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All About EVE: julio 2006

All About EVE

martes, julio 18, 2006

Proust versus Saint Beuve

“No es un libro, sino un proyecto”, dicen ambiguamente reseñistas de la nueva edición de Contra Sainte-Beuve, recuerdos de una mañana, inédito hasta 1954, que Marcel Proust (1871-1922) escribió, como señala el título, para rebatir los juicios del por entonces reverenciado (y que Harold Bloom sigue hallando interesante), Charles Auguste Sainte Beuve (1804-1869), y cuya realización daría pie a la más monumental pieza literaria en lengua francesa de todos los tiempos: En busca del tiempo perdido. Es decir, en el transcurso de la escritura de este tratado contra las alocadas ideas que Sainte Beuve promovió sobre el quehacer literario, algunas de las cuales me permitiré analizar más adelante, Proust descifró lo que él mismo denomina “la música confusa de la memoria”; esa que terminó dictándole su fastuosa obra novelística: “En ningún momento parece haber entendido Sainte Beuve lo que de particular tienen la inspiración y el quehacer literario, y aquello que diferencia por completo a este último de las demás ocupaciones del escritor. No establece límite alguno entre la labor literaria, donde, en soledad, acallando esas palabras que son tan nuestras como ajenas, y con las cuales, aun solos, juzgamos las cosas sin ser nosotros mismos, nos enfrentamos cara a cara con nosotros mismos, procuramos oír, y expresar, el sonido genuino de nuestro corazón (…)” (p. 113).
Independientemente de ser casi un bosquejo de En busca del tiempo perdido, Contra Sainte-Beuve, que, como veremos, es mucho más que un “proyecto” (el que Proust haya buscado infructuosamente su publicación nos habla de una obra acabada, no de un borrador), es ante todo un texto precursor de un género por hoy en boga como lo es el ensayo narrativo, además de un modelo de crítica literaria ejercida desde el acto mismo de creación, por alguien con la suficiente autoridad para hablar sobre los mecanismos internos, tanto morales como intelectuales, del escritor. Es necesario destacar que Sainte Beuve, considerado una autoridad entre los autores de la generación de Proust, tenía treinta años de muerto cuando el entonces joven novelista la emprendió contra sus conceptos, a todas luces (¿cómo es que solo Proust reparó en ello?) anquilosados, por no mencionar sus múltiples desatinos, de los cuales señalo por lo pronto uno: mientras que Sainte Beuve descarta de un plumazo a Stendhal del Parnaso literario francés, augura larga vida a los ínclitos Gasparin de Töpffer, Charles de Bernard, Vinet, Molé, Vicq d´Azyr y la señora de Verderlin, de los cuales poco o nada queda en la actualidad. Mientras que Stendahl… (me permito interrumpir el texto al modo proustiano). Pero este es apenas un botón de muestra de la nula habilidad de Sainte Beuve para profetizar trascendencias, porque también ningunea flagrantemente, nada más y nada menos que a Flaubert, a Balzac, a Baudelaire y a Víctor Hugo (Proust no ahonda demasiado en la enemistad del crítico con Hugo), por motivos perfectamente extra literarios, lo que en cierto modo resulta un consuelo: los críticos en los que inevitablemente estará pensando el lector, nuestros Saintes Beuves, pertenecen a una raza ancestral que Proust describe admirablemente: “En realidad, ese creador de toda la semana que con frecuencia no descansa siquiera los domingos y cobra su glorioso sueldo los lunes por lo mucho que complace a los buenos jueces y por los palos que asesta a los malos, concibe asimismo toda literatura como una suerte de Lundis que acaso pueden releerse, pero que han de haberse escrito en su momento, pendientes de la opinión de los buenos jueces, para agradar, y sin contar demasiado con la posteridad.” (p. 119).
Pero… ¿bajo qué óptica establecía Sainte Beuve sus juicios literarios? El crítico consideraba que para analizar una obra había que empezar por comprender al autor, es decir, escarbar en su intimidad, y de ser posible, si la proximidad histórica lo permitía, acceder a sus allegados para extraer de ellos toda la información posible que permita al crítico esbozar un retrato moral de su objeto de estudio. A continuación, una vez establecido el juicio moral, en el cual salían perdiendo casi todos, Sainte Beuve terminaba por confundir al autor con su obra. Esto, por lo que respecta a los autores muertos. A los vivos los juzgaba en la medida de su popularidad en los salones, de su recepción entre el público “conocedor”, asiduo a ese mismo círculo salonesco, y, sobre todo, a partir de su relación con la clase aristócrata, que, según revela Proust, fue la causa de que menospreciara al marginal Baudelaire, no obstante ser su amigo (Baudelaire, incluso, admiraba rendidamente a Sainte Beuve). Sainte Beuve no toleraba la vulgaridad (por la que tanto reprochaba tanto a Balzac como a Flaubert), sin entender, nos dice Proust, que es de la región espiritual de donde han surgido esas páginas que tal vez describan solo cosas materiales, en el caso de Balzac, “pero con ese talento que constituye la prueba innegable de que provienen del espíritu.” (p. 217). Lo que el crítico parece apreciar, además de las influencias de sus estudiados (el eterno intercambio: halagos igual a beneficios) es una prosa tan afectada y “deliciosa” que remita a la propia, pero, sobretodo, hay que insistir, el nivel de popularidad en los salones que finalmente se traduce en lo mismo: influencias. Proust se pregunta, como nos preguntamos nosotros respecto a algunos escritores de intensa vida social, a qué hora se supone que el escritor ideal de Sainte Beuve accede a la intimidad tan necesaria para leer, para escribir, ¿Cómo puede un conversador locuaz reservarse “la parte más delicada y tierna. la flor de uno mismo”?, porque, y en esto no puedo sino estar de acuerdo con el escritor, “lo que hemos escrito solos, para nosotros mismos, es nuestra obra genuina.” La gran lección de Proust, fundada contra los preceptos sainte-beuvianos, es que la verdadera literatura surge de la conversación del escritor con ese yo (“la música confusa de la memoria”) al que no es posible encontrar más que en soledad, “(..) los libros son obra de la soledad e hijos del silencio. Los hijos del silencio no deben tener nada en común con los hijos de la palabra, con los pensamientos nacidos del deseo de decir algo, de un reproche, de una opinión, es decir, de una idea oscura (…)” (p. 219). Inspiración, memoria e imaginación son los elementos propicios a la creación literaria. El talento está vinculado a la memoria pues se trata de la capacidad para extraer no recuerdos enteros que imiten la realidad del suceso, sino aspectos autónomos que se transfiguran en detalles que componen un todo. “El arte que pretende asemejarse a la vida, al suprimir esa autenticidad de las impresiones, de la imaginación tan preciosa, suprime lo único precioso.” (p. 230). La creación literaria, pues, no puede obedecer al mezquino propósito de brillar en los salones, pues, plantear como hacía Sainte Beuve, que el escritor es un genio solo a ratos para llevar, la mayor parte del tiempo, la vida de un diletante, “es una concepción tan falsa e ingenua como imaginar que un santo tuviera una elevadísima vida moral para poder llevar en el paraíso una vida de placeres vulgares (…)” (p. 194)
Sin embargo, el mayor goce de este libro lo constituye la faceta crítica de Proust que al tiempo que contraviene, uno a uno, los argumentos de Sainte Beuve, ejerce él mismo la crítica literaria, aunque con sensibilidad e informalidad impregnada de charme de la que generalmente están despojados los críticos de pura cepa, ajenos a los íntimos procesos de la creación literaria. De este modo conocemos su admiración por Gerard de Nerval, en quien destaca la capacidad de, siguiendo el precepto de Flaubert (gurú de Proust), considerar la realidad como parte de una ilusión susceptible de ser descrita. Sorprende su juicio demoledor, no carente de afecto sobre un autor que pertenece a su misma genealogía literaria: Balzac. No debe extrañarnos, tras leer la crítica que de Balzac hace Proust, que él mismo sea una versión refinada y perfeccionada de aquel, cuyo estilo estudió tan exhaustivamente para efectos de su propia escritura de la cual pulió lo que llamó excesos en Balzac y acentuó sus virtudes, con los resultados por todos conocidos..

jueves, julio 06, 2006

Premio de Ensayo para Eve Gil

Por José Vilchis

Hermosillo, Son.- Greco Sotelo Montaño por Viajes y retratos. Crónicas en la mudanza del fin de siglo y Evelina María Castillo Gil, con Jardines repentinos del desierto. Paisaje y carácter sonorenses en la narrativa mexicana del siglo XX, resultaron los ganadores del concurso El Libro Sonorense 2006, en crónica y ensayo.

Las plicas se abrieron ante la notaria pública Yeri Márquez Félix y el director del Instituto Sonorense de Cultura, Fernando Tapia Grijalva, así como representantes de medios de comunicación, en la Biblioteca Bartolomé Delgado de León de la Casa de la Cultura de Sonora.

En el género de ensayo también se otorgó mención honorífica a Roberto Corella, por el trabajo Por asalto. Teresa Urrea contra el gobierno, firmado con el seudónimo Bandolero.

El jurado para ambos géneros, integrado por los escritores Humberto Félix Berumen, Julián Herbert y Gabriel Trujillo, señala que en Jardines repentinos del desierto. Paisaje y carácter sonorenses en la narrativa mexicana del siglo XX, firmado con el seudónimo Desert garden, “el autor muestra un conocimiento sólido de su tema, y su prosa es reposada y ordenada sin condescender a la solemnidad.

“El libro se permite pequeñas bromas, digresiones, entronques entre el desierto oriental y la geografía sonorense, y al mismo tiempo posee un amplio horizonte de lecturas”.

Sobre Viajes y retratos. Crónicas en la mudanza del fin de siglo, presentada con el seudónimo L. Fierro, el jurado expresó: “Nos ha parecido el volumen más logrado. Apreciamos en él la búsqueda de cierta unidad temática que, aunque a ratos convencional, resulta atractiva por su reflexión contemporizadora. En su mayor parte está integrado por artículos de opinión y algunas crónicas en las que el autor recrea cierta atmósfera política y cultural”.

Greco Sotelo es historiador egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ganó el XV Concurso Internacional de Cuentos en Lengua Española Juan Rulfo 1999, concedido por el Centro Cultural de México en París con la obra Omar Gutmann, poeta menor. Es colaborador de revistas nacionales y autor de Club Guadalajara. Chivas la construcción de un orgullo (1999) y El oficio de las canchas (1950-1970).

Eve Gil es originaria de Hermosillo, Sonora, y radica en la Ciudad de México. Hizo estudios de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora (Unison). Obtuvo el premio del concurso El libro sonorense 1995 y 1996, respectivamente, con dos novelas: Hombres necios y El suplicio de Adán, entre otros reconocimientos. En abril pasado ganó el XXIV Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta, para celebrar el CLXXXIII aniversario de la fundación de Tampico, Tamaulipas.

En torno al tema de su ensayo Jardines repentinos del desierto. Paisaje y carácter sonorenses en la narrativa mexicana del siglo XX, Eve Gil, como la conocen sus amigos, comenta sobre el atractivo que el desierto ejerce en los escritores:

“Yo creo que se debe a la desmesura y el misterio del paisaje; la sensación de que podrías no sobrevivir a tu asombro. El desierto es un lugar fascinante, plegado de espiritualidad pero también de peligro”.

Por lo que a ella compete, el desierto no ejerce la misma atracción; y habla de las sensaciones que le produce, aunque no niega que le agrada. “Nunca he sido amiga del calor, pero cada vez que regreso a mi tierra lo disfruto”.

Al preguntarle si el desierto le generó alguna vez la inspiración para escribir alguna novela o cuento, como ha inspirado a muchos escritores tanto mexicanos como de otros países, dijo que “por lo pronto, me dio para escribir un libro de ensayos sobre el desierto sonorense en la literatura mexicana.

“Los autores a los que abordo en mi libro no son todos los que han escrito sobre el desierto de Sonora; de hecho tuve que restringirme a la literatura mexicana porque de lo contrario hubiera resultado un libro terriblemente voluminoso: incluir, por ejemplo, a Roberto Bolaño, John Steinbeck, D.H Lawrence y Gabriel Ferry, entre otros, hubiera generado una verdadera enciclopedia, aunque me cercioro de citarlos a lo largo de todo el libro.

“Los autores a quienes abordo, concretamente, son Alberto Ruy Sánchez, Agustín Ramos, Emma Dolujanoff, Francisco Rojas González, Brianda Domecq y Federico Campbell. Hubiera querido incluir a poetas como Aurora Reyes o Raúl Zurita, pero hubiera sido enciclopédico. No sé qué puede atraerle del desierto a mujeres como yo... a mí específicamente me atrae porque soy hija del desierto por partido doble, debido a mi ascendencia libanesa”.

¿Qué más se puede decir del desierto, además de inspirar historias, crónicas, y guardar en sus amplitudes las intimidades de poetas y escritores? La escritora responde que “el desierto es el testimonio más vívido de la existencia de un dios. Aunque soy izquierdosa, no puedo sino creer en Dios ante tamaño milagro de la naturaleza”.

El año pasado, en el número 2 de la revista de literatura Lúdika, publicación del Instituto Sonorense de Cultura, Eve Gil declaró, a propósito de formas de proceder de los escritores: “Nunca tuve un ritual establecido para escribir. Dejo que las cosas salgan como tienen que salir. La espontaneidad es parte inherente de mi trabajo.

“Sin embargo, me siento desnuda ante la pantalla de la computadora sin un manuscrito previo. Empecé a usar computadora en 1990 por exigencias escolares y desde entonces no consigo superar mi terror ante la pantalla en blanco, que me produce un vértigo semejante al de una alberca profunda. Necesito estar armada antes de bucear en ella, sentirme protegida hasta contra una probable falla técnica: un corto, un apagón, un error interno del sistema. Olvido estar guardando como lo exige el protocolo, así que tener a la mano una versión manuscrita es mi antídoto al miedo irracional que me produce la tecnología”.


 

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