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All About EVE: ¡No me hallo!, ¡no me veo!

All About EVE

domingo, mayo 28, 2006

¡No me hallo!, ¡no me veo!

Foto: Mural de Maricruz Castro Ricalde

Por segundo año consecutivo, Cristina Rivera Garza monta un evento que bajo un tamiz divertido logra su real propósito de invitar a la reflexión a sus participantes. La Internacional Semana de la Mujer Invisible reunió a un grupo de mujeres artistas de diversas disciplinas que echaron a volar su imaginación para manifestar su respectiva experiencia con la invisibilidad, pues de hecho la de la invisibilidad es una experiencia prácticamente inherente a la condición femenina, como dejaron asentado Virginia Woolf en Mrs. Dalloway, o Rosario Castellanos en Balún Canán; fenómeno, aclaremos, más cultural que físico -aunque evidentemente la mayoría de nosotras recurrió, para su representación, a los símiles de la Sue Storm de Los cuatro fantásticos y el referente novelístico de H.G Wells-, que las obras antes citadas abordan no sin ironía: por un lado, la invisibilidad de la esposa del hombre importante en relación con este, y la de una niña pequeña respecto a su hermanito varón. Se trata, por supuesto, de una circunstancia relativa, pues la presencia corpórea de estas personajes en advertida por quienes las rodean. Lo que definitivamente pasa desapercibido para todo mundo, es la importancia de ese ser, es decir, su calidad de ser humano, al grado de que a la madre de la niña narradora de Balún Canán la presencia de esta no la frena para lamentarse, en el lecho de muerte de su hijo, que sea el varón y no la hembra quien haya muerto.
La mayoría de nosotras tiene experiencias de invisibilidad qué contar. Me viene a la mente una que me contó mi madre, que en su juventud fue muy acosada por tenorios callejeros debido a su gran belleza. "Un día, de repente, dejaron de voltearse en la calle para mirarme; prácticamente se estrellaban contra mí cuando caminaba sobre la acera. Cesaron abruptamente los piropos y los dependientes ya no me sonreían. Supe, de un momento a otro, que había dejado de ser joven, y fue el día más horrible de mi vida." La mujer, pareciera ser, se transforma en un ser transparente apenas se aleja de los estereotipos vigentes de belleza, y por supuesto no faltan las que, buscando desesperadamente recuperar presencia, recurren a soluciones verdaderamente extremas como, por ejemplo, ropa llamativa o implantes de silicona; esfuerzos que llegan a resultar patéticos, sobre todo cuando estas mujeres invisibles se transforman en una prótesis que camina. Otra experiencia de invisibilidad es la que cotidianamente lidian las mujeres que anteponen el cerebro a la apariencia física. Ejemplo: Patricia Mercado es una candidata presidencial invisible. Si fuera un requisito medir el coeficiente intelectual de los cinco presidenciables -sí, son cinco y no cuatro-, es un hecho que la candidata invisible superaría con creces a sus contrincantes, sin embargo nadie la ve, ni la oye. En este tenor, la académica Maricruz Castro Ricalde sorprendió a los asistentes a la Internacional Semana de la Mujer Invisible con una instalación en la que se exhibían las portadas de todas las antologías en lengua castellana que han omitido a las escritoras. Salvo las dos o tres féminas incluidas como de cajón, pudiéramos enumerar entre las más ilustres invisibles de la literatura mexicana a la mismísima Elena Garro (de esa especie de invisible chocarrera que nadie ve pero todos oyen), seguida de Nellie Campobello, Guadalupe Dueñas, Ámparo Dávila, Emma Dolujanoff, Aurora Reyes, Josefina Vicens, Luisa Josefina Hernández, María Luisa Mendoza, María Elvia Bermúdez, Vilma Fuentes, Gabriela Rábago Palafox, Emma Godoy, María Luisa Puga y un etcétera interminable que debiera incluir asimismo a otras tantas extraordinarias escritoras latinoamericanas poco conocidas, no obstante su genialidad, entre otras la argentina Luisa Valenzuela, la uruguaya Cristina Peri Rossi, la chilena Diamela Eltit, la peruana Patricia de Souza, la ecuatoriana Alicia Yanez Cossio, la costarricense Carmen Naranjo, la venezolana Victoria di Stefano, la puertorriqueña Mayra Santos Febres, la colombiana Alba Lucía Angel, y otro larguísimo etcétera.
Por supuesto, no falta el ingenuo (a) que considere que es un problema de ausencia; que la razón de la escasez de nombres femeninos en la historia del arte, de la política, de la ciencia y de la religión se debe a la falta de coraje de las propias mujeres, peor aún, a la falta de talento e inteligencia, y si bien debe ser cierto que muchas mujeres optaron por doblar las manos (pienso, por ejemplo, en Alma Mahler que eligió no eclipsar a su célebre marido y de motu propio guardó sus partituras en un baúl), pero muchas otras, no obstante no haber cejado en el empeño y haber sorteado toda clase de vejaciones (pienso en la pintora Artemisia... en la escultora Camille Claudel... en la compositora Fanny Mendlesshon... en la dramaturga contemporánea de Shakespeare, Aphra Behn... en la mismísima Sor Juana), nunca o muy raras veces son citadas, y cuando llegan a serlo, casi siempre por otras mujeres. Invisibles permanecen precursoras de géneros literarios como Ann Radcliffe, iniciadora de la novela negra a finales del siglo XVIII; Mary Shelley, la ignorada autora de Frankenstein, a quien apenas Isaac Asimov le concede la gracia de reconocerla como creadora de la ciencia ficción; Josephina Niggli, la primera escritora mexicana que escribió una novela que puede calificarse de "tema fronterizo", cuarenta años antes que Crosthwaite, Parra y anexas; Fanny Burney, autora de la primera novela epistolar, Evelina; Madame de Stäel, la iniciadora del romanticismo... todas permanecen invisibles en sus respectivos campos de acción, salvadas acaso por biógrafos y biógrafas sinceramente conmovidos por las dolorosas circunstancias en que estas artistas ejercieron su vocación sin esperar nada a cambio como no fuera la satisfacción de su propio arte. La lista continuaría si revisamos los libros de historia: le fue más fácil pasar a la posteridad a la reina María Antonieta, gracias a la inmolación con la que cierra una biografía surcada de aventuras galantes, que a la valerosa Madame Roland, que virtualmente se jugó la cabeza escribiendo incendiarios artículos contra Robespierre. Quizá porque a los historiadores machistas les importa más resaltar los aspectos negativos de las mujeres que los positivos; mejor remachar una y otra vez los errores de Marthita Sahagún o Rosario Robles (no peores, por cierto, que los de sus colegas que las ridiculizan), que ensalsar la extraordinaria labor de Amalia García al frente del gobierno de Zacatecas, o la discreción e inteligencia con la que Beatriz Paredes ha sorteado los ataques de sus contrincantes.
Por todo lo anterior, la convocatoria de Cristina Rivera Garza adquiere una relevancia por encima de un divertido reto de ingenio: invita a la reflexión respecto a una injusticia de suyo histórica y a procurar, hasta donde sea posible, resarcirla.


 

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