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All About EVE: junio 2006

All About EVE

miércoles, junio 21, 2006

Literatura y fútbol: Rafael Pérez Gay

“El primer error, señala el escritor Rafael Pérez Gay, sería pensar que México va a pasar la primera ronda con gran tranquilidad, aunque los medios de comunicación así lo empiezan a decir. Uno de los equipos de su grupo, Angola, eliminó a Nigeria, a Camerún y a Senegal. Algo debe de tener. No creo que sea fácil. El equipo más flojo de ese grupo, que es Irán, puedo asegurarte que van a salir a dejar el corazón en la cancha casi por razones religiosas, y qué decir de Portugal, una de las selecciones europeas más consistentes y con un fútbol tan competitivo o quizá más que el nuestro. Si México pasa esa primera ronda, podría enfrentarse contra Alemania u Holanda; contra Serbia Montenegro o Costa de Marfil. Costa de Marfil llega al mundial con el aura de una selección que puede ser muy sorpresiva.”
El también columnista de El Universal, nos recuerda que, sin embargo, México ha sido capaz de empatar con Holanda y de casi ganarle a Alemania, “entonces no hay ninguna razón para no pensar que si el equipo está bien, incluso pudiera pasar de la segunda ronda. Creo que el grupo que ha compactado Lavolpe es bueno. La parte baja la tenemos resuelta, Osvaldo Sánchez es muy buen portero; Salcido, Osorio son magníficos defensas, y qué decir de Rafa Márquez, uno de los mejores defensas centrales del mundo. La parte media creo que también estaría resuelta. Quizá tendría alguna duda en la parte alta, en la delantera. Desde luego creo que va a alinear Borghetti y no sé si va a poner al Kikín Fonseca, más bien creo va a hacer jugar a Guille Franco y ahí es donde tengo mis dudas porque Borghetti es un gran rematador, pero necesita pases para rematar.”
Con tal erudición futbolística se expresa uno de nuestros más prestigiados narradores, nacido en la ciudad de México en 1958 y autor de una consistente obra narrativa, publicada casi toda bajo el sello Cal y Arena, mismo que ahora lanza Sonido local (2006), libro que recopila sus mejores crónicas futbolísticas publicadas en el periódico Crónica y en La afición, suplemento deportivo de Milenio, y las cuales, he de decirlo, emocionan hasta a esos que, como esta servidora, detestamos el llamado “juego del hombre”. Pérez Gay atribuye lo suyo a una “deformación profesional”, sin embargo ha sabido entrecruzar admirablemente dos pasiones originadas en campos que pudieran considerarse casi antagónicos: el fútbol y la literatura. Particularmente el equipo francés le despierta hermosas evocaciones literarias. No es para menos: el mundo entero vio al director técnico de esa selección, Aimé Jacquet, leyendo a Baudelaire en la banca durante un enfrentamiento entre su selección y la croata en una semifinal de la Copa del Mundo: “Yo estudié letras francesas, y a modo de guiño con el lector voy haciendo unos comentarios sobre la novela realista de Balzac contra el romanticismo de Víctor Hugo; la poesía simbolista de Verlaine contra algún poeta más etéreo y moderno.” Sin embargo, hay que aclarar, el caso del profesor Jacquet es excepcional, según nos lo hace ver el propio Pérez Gay:
“En general los jugadores de fútbol no son cultos. Sus dones les han sido otorgados especialmente para el campo de juego y no para destacar como pensadores. Creo también que hay excepciones. En México hay por lo menos dos muy notables: Javier Aguirre, que fue entrenador del Pachuca. Hombre articulado, informado, incluso escribe con fluidez. El otro es Félix Fernández, uno de nuestros mejores porteros, capaz también de escribir y de resolver problemas y hacerlos más complejos. Recuerdo que Hermosillo se expresaba con mucha corrección... también Luis García... por supuesto Hugo Sánchez, sin duda el mejor jugador que ha tenido México y a quien la experiencia le ha dado la capacidad de abordar problemas complejos y darle respuesta a cada uno de ellos.”
“Las sociedades necesitan siempre ilusiones colectivas”, responde cuando le pregunto por qué entre más fracasos acumula nuestra selección, más crece la afición. “Las ilusiones colectivas las hay en política, en el imaginario popular... en parte por eso la devoción por Pedro Infante o por actores, por personajes que concentran por alguna razón la posibilidad de que franjas amplias de la sociedad concentren los sueños sin los cuales la sociedad podría no querer vivir, y el fútbol es uno de esos casos.”
“No estoy de acuerdo en que se deposite la identidad nacional, el orgullo nacional, o parte de nuestro corazón en una pelota de fútbol. Es un juego que concentra, como he dicho, ilusiones y sueños colectivos, pero es simplemente eso, un juego apasionante, en el que en algún momento se enciende nuestro nacionalismo, aunque hay que cuidar de que no se convierta en un ejercicio radical de nacionalismo. Los nacionalismos exacerbados solo producen radicalismos políticos, dictaduras y muy mala literatura. En el mundial de 1978 se coronó Argentina en una final ruda y difícil en contra de Holanda, y en el estadio estaba un asesino y un dictador que era Rafael Videla.”
Sonido local demuestra, entre otras cosas, que el fútbol es un arte dramático. ¿Quién se llevaría el Oscar por su Hamlet que usa el balón para caracterizar al buen Yórik? Como el propio autor señala en la página 69, refiriéndose a esos que se revuelcan entre espumarajos de dolor sobre el césped cuando apenas han sido rozados por el contrincante: “No me extrañaría que algún día, en el futuro, un director técnico llamara a su número diez y en lugar de darle instrucciones sobre su ubicación en el campo de juego, le dijera intempestivamente: Ve y actúa un gran Hamlet.”
“En especial los argentinos se caracterizan por actuar en la cancha. Los brasileños actúan con gran naturalidad los guiones que les han sido puestos en las manos; actuaciones frías aunque muy eficientes, las de los alemanes. El mexicano actúa pero a veces no sabe que actúa. El jugador mexicano reclama mucho las decisiones de los árbitros y esa es una forma ignorada de la actuación.”
Imposible no abordar el tema del momento: “Creo que Cuauhtémoc Blanco y Lavolpe simplemente no se llevan bien. Eso al final ocasionó, creo yo, que Blanco no fuera llamado a la selección nacional para el mundial de Alemania 2006, lo cual considero un error puesto que Blanco está hoy en día entre los cuatro o cinco mejores jugadores del mundo. El razonamiento es: si la selección debe tener a los mejores jugadores, ¿por qué no va a estar Cuauhtémoc Blanco? Espero que el resultado no sea malo, yo le deseo que le vaya muy bien a la selección, pero Blanco debería estar en ese grupo.”
Pérez Gay concluye diciendo que se encuentra tratando de avanzar en algunos textos no incluidos en Paraísos duros de roer, excelente libro de relatos publicado casi simultáneamente con el que nos ocupa, en la misma casa editorial.

sábado, junio 10, 2006

"Ya no soy habitante natural de este mundo": José Emilio Pacheco

Desde 1995 se lleva a cabo en la ciudad de Hermosillo, Sonora, con sede alterna en la hermosísima Bahía de Kino, la fiesta literaria del noroeste, Horas de junio (nombrado así, claro, en honor a Carlos Pellicer, por disposición de Abigael Bohórquez), que empezó casi como una broma en 1997, al calor de las cervezas y los poemas garrapateados en una servilleta y se ha convertido en un evento mítico a nivel internacional, entre otras cosas porque no se trata de un tradicional encuentro de escritores en el que los egos rivalizan en una arena de vanidades, sino más bien de una reunión de viejos amigos que se sienten con la confianza suficiente para relajarse, en el mejor de los sentidos. Se caracteriza, además, por reunir en un mismo foro a escritores incipientes con experimentados y propiciar la interacción entre viejas y nuevas generaciones.
Aunque por lo general dicho encuentro recibe el nombre de algún prestigiado escritor sonorense, esta ocasión decidió nombrársele en honor al novelista y poeta José Emilio Pacheco, cuya obra maestra, Batallas en el desierto, cumple 25 años de haberse publicado, “Veinticinco de la novela, cincuenta como escritor – aclara Pacheco. Y reflexiona – Yo ni siquiera recuerdo lo que estaba de moda en 1981, pero estoy seguro de que si las hubiera seguido estaría completamente muerto y ustedes no me leerían…”, y asegura que cuando dos años más tarde publica Irás y no volverás, juraba que ya nunca más volvería a escribir nada.
“Este homenaje implica un acto de generosidad que yo no esperaba y que agradezco de la manera más sincera, pero también implica algo que es la medida del paso del tiempo, es decir, no hubiera podido tener esto a los veinte o veinticinco años. No es que quiera dármelas de modesto, pero cuando yo empezaba a escribir no existía nada de esto, y estoy muy poco acostumbrado.”, señala el homenajeado.
La participación en dicho evento de esta servidora, brinda de aproximarse a este autor prácticamente inaccesible para los medios de circulación nacional y que sin embargo recibió a los representantes de los medios hermosillenses haciendo gala de sencillez y simpatía. En realidad, como el propio Pacheco señala, esa actitud no se debe a otra cosa que su fuerte consciencia de la marginalidad de su oficio: “Me van a perdonar que yo no sea nada mediático y que carezca de la facultad para desenvolverme en este mundo que ya no me pertenece, me siento totalmente del siglo pasado. Yo ya no soy habitante natural de este mundo.
“Lo único que he hecho es cumplir con mi deber –prosigue el poeta nacido en la ciudad de México el 30 de junio de 1939-. Por otro lado hay un desprecio inmenso a mi oficio. No puedo poner en una línea: ocupación, poeta. Este es un trabajo muy solitario y me siento muy mal pues no tengo oportunidad de conocer tantos jóvenes como quisiera, aunque he podido presenciar cómo ha cambiado el mundo: En mis giras descubro que la inmensa mayoría de quienes toman cursos o talleres de literatura son muchachas, cuando antes era muy raro. Ahora es algo abrumadoramente protagonizado por mujeres. Lo que no me explico es como, en medio de una situación socioeconómica tan difícil, hay tanta gente dedicada a esto. Yo lo interpreto como una resistencia a esa crisis.”
El Premio Octavio Paz 2003 se hace acompañar en todo momento por el periodista José Luis Martínez y el poeta indio Indram Amirthanayagham, “que ya es mexicano porque escribe en español”, celebra ruiseñamente Pacheco. A este atribuye Indram su incursión en la que llama “mi novia”, es decir, la lengua española. Recientemente laureado con el Premio Federico García Lorca, Pacheco asegura que no acostumbra referirse a sí mismo como “poeta”, entre otras cosas porque le parece una actividad muy juvenil: “Es muy raro que una persona siga escribiendo poesía más allá de los sesenta años y yo he tenido esta suerte. Imagínese que a los 67 años uno tuviera un dominio absoluto de la técnica… ¡nada!, como si fuera la primera vez, a veces me sale, a veces tengo que tirar a la basura. Nadie en el mundo escribe voluntariamente un mal poema, todo mundo quisiera que le saliera bien.”
En medio de la algarabía que supone la realización de Horas de junio, dicho evento se ha empañado por el fallecimiento, a tan solo dos días de llevarse a cabo, del poeta más amado de la localidad, junto con el asimismo difunto Abigael Bohórquez: Alonso Vidal, cuyo nombre, incluso, figura en el programa de mano. Este inesperado deceso que se dio en condiciones harto similares al de Bohórquez (Vidal muere en soledad, en su casa, abrumado por la pobreza. Diez años atrás ha sido víctima de una agresión homofóbica que lo puso al borde de la muerte), inspira entre los organizadores del evento y algunos de sus asistentes como el propio Pacheco, Xavier Velasco, Julián Herbert, Xedvet Bajraj, Miguel Méndez y Gerardo Cornejo la creación de un parlamento hispanoamericano de escritores que brindará protección de los derechos humanos de hombres y mujeres consagrados al oficio literario: “No queremos que ni un solo poeta más en el mundo vuelva a pasar por lo mismo que Abigael o Alonso”, señaló en conmovedor discurso el escritor sonorense Raúl Acevedo Savín, quien firma sus libros como Jeff Durango y es, junto con los también escritores Cristina Murrieta, Luis Rey Moreno y Alejandro Aguilar Zéleny, parte del comité organizador de Horas de junio.
“El desierto me tiene absolutamente fascinado –asegura Pacheco-. No podía dejar de mirarlo mientras viajaba en el avión. Me dicen: “Tú tienes un poema contra la patria”, pero es un poema donde digo que la patria para mí son lugares y gente y hablo de montañas y ríos, pero si volviera a escribirlo, estoy seguro, mencionaría la terrible y sobrecogedora belleza del desierto.
“De política no me gusta hablar. ¡Me abstengo! Lo que dice Monsiváis me parece muy sabio: “Yo no sé si ya no entiendo lo que pasa, o ya pasó lo que entendía”. No lo puedo entender, me parece muy triste. Esto de que los políticos no piensen más en servir sino en conseguir poder y que se pase todo mundo de un partido a otro y se reciba como si nada a los peores enemigos de ayer.
El también autor de Irás y no volverás, Morirás lejos y El principio del placer, agrega que no le gusta hablar de sus proyectos porque es muy supersticioso y siente, una de dos, que no se van a cumplir o que se puede comprometer demasiado y a la hora de la hora no llevarlos a cabo, “Mejor hablo de lo que ya terminé: después de siete años voy a publicar un nuevo libro de poemas que es un poco largo y está dividido en cinco partes y es muy grande, de tamaño, no de grandeza literaria, de todas las versiones poéticas que he hecho que comienzan con los epigramas de la antología griega y termina con los haikus japoneses, eso en lo que he trabajado arduamente a los largo de 2006.” El año pasado, Editorial Era lanzó una antología de su mejor poesía titulada La fábula del tiempo.



martes, junio 06, 2006

El amoroso caos de Paul Auster

Como una forma de celebrar el merecidísimo Premio Príncipe de Asturias concedido a mi autor favorito, le escribí este pequeño ensayo que comparto con ustedes.

¿Qué es un escritor? “El escritor –responde Paul Auster en su autobiografía A salto de mata – no “elige una profesión”, como el que se hace médico o policía. No se trata tanto de escoger como de ser escogido, y una vez que se acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar preparado para recorrer un largo y penoso camino durante el resto de su vida.” El escritor, el auténtico escritor, a menos que sea un tocado de los dioses, continúa Auster, deberá agenciarse una vía alterna de subsistencia, es decir, trabajar el doble que cualquier mortal, lo cual constituye un dudoso privilegio. A salto de mata es, de hecho, el testimonio de ese “largo y penoso” camino recorrido por el hoy Premio Príncipe de Asturias; el mismo inexorable camino que ha de recorrer todo aquel cogido por el, llamémosle, demonio de la escritura, en pos de la conquista del derecho de ya no hacer otra cosa en la vida sino escribir. Mozo de un barco petrolero, articulista, traductor del francés, guionista, hasta inventor de un juego de cartas, fueron algunos de los oficios que tuvo que alternar con la escritura en los años aciagos, que fueron muchos, pues no logró publicar un libro sino hasta casi los cuarenta años… y aquella primera novela, Juego de presión, fue por cierto un monumental fracaso que actualmente circula como obra de culto entre los amantes de Auster.
Para conquistar el derecho de vivir de la escritura, pues, se ha de asumir la condición humana no como una circunstancia sino como una responsabilidad. En la práctica consciente de la propia humanidad germina ese misterio que indiscriminadamente llamamos “estilo”, pues el primordial instrumento de trabajo de la escritura, más incluso que la máquina, la pluma o el diccionario, es la capacidad para desentrañar la esencia de cada individuo y explicarla según la particular visión del mundo. Uno de sus primeros libros exitosos, La invención del padre (Compactos Anagrama, 1994), es un admirable botón de muestra de hasta qué punto el autor entrenó su asimilación cabal de lo humano, aún tratándose de hechos que le conciernen en forma más que directa por tratarse de asuntos familiares: “Mi abuela mató a mi abuelo. El 13 de enero de 1919, exactamente sesenta años antes de que muriera mi padre, su madre disparó y mató a su marido en la cocina de la casa de Fremont Avenue en Kenosha, Winsconsin. Los hechos en sí no me atormentan más de lo que cabría esperarse. Lo difícil es verlos impresos, desenterrarlos del ámbito de lo secreto, por así decirlo, y convertidos en suceso público (…)” (p. 55). De ahí que a muchos Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) nos sea tan entrañable, pues nunca deja de mirarse y mirarnos con la desencantada ternura del escritor al que nadie quería publicar y que, nutrido de incomprensión y de rechazos adquirió el inconmensurable don de reírse no del mundo sino con el mundo. El secreto del éxito de Auster, que sin proponérselo encontró la veta para cumplir la premisa garciamarquesiana de “escribir para que me quieran”, ha sido retener el espíritu del joven escritor desalentado, más abnegado que cínico, que escribe no por esperanza sino para seguir respirando. Su renuencia a desprenderse de su destartalada máquina Olympia, a la que incluso le escribió un libro, Historia de mi máquina de escribir, lo que hace de Auster el último clásico norteamericano (aunque su esposa, la también novelista Siri Husvedt, tiene su propia Olympia), no es una pose sino una forma de garantizar a su escritura ese talante de irónica melancolía que exige el acompañamiento del golpeteo nostálgico de las teclas: “No me parecía bien, por principio –continúa Auster quien, contrario a lo que podría suponerse, fue un doctorando ejemplar de la Universidad de Columbia-, que un escritor se refugiase en la universidad, rodeándose de personas afines y viviendo demasiado a gusto. Existía un riesgo de autocomplacencia, y una vez que cae en ella, el escritor puede darse por vencido.” Así pues, Auster le apostó la condición privilegiada como docente de una de las más prestigiadas universidades del mundo a la escritura. Apostó y ganó.
La concesión del Premio Príncipe de Asturias para el que estaban postulados los candidatos al Nóbel Amos Oz y Phillip Roth, no es algo que Auster haya buscado (ni siquiera sabía que su agente lo había propuesto); tampoco le brinda un goce superior al de la experimentación del cotidiano misterio de la escritura, aunque resulta harto significativo el hecho de que el jurado haya considerado que su literatura representa una renovación al fusionar lo mejor de las tradiciones americana y europea (Auster desciende directamente de franceses), si bien el aludido ha declarado no hacerlo de manera consciente. Escribir: ese ha sido el verdadero premio para Auster. Lo más hermoso del asunto es que sus libros reflejan esa circunstancia. Hay en su prosa una exaltación continua de la propia escritura y de la escritura de otros, un regodeo del inmediato placer de estarse saliendo con la suya, de ahí que toda su narrativa encierre un aliento autobiográfico, aún cuando Auster trabaja esencialmente con su imaginación. Lo último que le preocupa, y eso también se vuelve evidente, es satisfacer a una masa anónima, pues de hecho no escribe para nadie y, aunque suene a egoísmo, no piensa sino en satisfacer al lector que lo habita. Ese es el arte: un acto de autogratificación que terminará gratificando a sus receptores. Esto es verificable en el carácter intimista de la obra de Auster; carácter que no cancela, sin embargo, la posibilidad de una injerencia activa de terceros en la hermética intimidad que distingue a sus protagonistas, seres solitarios que se identifican en el camino con las soledades de otros. Los héroes austerianos invariablemente iniciarán una pesquisa que, suponen, les concierne sólo a ellos para descubrir, hacia el final, que no será posible alcanzar solos la meta. En su más reciente novela, Brooklyn follies (Anagrama, 2006), la búsqueda de soledad de un individuo termina generando a su alrededor una verdadera hermandad de solitarios que, como tales, son seres excéntricos: Nathan Glass es un sobreviviente del cáncer, recién divorciado, que desea plasmar sus experiencias en un libro y para lo cual se muda a un barrio bohemio de Brooklyn, sin imaginar que se topará con un querido sobrino al que no veía desde hace muchos años, Tom, quien fugitivo, como el propio Auster, de las aulas universitarias, ha optado por conducir un taxi para incrementar sus vivencias. Harry Brightman, el entrañable homosexual, propietario de una librería de segunda mano, vendrá a reforzar el nudo de la mutua retroalimentación literaria: “El antiguo doctorando y erudito (Tom) se aclaró la garganta y me pidió licencia para expresar su desacuerdo. No había normas en lo que se refería a escribir, afirmó. Cuando se consideraba la vida de los poetas y novelistas, se acababa frente al más absoluto caos, una infinita sucesión de anomalías. Eso se debía al hecho de que escribiera una enfermedad, prosiguió Tom, algo así como una infección o una gripe del espíritu que podía atacar a cualquiera en el momento más insospechado.” (p. 154). La descripción que de la interioridad del escritor realiza Tom, podría aplicarse tal cual al universo narrativo de Auster: una infinita sucesión de anomalías donde la literatura, su quehacer y su práctica, se torna una especie de enfermedad, de compulsión, como en El libro de las ilusiones (Anagrama, 2003): “La vida era un sueño febril, descubrió, y la realidad un universo sin fundamento, un hecho de fantasías y alucinaciones, donde todo lo imaginario se hacía real.” La narrativa de Auster parte de la premisa de que lo verdaderamente real es lo que escapa a la atención de los seres ordinarios; edifica una realidad paralela con base en los acontecimientos que de manera excepcional rasgan la cotidianidad de las grandes ciudades, es decir, nada de lo que ocurre en sus novelas es inexplicable o extraordinario, simplemente es una recreación de las paradojas de la existencia común. La noche del oráculo, por ejemplo (Anagrama, 2004), pareciera una sucesión de hechos extraños que no son sino los incidentes propios de la visión y la memoria de un escritor asaltado por una serie de coincidencias relacionadas con su escritura del momento, fenómeno fácilmente certificable por otros escritores de carne y hueso: “Dios apartó la vista de nosotros y abandonó el mundo para siempre. Y yo estuve allí para presenciarlo.” (p. 103).
Llamado por los críticos “el escritor del azar”, la genialidad de Auster reside, sin embargo, en su forma de aplicar este factor que, por lo general, no es sino una vía de escape para una trama demasiado intrincada, particularmente dentro del género negro del que Auster ha tomado la estructura del suspense. En su novelística el azar cumple, en efecto, una función medular, sin embargo se efectúa por medio de la lógica y no del recurso desesperado. Como ilustra la frase anterior, los protagonistas parecen estar siempre en el lugar adecuado, en el momento preciso para presenciar cómo Dios le da la espalda al mundo. Sus personajes, tan espontáneos, tan dolorosamente vivos, podrían decir exactamente lo mismo que de sus clientes dice Max Klein, el detective de la primera novela publicada de Auster, una novela negra titulada Jugada de presión, recientemente publicada en la colección Compactos de Anagrama, y que Auster firmó como Paul Benjamín: “Puede que cueste entenderlo, pero yo no elijo a mis clientes, y no estoy en condiciones de emitir un juicio sobre sus cualidades morales. Me vienen con sus problemas concretos y yo hago lo posible por resolverlos. No les exijo que me presenten cartas de recomendación.” (p. 88).


 

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