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All About EVE: Oriana Fallaci, in memoriam

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martes, septiembre 26, 2006

Oriana Fallaci, in memoriam

No siempre es posible expresarse bien de los muertos, sin embargo he considerado pertinente, a manera de homenaje para la recientemente fallecida Oriana Fallaci, periodista italiana, reproducir este artículo de mi autoría que apareció en la revista Siempre! en 2002
Oriana Fallaci, escritora y periodista italiana de setenta años, ha relatado cómo se siente un rozón de bala en medio de la selva de Vietnam; también su experiencia durante la revuelta estudiantil del 68 en México, cuando salió caminando de la morgue a donde la arrojaron creyéndola muerta. Sin duda tiene mil anécdotas apasionantes qué contar, razón por la cual adquirí su nuevo libro, La rabia y el orgullo (Editorial Diana, 2003), el primero que publica en diez años. La indignación, la rabia, al ver desmoronarse las Twin Towers ante sus ojos (ella vive en el corazón de Nueva York) y a toda esa gente arrojarse en llamas de los últimos pisos, la empuja a escribir un desahogo que terminará siendo artículo periodístico y, más tarde, el libro que nos ocupa.
Y, oh sorpresa, me topo con lo que la propia Oriana denomina "un sermón", y no es ni más ni menos que eso. No crea el lector que exagero cuando digo que la lectura de este "librito", en las circunstancias por las que atravesamos actualmente, es un grito de guerra. Aunque ella lo niegue, su discurso contra el enemigo árabe denota racismo. Se es racista desde el instante en que se argumenta la superioridad de una raza sobre otra, como fue el caso de Hitler. Para empezar, me sorprende que la astuta, genial Oriana, resulte lo bastante ingenua para tragarse el cuento (esgrimido por el gobierno de los E.U) de que los pasajeros del avión que apuntaba hacia la Casablanca, se estrelló en los bosques de Pensilvania porque los heroicos pasajeros se rebelaron... en pocas palabras, estas inocentes personas dieron su vida por George Bush, del mismo modo que esos musulmanes, a los que Oriana llama con los peores epítetos, la dan por Alá. Se pregunta entonces, cómo es posible que los árabes no les prohíban visitar a sus parientes en América, o inscribirse en escuelas norteamericanas de pilotaje, o inscribirse en las universidades para estudiar química o biología ("las dos ciencias necesarias para desencadenar una guerra bacteriológica") Ergo: todo originario de "esa horrible Arabia Saudí" (sic), mi abuelita por ejemplo, es un terrorista potencial. Hace hincapié en el analfabetismo de un sesenta por ciento de la población musulmana y páginas más adelante los llama "(...)bárbaros que usan el cerebro sólo para memorizar el Corán, (...) obtusos que cinco veces al día están arrodillados y con el trasero expuesto" (?). Oriana ignora que los musulmanes más radicales, esos que castran a sus mujeres y las obligan a deambular con el burkah, son asimismo los más ignorantes: nunca han leído el libro sagrado, no podrían. Lo desconocen tanto como ella, que llega al extremo de asegurar que los musulmanes siguen el Korán al pie de la letra. Su desconocimiento en materia teológica lleva a horrorizarse de que este libro mencione el Ojo-por-Ojo y Diente-por-Diente que se encuentra asimismo en la Biblia cristiana, la que, asegura, fue plagiada, lo mismo que el Torah, por los redactores del Korán. Más adelante llamará "cretinas" a las mujeres musulmanas por tolerar todo eso, cuando ella ha visto con sus propios ojos como estas infelices son fusiladas y lapidadas por cosas tan ridículas como reírse o cantarle nanas a sus bebés.
Oriana cae en el ridículo absoluto al escatimar todo mérito a la cultura árabe, alegando que Galileo y Dante son superiores a Averroes y Kayyam, lo que es por completo improcedente; como lo es decir que los rascacielos neoyorquinos superan en belleza a las pirámides (¡que lo dice!). Huelga decir que nos presenta como héroes santos a Rudolf Giuliani, el adúltero más famoso de América, "a cuya escuela muchos de nuestros alcaldes europeos deberían ir, presentarse con la cabeza baja aún cubierta de ceniza", y al genocida Bush. Aunque este libro fue escrito y publicado cuando aún no estallaba la guerra de EU contra Irak, el que Oriana alabe el que el Congreso haya votado por unanimidad aceptar la guerra contra Afganistán, "para castigar a los culpables", hace sospechar que es de las pocas que contempla con agrado la paliza que sus admirados gringos le aplican a los irakíes. Se lamenta de los niños que murieron en el WTC, pero no de los que estaban destinados a perecer en Afganistán. Se conduele de los Budas de Bamiyán, destruidos por los Wakiles Motawiles, "esos hijos de puta", antes que de los bebés que perecen bajo el fuego gringo. Seguro piensa que el llanto de la niña irakí cuyos pies fueron destrozados por un misil Tomohawk, y cuya foto dio vuelta al mundo, es menos legítimo que el de la niñita gringa de cuatro años que la llevó hacia su máquina de escribir. En fin, me quedo con la Oriana novelista y entrevistadora, rechazo rotundamente a la que alaba a la horrible Isabel de Castilla por expulsar a los árabes de su reino (expulsó también a los judíos).


 

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