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All About EVE: En busca de la inocencia perdida, la nueva de John Irving

All About EVE

sábado, octubre 14, 2006

En busca de la inocencia perdida, la nueva de John Irving

Esta reseña se publicó en el suplemento Laberinto del diario Milenio, el sábado 13 de octubre de 2006.
¿Qué significa ser normal? Responder a esto tiende a ser cada vez más difícil, y normal es, a menudo, un término vinculado a convencional, y si bien hay autores que han hecho de la norma, de lo cotidiano, verdaderas obras maestras (pienso en Proust, pienso en Flaubert), los hay que se inclinan por retratar la parte anómala del espectro social, y para eso John Irving se pinta solo. A este autor norteamericano (Exeter, New Hampshire, 1942) lo caracterizan los asuntos sórdidos, los personajes limítrofes y las situaciones ridículas derivadas del inútil cuidado de las apariencias. En su nueva novela, Hasta que te encuentre, considerada por algunos críticos su obra maestra (me aventuraría a designarla un Oliver Twist del siglo XXI), retrata en forma estupenda una postmodernidad inmersa en la aniquilación de los estereotipos. Sus personajes, por ningún motivo, pueden ser considerados normales, y sin embargo son prototípicos de una época que tiende a inculcar la preservación de la individualidad más que de la identidad, al grado de hacernos desconfiar el forzado cumplimiento de las tradiciones. Y si bien de algún modo cada personaje de la novela quebranta estereotipos de masculinidad, feminidad, maternidad, heterosexualidad, etcétera, incurre –porque forzosamente ha de hacerlo- en ciertos lugares comunes, tratados no obstante con la emblemática ironía irvingiana próxima a la mordacidad, que contribuye a reforzar la noción de anormalidad en los mismos personajes.
El simple hecho de ser una estrella de Hollywood, condición ya de por sí extraordinaria –y con la que Irving, ganador del Oscar en el 2000 por el guión de la película Las normas de la Casa de la Sidra, basado en su novela Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, parece bastante familiarizado-, es acaso lo menos raro en Jack Burns, el inolvidable protagonista, quien de súbito, a los treinta y tantos, cae en cuenta de que el suceso más trascendental de su infancia no ocurrió como ha creído todo este tiempo. La novela abre justamente con el relato de este recuerdo distorsionado, en parte, por la inocencia de un Jack de cuatro años, desde cuya perspectiva se narra el primero de los cinco libros; distorsión, por otra parte, inducida, como se verá en el cuarto libro, por la madre de Jack, una afamada tatuadora de nombre Alice. El afán de tatuarse como vía de expresión, así como el dolor que conlleva a quien se presta como lienzo más que el arte de tatuaje en sí, constituye, a nivel simbólico, la parte medular de la novela. Siendo hijo de una artista del tatuaje y de un hombre al que apodan “Hombre partitura” dada su obsesión por cubrirse el cuerpo de notas musicales, Jack se ha negado toda su vida a dejarse tatuar, lo cual no obstaculiza su dominio empírico del asunto (sabe, por ejemplo, que los tatuados se vuelven mucho más sensibles al frío). Y sin embargo, como le hace ver una psiquiatra, está tatuado emocionalmente pues hay muchas formas de estar marcado de por vida, de vestirse de dolor como, descubrirá hacia el final de la historia, se ha vestido su padre.
El primer recuerdo de Jack, según revela a su psiquiatra, es haberse cogido a la mano de su madre para juntos recorrer medio mundo en busca de un padre al que cree prófugo: William Burns. Las circunstancias se conjuran para hacerle creer que lo suyo es una pesquisa y no una fuga: todo apunta hacia que el progenitor de Jack es un mujeriego sin escrúpulos que deja a su paso cientos de corazones rotos y hasta hijos ilegítimos. Mujeres de todas las edades acarician el rostro del pequeño y profetizan, al borde del llanto, que será tan fatalmente hermoso como su padre. De la mano de la también inolvidable Alice, Jack vivirá alucinantes experiencias, sórdidas muchas de ellas, que al ser narradas desde el punto de vista de un niño inocente adquieren deliciosos tintes de fábula. Y si bien Jack sale bien librado de una incursión por el barrio de prostitutas en Amsterdan, donde la prostitución es legal y las señoras a las que él cree “consejeras” y “niñeras” se exhiben en vitrinas (lo cual no las salva de recibir golpizas, cuando no de ser asesinadas), no saldrá indemne de la escuela para niñas en Canadá donde Alice lo matriculará, tras lo que parece una búsqueda frustrada (Alice se ha cansado de seguirle la huella a su amante). Ahí Jack se convertirá en el juguete sexual de un grupo de niñas de secundaria que, sin necesariamente violarlo, despertarán precozmente su libido, si bien las extravagantes fantasías del pequeño son protagonizadas por la señorita Wurtz, su profesora de tercer grado, una mujer lloricona y se aspecto frígido. Entre sus “abusadoras” se encuentra Emma, adolescente maliciosa, violada a su vez por un novio de su madre, predestinada a convertirse en el ángel guardián de Jack, sobre todo cuando a los diez años es prácticamente violado por su niñera, su profesora de lucha libre. También a ser una famosa escritora de notable vena satírica, de humor corrosivo y muy noir, una especie de versión femenina del propio Irving. Esta novela exhibe hasta qué punto la violación de un niño varón a manos de una mujer madura es considerada más como seducción o iniciación, a diferencia del drama que entrañaría si los sexos de víctima y victimario se trastocaran (aunque el delirante humor de Irving hace ver a Jack como una anti-Lolita), al grado de que Jack adulto evoca con cierta nostalgia aquellos abusos. Sin embargo, habrán de repercutir en la sexualidad adulta de Jack que, heterosexual y todo, goza intensamente travisitiéndose; de hecho logra notoriedad en Hollywood caracterizando personajes de sexualidad ambigua. Esto sin contar la gran atracción de Jack por mujeres maduras, matronas o embarazadas (la única vez que se enamora de una mujer “adecuada”, esta lo rechaza, por “raro”), así como su incapacidad absoluta para establecer una relación duradera: “(…) acumulando sucesos que tanto pueden medirse como no, nos roban la infancia, no siempre con un solo suceso trascendental, sino a menudo mediante una serie de hurtos menores que, sumados, equivalen a la pérdida misma (…)” (p. 550).
Consciente de su “anormalidad”, a la cual sin embargo explota para su carrera cinematográfica, Jack enfrentará, a raíz de la muerte de su madre, un nuevo golpe que dará un vuelco decisivo a su existencia: Alice le ha mentido todo el tiempo. Ahora solo queda regresar a los escombros de la infancia… Noruega, Holanda, Australia… descubrir la verdad por sí mismo y, con suerte, encontrar a su padre, al verdadero William Burns. Por supuesto las cosas no se le presentan fáciles al astro hollywoodense ya que su rostro, famoso en el mundo entero, le dificultará mantener el anonimato, sin contar que terminará sintiéndose irremediablemente atraído por las otrora jóvenes y adolescentes que lo conocieron a los cuatro años: “Mucho de lo que uno cree que recuerda es mentira, imágenes de postal. La nieve virgen e intacta; las velas de Navidad en las ventanas de las casas, donde el daño que sufren los niños no se ve ni se oye (…)” (p. 667).
Jack Burns es “raro” incluso para ser estrella de la meca del cine, si bien se aplica a hacer el tipo de cosas que se esperarían de alguien como él, como fornicar con súper modelos en el asiento trasero de las limusinas y aturdirse de champaña. Así y todo, Jack es un perfecto fracasado que ha ganado un Oscar y tiene una millonaria cuenta bancaria con la que sencillamente no sabe qué hacer; un metrosexual que provoca tragedias por inocencia; traumatizado pero demasiado bueno, casi mártir; un apasionado de los niños que sin embargo se rehúsa a ser padre; un “varón anómalo” que nunca aprendió a controlar sus emociones ni el llanto histérico: un personaje digno de Oscar Wilde y, no obstante, de conmovedora vigencia en una época en que la masculinidad se nos revela como una de tantas máscaras sociales. Jack Burns tiene ante sí el mayor reto de su vida: aprender a desconfiar de su memoria y perdonar. Sin duda una de las más geniales creaciones de un autor cuyo principal móvil es la eficacia de sus personajes, únicos e irrepetibles, y un papel que se pelearán los actores mejor pagados del mundo.
Hasta que te encuentre hubiera sido un genuino melodrama en manos de otro autor menos malicioso y menos escéptico que John Irving, quien, un poco a la manera del excéntrico director holandés, “el monstruo del remake” que explota hasta la ignominia la veta travestida de Jack, arrasa con los convencionalismos y los estigmas dikensianos de una historia sobre hijos perdidos y niños abusados (porque Jack no es el único), para trastocarlos en un delirante carnaval de más de 1000 páginas que no dejan espacio para el aliento pero sí para la carcajada. Sin duda, la obra maestra de John Irving.


 

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