlos Abascal (que al momento de publicarse tu novela no era secretario de gobernación ni del trabajo, como en este gabinete) , dado lo fundamentalista de su carácter.
¿Las apariencias andróginas de Rosa-Rosa y de Felipe son premeditadas, ¿verdad? pienso esto dado que en uno y otro personaje predominan rasgos sicológicos del sexo contrario, respectivamente. quizá por eso se complementaban en su relación de hermanos/amigos.
Me parece un gran acierto que tu novela gire en torno a cómo y por qué hay quienes se ordenan sacerdotes por motivos ajenos a su vocación: juan circuncisión por decepción amorosa, Felipe por habérselo prometido a su madre en su lecho de muerta.
Asimismo, considero acertado, transgresor, subversivo y maravilloso que trates el tema del celibato, asunto por demás espinoso que, no obstante, logras llevar con sutileza. qué padre amaro ni qué la chingada. es un verdadero placer leer acerca de un cura gigoló que se "vende" con tal de mantener a los huerfanitos y a la pequeña "bastarda" (sin afán peyorativo)
Respecto a esta última tengo una observación: el caso de María Cecilia, según yo, guarda intertextualidad con un relato excepcional de Juan José Arreola, hizo el bien mientras vivió (incluido en varia invención), en cuanto a la hipocresía de un señor casado que embaraza a una joven humilde y la protección que ésta recibe de un hombre piadoso.
sobre los nombres: me facinó que algunos tienen una evidente función irónica: apóstol, que es marxista; felipe, que en realidad es ateo.
Noto de nuevo tus alusiones a Dante y a Shakespeare: el infierno, Virgilio; celos otelísticos. y a la literatura griega y latina: Héctor; otra vez Virgilio; y el eterno tema del niño perdido (presente desde orestes, edipo... )
Los acercamientos sexuales de Felipe con la Viuda y las doñas me hacen recordar las plasmadas en días de nadie y la vocación insular, de Hugo Valdés, donde se describen coitos de los respectivos protagonistas con mujeres mayores. el suplicio de adán es su incipiente y fallida prostitución, esto, por su impotencia (hechizo roto sólo por la única mujer a quien había amado) ...
gracias, eve, de nuevo me obsequias el don de tus palabras."
elena

Querida Elena:

Antes que nada, muchas gracias por escribirme esta maravillosa carta.

Te aclaro algunos puntos: la novela fue escrita entre 1995 y 1996, y se publicó a finales de 1996. En esa época todavía no se publicaban las novelas aludidas de David Toscana y Cristina Rivera Garza, razón por la cual resulta imposible que exista una intertextualidad o una influencia de alguno de estos autores.

El personaje se apellidaba "Trejo" desde antes de conocer a Nacho quien, por cierto, fue mi tutor en Jóvenes Creadores del FONCA 95-96, periodo durante el cual escribí esta novela.

"Abascal" es el apellido de un conocido clan de Monterrey, famosos entre otras cosas por su beatería. Supongo que don Carlos pertenece a esa misma familia.

Lo que mencionas al final respecto a los acercamientos sexuales semejantes a los de las novelas de Hugo Valdés, pudiera tener algo de cierto porque Hugo fue mi compañero becario de Jóvenes Creadores y trabajamos mucho juntos, aunque también trabajé bastante con Toño Tenorio, cuya novela, "Más breve que una vida", tiene un tema muy afín al mío.

Los autores que leí vorazmente durante la escritura de esta novela fueron Jorge Ibarguengoitia, Juan Rulfo, Juan José Arreola, José Revueltas y Elena Garro.

Muchas gracias por tus hermosas palabras...

Tu amiga que te quiere...




miércoles, marzo 01, 2006

La escritura: ese misterio cotidiano. Un texto autobiográfico

Foto: Rafael Landeros

Ahora que me lo preguntan, el proceso de la escritura nunca ha dejado de ser un misterio para mí. Me vienen a la mente los términos impulso, deseo, necesidad, miedo, pero no consigo explicarlo. La única certeza que tengo es que el ejercicio de la escritura me sedujo desde muy temprana edad, y que en un principio fue un juego que poco a poco se fue convirtiendo en vicio, y que tras un proceso de maduración particularmente doloroso, fue adquiriendo dimensiones de responsabilidad, hasta convertirse en una vocación. Recuerdo que en una de mis primeras incursiones por un taller literario —tendría yo 19, 20 años—, fui objeto de una severa reprimenda por parte de la coordinadora cuando, al preguntarnos a todos los presentes por qué escribíamos, yo respondí que lo hacía para desahogarme. Aunque no era exactamente así (creo que hablé demasiado a la ligera), pues ese “desahogo” me demandaba rigor y disciplina, es decir, lo que yo escribía eran novelas, o intentos de novelas, no cartas ni diarios, la señora aquella casi me corre por mi falta de seriedad para con el ejercicio literario.
Lo cierto es que entonces no escribía para nadie, es decir, no aspiraba a ser leída. Escribía para mí misma. Eso no ha cambiado. Sigo escribiendo para mí misma (estoy convencida de que en cuanto se empiece a escribir para alguien, se pierde la espontaneidad, se deja de ser genuino para convertirse en una especie de bufón), sin embargo, al convertirme paulatinamente en una lectora más y más exigente, me vuelvo consciente de que debo de satisfacer a esa lectora que me habita y que no se va a conformar con cualquier cosa. Al madurar como lector, necesariamente se madura como escritor. Aunque ello implique que el ejercicio que tan placentero me resultaba en mi juventud se haya convertido en un oficio absorbente, grato, sí, pero para nada complaciente. El escritor trabaja en función del lenguaje y no a la inversa, dice muy atinadamente Luisa Valenzuela.
Nunca tuve un ritual establecido para escribir. Dejo que las cosas salgan como tienen que salir. La espontaneidad es parte inherente de mi trabajo. Sin embargo, hay algo que me distingue de la mayoría de los escritores de mi generación, y es que me siento desnuda ante la pantalla de la computadora sin un manuscrito de por medio. Empecé a usar computadora en 1990, por exigencias de la universidad, y desde entonces no consigo superar mi terror ante la pantalla en blanco, que antes era negra —cosa que no me sucede con la página, que ha de ser literalmente blanca pues no soporto escribir sobre renglones—, que me produce un vértigo semejante al de una alberca profunda. Necesito estar armada antes de bucear en ella, sentirme protegida en más de un aspecto, no sólo contra su insondable blancura que me hace sentir perdida, sino contra una probable falla técnica: un corto, un apagón, un error interno del sistema. Olvido estar guardando, como lo exige el protocolo (del mismo modo que me olvido de pestañear mientras leo y lo que, según mi ofatamólogo, me genera una conjuntivitis crónica), así que tener a la mano una versión manuscrita es mi antídoto al miedo irracional que me produce la tecnología. Del mismo modo que otros coleccionan estampillas, discos o zapatos, yo colecciono libretas y plumas. Para mí, la escritura va acompañada de fetiches (los accesorios antes mencionados); sin tinta y papel de por medio, no siento que esté escribiendo de verdad. Transcribirlo en la computadora es un trámite necesario, nada más.
No tolero el silencio mientras escribo. Pero tampoco el ruido. Si acaso, el murmullo característico de un café. Me declaro del club de Hemingway, Miller, Vila Matas y Gidé: soy escritora de cafés. Ojo: no cualquier café. Obviamente tengo mis favoritos, “mis oficinas”, como el Café La Habana (que era la misma “oficina” de Roberto Bolaño), y la cafetería de la Ghandi clásica (“vieja”, la llaman algunos), dependiendo lo que esté escribiendo. Cuando trabajo en la computadora, es decir, cuando transcribo, pongo una música afín a lo que escribo: el rock de los 70 ambientó mis sesiones de escritura de Hombres necios; la música de mi adolescencia (tempranos ochentas) me acompañó durante la redacción de Réquiem por una muñeca rota, por ejemplo. Actualmente me valgo de Wagner para ambientarme en un recinto alemanizado, siniestro y misógino.
No puedo concluir un texto sobre mis métodos de escritura sin mencionar lo fundamental: la lectura. Aunque por mi trabajo periodístico debo leer determinados libros que no siempre me gustan (aunque soy de los que piensan que cualquier libro, por malo que sea, aporta algo), alterno estos con otros relacionados con lo que escriba en este momento, así que Nietszche, Freud, Kristeva, Crowley, Goethe, Mann y Jelinek forman parte de mi mesa de noche. Además, soy de los convencidos de que hay que “recalentar motores” cada cierto tiempo, por eso siempre tengo a la mano a autores fundamentales para mí como Virginia Woolf, Flaubert, Auster y Kafka.


 

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