adopt your own virtual pet!
All About EVE: octubre 2006

All About EVE

martes, octubre 24, 2006

"Hay que modificar el lenguaje para que el ensaño se convierta en otra verdad": mi última entrevista con Rafael Ramírez Heredia

Rafael Ramírez Heredia (1942-2006) era mi maestro. He tenido muchos, pero ninguno dejó una huella tan profunda en mí. Nunca me había topado con alguien tan profundamente interesado en el trabajo de los jóvenes escritores (“jóvenes” en relación a su inexperiencia, no a su edad, hay que aclarar); tan apasionado para comentar los textos. No faltó quien se sintiera ofendido con su crítica tan directa, tan descarnada, pero fue justamente él quien me enseñó a tolerar y a aprender de los comentarios no demasiado favorables a mi trabajo. Su muerte que nadie esperaba (ignoraba por completo que sufriera cáncer, no lo hubiera ni imaginado, parecía tan lleno de vida y de pasión por vivir) me ha dolido más de lo que el lector pueda imaginar, y por ahora mi única manera de rendirle tributo es reproducir, sin mayores comentarios y casi a la letra, la última entrevista que le hice con motivo de su más reciente (que resultó ser la última) novela La esquina de los ojos rojos, el pasado mes de abril, en su casa de Coyoacán. Esta charla es especialmente conmovedora porque Rafael se dirige a mí como el maestro que siempre fue:

EVE GIL ¿Por qué, después de La Mara, decide escribir una novela sobre las mafias de Tepito?
RAFAEL RAMIREZ HEREDIA: Se trata de un proyecto a largo plazo que he establecido para escribir tres novelas, a lo mejor cuatro o cinco, en las que toque aspectos de este México oscuro, profundo, duro, que no es el México folclórico de los coches grandotes de los narcos, que si bien refleja una realidad no es el que me interesa: a mí me interesa el otro, el oscuro, el que no está a la vista, el que no se festina con los Tucanes de Tijuana o los Tigres del Norte. La Mara Salvatrucha adquiere notoriedad pero después de que escribo La Mara, es decir, no decido escribir a raíz de su auge en la nota roja y estos barrios de la Ciudad de México ofrecen la opción de lo que creo estamos viviendo, pero viviendo como una exaltación del miedo a la violencia. Aquí la violencia está soterrada, es una violencia interna que refleja sin duda alguna lo que es México… entonces viene siendo el segundo libro de esta trilogía y por supuesto que la tercera vendrá dentro de poco, que no tengo muy definido sobre qué escribirlo porque se me han atravesado otros proyectos, de hecho, entre La Mara y este hay otros dos (un libro de cuentos y la novela El mestizo de Salgari) y posiblemente haya uno más y el siguiente ya sería el tercero de la trilogía. Los personajes, creo yo, están bien armados y ha estado empezando a gustar mucho. Hay comentaristas que han señalado que les parece mejor que La Mara, yo no creo que sea mejor, sólo que son diferentes.

E.G.- ¿El hecho de mirar esta realidad cotidiana con ojos de hombre del norte, es la causa de que nos parezcan más próximos a la ficción?
RRH.- Pudiera ser, no lo he puesto en una tela de comentario. Soy un hombre desde el norte pero un hombre muy extrañamente del norte porque soy tampiqueño, es decir, un sureño del norte, porque en realidad el norte es Tijuana, es Sonora, eso sí es el norte. Los de Tampico no somos del norte, aunque lo seamos desde un punto de vista geográfico, pero además yo he vivido en muchas partes del mundo, en el D.F y en Madrid, de tal manera que mi norteñez no es muy clara pero sí me siento norteño y tamaulipeco y yo miro quizá las cosas con la visión de un hombre que ha nacido absolutamente en el norte. No creo que la visión de la geografía incida en la mirada, yo creo que incide en la mirada más abierta, más universal. No pretendo que mi literatura se sitúe en ninguna parte del país. No miro la geografía como el sitio propicio para caminar: yo miro el tema y el sitio donde se origine, y con esos ojos es como debo ver la literatura.

E.G.- Siempre he admirado su excelente oído, la forma en que recrea literariamente los lenguajes subterráneos…
R.R.H.- Te voy a dar secretos que no debo de dar, pero lo hago con mucho gusto. Tengo como maestro principal a Rulfo, y él me enseñó una cosa (no directamente, la infinidad de ocasiones que tuve oportunidad de hablar con él no hablamos de literatura, él era hermético en ese sentido) pero a través de sus libros me enseñó algo fundamental, que no me explico por qué otros escritores se niegan a hacerlo: mentir. Si nosotros brincáramos tiempo y espacio y tuviéramos una grabadora y se la pusiéramos a las personas en que se inspiró Rulfo, nunca hablarían así. Es decir, la verbalidad de los personajes de Rulfo es inventada, para que al final el resultado es que los lectores creemos que un oriundo de esos lugares en efecto habla así, y entonces como yo supongo que el primer beneficiado o atacado por un libro es el lector, lo que tengo que hacer es inventar un lenguaje que “parezca que” pero al mismo tiempo no lo sea. Cualquier habitante de los barrios que aparece en la novela, si la leyera, diría “yo no hablo así” y una persona como tú diría “así hablan”, pero la verdad es que no hablan así: yo invento el lenguaje. Hay que modificar el lenguaje para que el engaño se convierta en la otra verdad. La investigación del lenguaje es modificada por la mirada del escritor para convertir lo que aparentemente es un caos en una línea conductiva narrativa.

E.G.- A pesar de que su novela se desenvuelve en un ambiente de hombres, nos topamos con que la heroína es la señora Leila
R.R.H.- En efecto, estos barrios duros de la ciudad de México son barrios machos; es mayor el número de hombres que funcionan en estratos de poder que las mujeres, las mujeres son elementos no decorativos, y están muy lejos de serlo; son elementos de batalla de primera línea: las vendedoras, los vendedores, los comerciantes, las comerciantes, son mujeres que van al frente de la batalla y los organizadores son los hombres y alguna que otra mujer, sin duda alguna que también hay mujeres, ahí están las lideresas de los comerciantes. En este caso la figura central del texto es una mujer, una mujer con las consideraciones necesarias para no ser condescendiente ni aplaudidor pero tampoco atacante con ella, como tampoco soy condescendiente ni atacante con ninguno de los personajes de la novela, yo no los juzgo. A estas novelas Gonzalo Velorio las definió como novelas que no pretenden demostrar, sino mostrar.

E.G.- ¿En qué momento esta mujer, que es vengadora de la muerte de su hija, tomó cuerpo en su imaginación?
R.R.H.- Un escritor profesional no tiene muy clara la historia… aunque sí la tenga. Me apoyo mucho en esa idea de que el periodista escribe sobre lo que sabe y el escritor sobre lo que cree que no sabe, pero sabe. Lo que sucede es que tiene que ir escribiendo la historia para volver a recordar lo que sabe pero no sabe. Quienes saben de esto pueden detectar que así como está la novela, como le llega al lector, no es así en realidad: la novela pasó infinidad de procesos, lo que llaman edición, es decir, editar la novela para que se lea conforme el escritor quiere. En realidad no tenía muy claro lo que iba a suceder. El primer capítulo que escribo es el de la violación de la muchacha. Lo escribí primero porque fue el que más me impactó de mis investigaciones. Estoy yendo a estos barrios y de pronto mis informadores, la gente que me lleva y me cuida, me dice: “Aquí está esta acta policíaca”, y se daba santo y seña de la muerte de la muchacha. Pedí que me llegaran al edificio desde donde la habían lanzado por una ventana. Pregunté cómo era la muchacha, donde vivía… no hay mayor ramificación de la historia, pero si la quiero contar debe tener más ramificaciones. Al escribir este texto me doy cuenta de que la muerte de esta muchachita tiene que ser agarrada y aprehendida y manejada para que funcione dentro de un cuerpo novelístico, porque si no, es un cuento. Le comienzo a inventar una vida a partir de la muerte y esa vida implica la posibilidad de que se vaya uniendo con otras cosas, y en ese momento sale la mamá, y el buzo que se ha metido en las cloacas de la ciudad, y comienzo a unir las cosas. Los personajes tienen que ir cambiando de acuerdo a la trama, no al autor, el autor no tiene que decidir nada, solo debe plegarse a los caprichos de la historia. La novela tiene que ser, ante todo, una urdimbre bien amarrada para que resulte lo que yo quiero que sea, y quizá en el momento de empezar a escribir no sabía el desarrollo de la mujer, pero sabía que tenía que avanzar de determinadas maneras y las condiciones de la novela misma me dieron las condiciones para colocarla donde está.

domingo, octubre 22, 2006

ATENCIO ASIDUOS DE "LA TRENZA DE SOR JUANA"

Querid@s lector@es:
A partir de este domingo "La trenza de Sor Juana" deberá ser consultada en el sitio www.la-trenza-de-sor-juana.blogspot.com La anterior dirección, www.evetrenzas.blogspot.com será dada de baja debido a una serie de problemas técnicos que impiden la visualización de la página. Por su atención, muchas gracias...
EV

sábado, octubre 14, 2006

En busca de la inocencia perdida, la nueva de John Irving

Esta reseña se publicó en el suplemento Laberinto del diario Milenio, el sábado 13 de octubre de 2006.
¿Qué significa ser normal? Responder a esto tiende a ser cada vez más difícil, y normal es, a menudo, un término vinculado a convencional, y si bien hay autores que han hecho de la norma, de lo cotidiano, verdaderas obras maestras (pienso en Proust, pienso en Flaubert), los hay que se inclinan por retratar la parte anómala del espectro social, y para eso John Irving se pinta solo. A este autor norteamericano (Exeter, New Hampshire, 1942) lo caracterizan los asuntos sórdidos, los personajes limítrofes y las situaciones ridículas derivadas del inútil cuidado de las apariencias. En su nueva novela, Hasta que te encuentre, considerada por algunos críticos su obra maestra (me aventuraría a designarla un Oliver Twist del siglo XXI), retrata en forma estupenda una postmodernidad inmersa en la aniquilación de los estereotipos. Sus personajes, por ningún motivo, pueden ser considerados normales, y sin embargo son prototípicos de una época que tiende a inculcar la preservación de la individualidad más que de la identidad, al grado de hacernos desconfiar el forzado cumplimiento de las tradiciones. Y si bien de algún modo cada personaje de la novela quebranta estereotipos de masculinidad, feminidad, maternidad, heterosexualidad, etcétera, incurre –porque forzosamente ha de hacerlo- en ciertos lugares comunes, tratados no obstante con la emblemática ironía irvingiana próxima a la mordacidad, que contribuye a reforzar la noción de anormalidad en los mismos personajes.
El simple hecho de ser una estrella de Hollywood, condición ya de por sí extraordinaria –y con la que Irving, ganador del Oscar en el 2000 por el guión de la película Las normas de la Casa de la Sidra, basado en su novela Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, parece bastante familiarizado-, es acaso lo menos raro en Jack Burns, el inolvidable protagonista, quien de súbito, a los treinta y tantos, cae en cuenta de que el suceso más trascendental de su infancia no ocurrió como ha creído todo este tiempo. La novela abre justamente con el relato de este recuerdo distorsionado, en parte, por la inocencia de un Jack de cuatro años, desde cuya perspectiva se narra el primero de los cinco libros; distorsión, por otra parte, inducida, como se verá en el cuarto libro, por la madre de Jack, una afamada tatuadora de nombre Alice. El afán de tatuarse como vía de expresión, así como el dolor que conlleva a quien se presta como lienzo más que el arte de tatuaje en sí, constituye, a nivel simbólico, la parte medular de la novela. Siendo hijo de una artista del tatuaje y de un hombre al que apodan “Hombre partitura” dada su obsesión por cubrirse el cuerpo de notas musicales, Jack se ha negado toda su vida a dejarse tatuar, lo cual no obstaculiza su dominio empírico del asunto (sabe, por ejemplo, que los tatuados se vuelven mucho más sensibles al frío). Y sin embargo, como le hace ver una psiquiatra, está tatuado emocionalmente pues hay muchas formas de estar marcado de por vida, de vestirse de dolor como, descubrirá hacia el final de la historia, se ha vestido su padre.
El primer recuerdo de Jack, según revela a su psiquiatra, es haberse cogido a la mano de su madre para juntos recorrer medio mundo en busca de un padre al que cree prófugo: William Burns. Las circunstancias se conjuran para hacerle creer que lo suyo es una pesquisa y no una fuga: todo apunta hacia que el progenitor de Jack es un mujeriego sin escrúpulos que deja a su paso cientos de corazones rotos y hasta hijos ilegítimos. Mujeres de todas las edades acarician el rostro del pequeño y profetizan, al borde del llanto, que será tan fatalmente hermoso como su padre. De la mano de la también inolvidable Alice, Jack vivirá alucinantes experiencias, sórdidas muchas de ellas, que al ser narradas desde el punto de vista de un niño inocente adquieren deliciosos tintes de fábula. Y si bien Jack sale bien librado de una incursión por el barrio de prostitutas en Amsterdan, donde la prostitución es legal y las señoras a las que él cree “consejeras” y “niñeras” se exhiben en vitrinas (lo cual no las salva de recibir golpizas, cuando no de ser asesinadas), no saldrá indemne de la escuela para niñas en Canadá donde Alice lo matriculará, tras lo que parece una búsqueda frustrada (Alice se ha cansado de seguirle la huella a su amante). Ahí Jack se convertirá en el juguete sexual de un grupo de niñas de secundaria que, sin necesariamente violarlo, despertarán precozmente su libido, si bien las extravagantes fantasías del pequeño son protagonizadas por la señorita Wurtz, su profesora de tercer grado, una mujer lloricona y se aspecto frígido. Entre sus “abusadoras” se encuentra Emma, adolescente maliciosa, violada a su vez por un novio de su madre, predestinada a convertirse en el ángel guardián de Jack, sobre todo cuando a los diez años es prácticamente violado por su niñera, su profesora de lucha libre. También a ser una famosa escritora de notable vena satírica, de humor corrosivo y muy noir, una especie de versión femenina del propio Irving. Esta novela exhibe hasta qué punto la violación de un niño varón a manos de una mujer madura es considerada más como seducción o iniciación, a diferencia del drama que entrañaría si los sexos de víctima y victimario se trastocaran (aunque el delirante humor de Irving hace ver a Jack como una anti-Lolita), al grado de que Jack adulto evoca con cierta nostalgia aquellos abusos. Sin embargo, habrán de repercutir en la sexualidad adulta de Jack que, heterosexual y todo, goza intensamente travisitiéndose; de hecho logra notoriedad en Hollywood caracterizando personajes de sexualidad ambigua. Esto sin contar la gran atracción de Jack por mujeres maduras, matronas o embarazadas (la única vez que se enamora de una mujer “adecuada”, esta lo rechaza, por “raro”), así como su incapacidad absoluta para establecer una relación duradera: “(…) acumulando sucesos que tanto pueden medirse como no, nos roban la infancia, no siempre con un solo suceso trascendental, sino a menudo mediante una serie de hurtos menores que, sumados, equivalen a la pérdida misma (…)” (p. 550).
Consciente de su “anormalidad”, a la cual sin embargo explota para su carrera cinematográfica, Jack enfrentará, a raíz de la muerte de su madre, un nuevo golpe que dará un vuelco decisivo a su existencia: Alice le ha mentido todo el tiempo. Ahora solo queda regresar a los escombros de la infancia… Noruega, Holanda, Australia… descubrir la verdad por sí mismo y, con suerte, encontrar a su padre, al verdadero William Burns. Por supuesto las cosas no se le presentan fáciles al astro hollywoodense ya que su rostro, famoso en el mundo entero, le dificultará mantener el anonimato, sin contar que terminará sintiéndose irremediablemente atraído por las otrora jóvenes y adolescentes que lo conocieron a los cuatro años: “Mucho de lo que uno cree que recuerda es mentira, imágenes de postal. La nieve virgen e intacta; las velas de Navidad en las ventanas de las casas, donde el daño que sufren los niños no se ve ni se oye (…)” (p. 667).
Jack Burns es “raro” incluso para ser estrella de la meca del cine, si bien se aplica a hacer el tipo de cosas que se esperarían de alguien como él, como fornicar con súper modelos en el asiento trasero de las limusinas y aturdirse de champaña. Así y todo, Jack es un perfecto fracasado que ha ganado un Oscar y tiene una millonaria cuenta bancaria con la que sencillamente no sabe qué hacer; un metrosexual que provoca tragedias por inocencia; traumatizado pero demasiado bueno, casi mártir; un apasionado de los niños que sin embargo se rehúsa a ser padre; un “varón anómalo” que nunca aprendió a controlar sus emociones ni el llanto histérico: un personaje digno de Oscar Wilde y, no obstante, de conmovedora vigencia en una época en que la masculinidad se nos revela como una de tantas máscaras sociales. Jack Burns tiene ante sí el mayor reto de su vida: aprender a desconfiar de su memoria y perdonar. Sin duda una de las más geniales creaciones de un autor cuyo principal móvil es la eficacia de sus personajes, únicos e irrepetibles, y un papel que se pelearán los actores mejor pagados del mundo.
Hasta que te encuentre hubiera sido un genuino melodrama en manos de otro autor menos malicioso y menos escéptico que John Irving, quien, un poco a la manera del excéntrico director holandés, “el monstruo del remake” que explota hasta la ignominia la veta travestida de Jack, arrasa con los convencionalismos y los estigmas dikensianos de una historia sobre hijos perdidos y niños abusados (porque Jack no es el único), para trastocarlos en un delirante carnaval de más de 1000 páginas que no dejan espacio para el aliento pero sí para la carcajada. Sin duda, la obra maestra de John Irving.


 

Estadisticas de visitas